Cuando Marcel Duchamp expuso un urinario invertido (Fuente, 1917) en Nueva York y la pieza fue legitimada por críticos, galeristas y académicos, se abrió un debate que sigue vigente: ¿Qué es el arte? La respuesta parece ser "todo y nada", sugiriendo que cualquier objeto en un espacio expositivo adquiere esa condición. Como consecuencia, oleadas de creadores han transitado por la producción artística sin conectar con el público, muchos de ellos atrapados en la queja de sentirse incomprendidos. En paralelo, el gran público se ha desentendido del arte contemporáneo al sentirlo ajeno, distanciados por un lenguaje cuyas claves desconocen.
Hasta el siglo XIX, el arte se ocupaba de manifestar la belleza ante el público, fuera este instruido o no. Sin embargo, la llegada de las vanguardias individualizó y, en cierta medida, divinizó al artista, transformándolo en un ser superior digno de culto (el propio Dalí se autoproclamaba "el Divino"). Bajo este nuevo paradigma, el espectador pasó a ser considerado un analfabeto estético, alguien que, simplemente, no está capacitado para comprender lo que el artista expresa.
Suelo visitar toda exposición que sale a mi encuentro; algunas me interesan más, otras menos. Lógicamente, dedico mayor atención a aquellas obras que me sorprenden con una experiencia visual placentera, y si logran conmoverme estéticamente, no dudo en repetir la visita. Acabo de tener la fortuna de contemplar Procesos e Itinerancias en la Fundación Casa Pintada de Mula, una propuesta colectiva que profundiza con acierto en la evolución del acto creativo y en la metamorfosis de la obra a través del tiempo. En un panorama donde parece que todo está inventado, esta premisa resulta refrescante. El talento brota en este ramillete de jóvenes autores, donde cada pieza relata una historia de final abierto que busca la confrontación con el público. Al igual que ocurre en la investigación científica, el acto de observar modifica de forma inevitable el desarrollo de lo observado, pero es un efecto buscado.
Por lo general, huyo de las muestras que pretenden forzarme a la reflexión. Suelo decir que ya salgo de casa "reflexionado"; lo que busco en una sala es conocer las inquietudes del artista y sus propias conclusiones, que para algo expone y se expone. Sin embargo, bajo la guardia cuando un cuadro me transmite una emoción genuina porque su narrativa me hace sentir que tiene algo que ver conmigo.
¿Quién no ha soñado alguna vez con ser un pájaro que vuela en total libertad? ¿Quién no se ha sentido, en algún momento, un ave atropellada por la locomotora enloquecida de la vida? Ese pájaro aplastado sobre el asfalto y reducido a dos dimensiones por las ruedas de un camión —ya sea en una calle de Chicago o de Molina de Segura, lo mismo da— es la poderosa imagen que nos brinda Ana Hernández en su lienzo Blue Lights. Con economía de medios y un sencillo lenguaje, la autora nos hace sentir que ese infortunado inocente podemos ser cualquiera de nosotros. Sentimos compasión por el pequeño y anónimo animal —¿un gorrión, un jilguero, una madrugadora alondra?— y nos identificamos con su patético despojo: somos él. Pero el drama no es total. Si hoy estamos aquí contemplándolo es porque hemos sobrevivido gozosamente —nos hemos "reinventado", se dice ahora— tras el atropello; o los atropellos, pues bien sabemos que la vida es un ritornello permanente y tras cada caída hay una promesa de resurgimiento, un Ave Fénix de alas poderosas.
Ana Hernández utiliza la observación y su mundo interior como motor de creatividad, empleando la fotografía como un bloc de apuntes que auxilia a su memoria. Su lenguaje es inevitablemente contemporáneo y sus materiales lo reflejan: gesso, viruta de vidrio, acrílico y plumas reales rescatadas de alguno de los tantos pajarillos despanzurrados en las carreteras que ha ido documentando (alrededor de 250 millones de aves mueren al año en el mundo por el impacto de vehículos, según dato que me da la IA, ¡santa palabra!). Es una realidad en la que apenas reparamos.
Pero la artista sí lo ve. Es su misión mirar más allá y señalar aquello que los demás somos incapaces de percibir. Observa, levanta acta, y con su lenguaje poético convierte el fatal suceso en fábula para que nos sirva de espejo donde nos veamos como atropellados, unas veces, y atropelladores, otras. Gracias, Ana, por tu mirada lúcida.
Zacarías Cerezo
