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La otra parte del Tren de Alta Velocidad

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La otra parte del Tren de Alta Velocidad

Quiero contaros otra parte del trazado del Tren de Alta Velocidad que no se cuenta.

Yo, mi familia, es una de las afectadas por este trazado. Hemos sufrido una expropiación forzosa de nuestro terreno al igual que cientos de afectados de los que nadie habla.

Se cuenta la necesidad de la puesta en marcha de este tren que no voy a discutir aunque podría. Sólo os quiero contar la otra parte de la historia.

Teníamos una producción de mandarinos ecológicos que desde hace más de dos décadas cultivaba con esmero de forma magistral mi hermano. En el 2001 el trazado le pasaba por encima de su casa así que pensó que el resto del terreno podía dedicarlo a la producción agrícola, a la que mi familia se dedica desde hace varias generaciones. Y eso hizo. Puso en marcha una costosa y laboriosa producción en un terreno en el que mis padres y antes mis abuelos habían trabajado de sol a sol, incluso de pequeños mi hermano y yo. Mientras, muchos de nuestra generación utilizaban las vacaciones estivales para irse a la playa, nosotros nos veíamos abocados a ayudar para sacar adelante una producción de uva de mesa que mis padres sacaban delante de forma magistral.

En ese lugar, en una casa vieja y destartalada pero llena de encanto, celebrábamos la Noche Buena con la familia. Fueron encuentros memorables donde mis tíos, mis primos y nosotros degustábamos el cordero que para esa fecha mi abuelo Salvador nos dejó por tradición. Ahí, celebramos mi hermano y yo nuestras primeras fiestas clandestinas de la primera juventud. Hicimos carrozas para la feria con los amigos e invitábamos a nuestros amigos para hablar de lo humano y de lo divino, además de otras cosas, claro está.

Mis padres hicieron un horno de leña y ese era el lugar para elaborar los dulces de Navidad, para hacer el pan casero y para los asados de los encuentros de familia y amigos

Mi hermano, con la bendición de mis padres y mía, eligió el lugar para vivir, tener una familia y dedicarse al oficio familiar: Agricultor con un tractor para trabajar ajeno. Autónomo y luchador incansable, puso sus mandarinos, fue ampliando su negocio con nuevos aperos muy costosos para el tractor con el que cada vez tenía más trabajo. Ahí, vivió mucho tiempo solo acompañado por sus perros. Se hizo un pantano para regar los mandarinos, dos almacenes para guardar las cosas del campo y se construyó toda una vida.

Un día, alguien, no se sabe quién, decidió que por ahí iba a pasar el tren de alta velocidad y en el año 2001 nos llegó la noticia. El tren le pasaba por el comedor de la casa según el trazado de ese momento. Lo aceptamos y emprendió el cultivo al que no afectaba el tren.

A partir del año 2001 todo se convirtió en incertidumbre: No vamos a arreglar la casa porque al fin y al cabo se la va a llevar el tren. El tiempo pasaba. Algunos amigos no desarrollaron sus proyectos en su terreno por el anunciado tren. Otros, viendo que pasaba el tiempo y nada, se aventuraron y siguieron como si nada pasara.

En el 2019 volvió la noticia y el tren llegó. Pero alguien, no sabemos quién, decidió cambiar el trazado. Cambiaron de lugar la estación de tren y cambiaron el trazado. Esta vez no se llevaba la casa adelante. Esta vez arrancaba el corazón de la finca: El pantano, los dos almacenes y casi toda la producción de mandarinos ecológicos en pleno esplendor. Y empezamos con abogados. Intentando hablar con alguien al que nunca encontramos porque en ADIF todos tienen un superior que es el que decide. Nos ha faltado ir a Madrid. No para impedir el trazado, sino para explicar que quereos lo que es nuestro.

Hoy tenemos la finca dividida. Una casa a pocos metros del trazado del tren que no sabemos si va a aguantar la construcción del la vía. En la que no sabemos si se podrá vivir con un tren de Alta Velocidad tan cerca. Una producción sin pantano ni mandarinos, apenas unos pocos en el extremo opuesto de la casa cuya rentabilidad es imposible de sostener. Ya no hay árboles, ni siquiera aquella falsa pimienta gigante que nos daba sombra y que plantó mi padre. Los perros ya no tienen apenas por donde correr y, desorientados, no saben qué hacer. El almacén que mis padres construyeron con tanto esfuerzo ya no está.

Entre tanto, hemos tenido que hacer peritajes de todo, con lo que exponemos el valor de nuestra finca; que los mandarinos, sustento anual de gran parte de la economía familiar, estaban en pleno apogeo. Hemos invertido parte de nuestros ahorros en esos informes y peritajes de profesionales. Hemos contratado a un abogado y nos hemos ahogado en silencio escuchando el crujir de cada uno de los árboles arrancados, de cada una de las paredes derribadas llenas de historia, de nuestra historia.

Del dinero que nos han dado a cambio tenemos que pagar una cantidad infame a doña Hacienda. Hemos tenido que pagar peritajes, abogados, trámites de todo tipo. Y con él, no tenemos ni para comprar solamente el terreno que nos han quitado.

Sólo nos queda una salida, seguir peleando en tribunales para que dentro de cinco, seis, diez años o más, alguien nos escuche y, con suerte, nos den parte de lo que nos han quitado.

Esta es nuestra historia, pero también es la historia de cientos de personas que hoy, no sólo desconfían de un sistema en el que el dinero de Europa y del Estado no va a parar a las manos correctas, sino que se queda por el camino. De un sistema lleno de burocracia en el que siempre hay alguien que manda más y al que nunca se llega. De un Estado que da lo mismo quien lo gobierne porque al final, no se preocupa de quienes se ganan el pan con el sudor de su frente, pagan sus impuestos y han construido su vida y sus raíces con ilusión, trabajo y esfuerzo y mucha honestidad.

Carmen Martínez Aledo

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