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La tumba de Antioco

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La tumba de Antioco

DATOS Y CITAS:

Cortesía de: Canal historia de National Geographic

La tumba del rey Antíoco I en el monte Nemrud

20 de enero de 2015 · 06:00 

En la cima del monte Nemrud, en Turquía, una árida cumbre a 2.150 metros de altura, se alzan unas ruinas solitarias que dominan la vasta cordillera del Antitauro. La mirada se pierde entre las terrazas adornadas con balaustradas de imaginativos altorrelieves y las colosales cabezas que parecen brotar del suelo rocoso, semejantes a los dioses caídos de una perdida civilización.

Sin embargo, este inhóspito paraje no fue descubierto hasta 1881; y lo fue casi por casualidad. Karl Sester, un ingeniero alemán que supervisaba la construcción de carreteras en el este de Turquía, subió al monte Nemrud por indicación de los lugareños y quedó maravillado ante la belleza del lugar, y, sobre todo, ante esas cabezas, algunas tocadas con mitras persas y otras en forma de águila y león. De inmediato se puso en contacto con el cónsul alemán en Esmirna, que notificó el hallazgo a la Real Academia Prusiana de las Ciencias.

UNA GRAN SORPRESA

A principios del verano de 1882, los arqueólogos Carl Humann y Otto Puchstein ascendieron al monte Nemrud guiados por el propio Karl Sester. Cuando llegaron a la cima no dieron crédito a lo que veían: en lo que creyeron unas ruinas persas, encontraron una inscripción griega grabada en los zócalos de las estatuas de la terraza oriental, una de las tres de que consta el monumento, y en ella leyeron claramente que esas ruinas constituían el panteón de Antíoco I de Comagene, soberano de un reino aliado de Roma, que construyó su tumba en el punto más alto de sus dominios.

«Yo, Antíoco, he hecho construir este recinto en mi honor y en honor de mis dioses». Así proclama la inscripción que identifica cada una de las estatuas con los dioses griegos Apolo, Zeus y Hércules, asociados con los dioses persas Mitra, Ahura Mazda y Artagnes. Antíoco había decidido construir su tumba bajo un inmenso túmulo cónico de 50 metros de alto por 150 metros de diámetro, erigido en la cima del monte Nemrud; era un modo de estar más cerca de los dioses y velar por su pueblo desde la eternidad. A sus pies se hallaban los suntuosos túmulos de su padre, Mitrídates I Calínico, y de otros miembros de su familia; no muy lejos estaban las tumbas de las esposas reales, vigiladas por águilas labradas en piedra calcárea sobre columnas dóricas.

EL ARQUEÓLOGO TURCO

En 1883, llegó al yacimiento Osmán Hamdi, director del Museo Arqueológico Imperial de Estambul. Tuvo que realizar un largo y penoso ascenso hasta la cumbre de la montaña por un sendero de mulas, estrecho y sinuoso, que hizo a pie en su último tramo. «Sorprende que a un hombre que ha erigido sobre la más alta cima de estas montañas este monumento, tan costoso que probablemente agotó los recursos de su reino, no se le ocurriera hacer un mejor camino entre las rocas para acceder a él», observó en su minucioso informe. Hamdi  exploró la región, tomó fotografías, sacó moldes de numerosos relieves y se llevó algunas piezas al Museo de Estambul. También editó y comentó las inscripciones del conjunto monumental en un importante libro.

LOS SECRETOS DE NEMRUD

Algunos informes de los arqueólogos turcos y alemanes entusiasmaron años más tarde a la especialista Theresa Goell. Después de catorce años de preparación y dos visitas preliminares, Goell pudo organizar al fin una expedición arqueológica en 1953, y desde entonces y hasta su muerte en 1985 dedicaría enteramente su vida a estudiar esta fascinante joya del período tardo-helenístico. Instaló el campamento en el propio monte Nemrud, y se puso a trabajar en condiciones climáticas extremas, bajo fuertes vientos, tormentas torrenciales y temperaturas que oscilaban entre los cero y los 50 grados. La expedición de Goell hizo descubrimientos importantes, como el primer «horóscopo griego» conocido, que se encontró en la terraza occidental: un relieve de 1,75 m de ancho por 2,40 m de alto que muestra 19 estrellas grabadas sobre el cuerpo de un león –la constelación de Leo–, que representa  la conjunción de Júpiter, Mercurio y Marte. Entre las cabezas de los dioses y de sus animales protectores, que yacían dispersas por la terraza occidental, Goell también identificó la cabeza de la estatua de Antíoco I. Su rostro, de una gran serenidad y belleza, muestra un notable parecido en sus rasgos con Alejandro Magno, del que Antíoco se pretendía descendiente por parte materna.

Desde su declaración como Patrimonio Mundial en 1987, son cada vez más quienes visitan este monumento, que ilustra de un modo magnífico la fusión artística de las culturas de Grecia, Persia y Anatolia en lo que fue un próspero reino de frontera.

Aún hoy nos fascina la pericia de los artesanos que esculpieron sus gigantescas estatuas y la ingente labor de ingeniería que llevaron a cabo los arquitectos del rey para poder alzarlas a tan considerable altura. A pesar de todo, aún no se ha encontrado la tumba de Antíoco I; así que, siglos después de su construcción, el principal enigma del monte Nemrud permanece indescifrado.

CONCLUSIONES:

En la información aportada se asegura que: A principios del verano de 1882, los arqueólogos Carl Humann y Otto Puchstein ascendieron al monte Nemrud guiados por el propio Karl Sester. Cuando llegaron a la cima no dieron crédito a lo que veían: en lo que creyeron unas ruinas persas, encontraron una inscripción griega grabada en los zócalos de las estatuas de la terraza oriental, una de las tres de que consta el monumento, y en ella leyeron claramente que esas ruinas constituían el panteón de Antíoco I de Comagene, soberano de un reino aliado de Roma, que construyó su tumba en el punto más alto de sus dominios. «Yo, Antíoco, he hecho construir este recinto en mi honor y en honor de mis dioses». Así proclama la inscripción que identifica cada una de las estatuas con los dioses griegos Apolo, Zeus y Hércules, asociados con los dioses persas Mitra, Ahura Mazda y Artagnes.

Vamos a ver: ¿Dónde esa supuesta inscripción griega grabada en los zócalos de las estatuas de la terraza oriental? Y como pudieron traducirla tan fácilmente y asegurar que decía: Que esas ruinas constituían el panteón de Antíoco I de Comagene, soberano de un reino aliado de Roma, que construyó su tumba en el punto más alto de sus dominios. «Yo, Antíoco, he hecho construir este recinto en mi honor y en honor de mis dioses». Así proclama la inscripción que identifica cada una de las estatuas con los dioses griegos Apolo, Zeus y Hércules, asociados con los dioses persas Mitra, Ahura Mazda y Artagnes.

El que esa inscripción este en caracteres griegos no quiere decir que sean capaces de traducirla ¿Acaso cualquier griego actual puede leerla? Esta enigmática construcción que de entrada la arqueología ortodoxa ya dice que es una tumba, es claramente otra de esas construcciones inexplicables que están por todo el mundo.

Y desde luego está relacionada con las pirámides de Caguachi en Perú; que están enterradas: Con  las construcciones piramidales de Carál; que estaban enterradas. Con las 300 pirámides Chinas que están enterradas y con los guerreros de terracota; también enterrados. Con Gobekli Tepe en Turquía, también enterrado. Con los 460 túmulos que hay en las inmediaciones de Stonehenge, el famoso complejo megalítico del sur de Inglaterra. Etc.

Este lugar al igual que los mencionados y muchos otros que tiene su propio estilo arquitectónico fue inutilizado por los verdaderos constructores, cuyos rostros reales estamos viendo en esas estatuas. En ese instante trágico para toda la humanidad, cuando tuvieron que abandonar el planeta, las construcciones y a nosotros mismos, de una forma repentina y muy a su pesar, hace 12.500 años. Todos estos lugares realmente iban a ser unas terminales de viajeros, que se desplazarían de una forma instantánea desde su lugar de procedencia, probablemente situado en cualquiera de las constelaciones zodiacales que nos rodean, hasta este planeta. En el que habían traído todo tipo de animales a esa zona y ya nos habían creado a su imagen y semejanza tanto en cuerpo como en alma.

No podían dejar esas construcciones a medio construir pues en ellas caeríamos como moscas, como consecuencia de ese poder tecnológico que ya tenía y que podemos imaginar como un voltaje muy alto, puesto que en muchos de estos lugares, los verdaderos constructores arrojaron una tormenta de rayos. Por lo tanto las inutilizaron de diversas maneras como ya hemos visto en anteriores capítulos y muchas de ellas además las enterraron.

También se dice en esta información: En 1883, llegó al yacimiento Osmán Hamdi, director del Museo Arqueológico Imperial de Estambul. Tuvo que realizar un largo y penoso ascenso hasta la cumbre de la montaña por un sendero de mulas, estrecho y sinuoso, que hizo a pie en su último tramo. «Sorprende que a un hombre que ha erigido sobre la más alta cima de estas montañas este monumento, tan costoso que probablemente agotó los recursos de su reino, no se le ocurriera hacer un mejor camino entre las rocas para acceder a él», observó en su minucioso informe.

Vamos a ver: Ciertamente es un túmulo enorme que a buen seguro ni construyeron, ni mucho menos enterraron los hombres de esa época, el 7 de julio del año 62 a.C,  por el enorme e inútil esfuerzo que hubiese supuesto. Y desde luego no es un túmulo hecho por sedimentación natural, ya que los guijarros y piedras sueltas no se sedimentan de esa manera. Más aún teniendo en cuenta que no hay nada parecido en las inmediaciones. Por tanto no puede ser datado por sedimentación.

Con toda seguridad la cronología que nos dan es incorrecta y desde luego la Famosa inscripción que encontraron en lo que creyeron unas ruinas persas y dicen que encontraron una inscripción griega grabada en los zócalos de las estatuas de la terraza oriental, una de las tres de que consta el monumento, y en ella leyeron claramente que esas ruinas constituían el panteón de Antíoco I de Comagene, soberano de un reino aliado de Roma, que construyó su tumba en el punto más alto de sus dominios. «Yo, Antíoco, he hecho construir este recinto en mi honor y en honor de mis dioses». Así proclama la inscripción que identifica cada una de las estatuas con los dioses griegos Apolo, Zeus y Hércules, asociados con los dioses persas Mitra, Ahura Mazda y Artagnes. También es incorrecta y prueba que no fueron capaces de traducir esa inscripción. 

La tumba de Antioco - 1, Foto 1
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La tumba de Antioco - 3, Foto 3

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