Correría el año 2001 cuando, por avatares de la vida, hube de llevar a cabo una investigación sobre antropología de la salud relativa a los cuidados posoperatorios de enfermería. El centro seleccionado fue una clínica privada de París que tenía un convenio de asistencia médico-quirúrgica con la "Sécurité Sociale" francesa.
Esta clase de hospitales, aunque su fin primordial sea ganar dinero, son concebidos como sociedades mercantiles plenamente legítimas dado que se ajustan al principio bioético de justicia: proveen un servicio a cambio de una remuneración proporcional a su coste. No obstante, en las actividades sanitarias de naturaleza lucrativa el imperativo económico de maximización de los beneficios decae en favor del imperativo deontológico del máximo bienestar de los pacientes, y del mejor resultado posible de los actos médicos y paramédicos.
Sin embargo, no siempre ocurre así. Durante el estudio observé cómo la Jefatura de Enfermería instruía a sus profesionales en el sentido de tener las interacciones estrictamente necesarias con los enfermos: "Ustedes deben entrar en la habitación, cumplimentar a los allí presentes, realizar las labores que les corresponden y salir de inmediato para ocuparse del siguiente cliente". Les desasosegaba, sobremanera, que las enfermeras dedicaran su tiempo en interesarse por el estado de los operados y por sus necesidades personales, o que se detuviesen a escuchar sus preocupaciones y ofrecerles los consejos que fueren oportunos.
Apenas un lustro después, en 2006, viví una experiencia similar en un hospital público de Madrid:
Un compañero, de 82 años, de la ya desaparecida Casa de Huéspedes Peña, en el número 8 de la calle de Altamirano, tuvo que operarse del corazón. En cada visita que le hice a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) no dejaba de sorprenderme.
El primer día lo habían situado debajo de la salida del aire acondicionado. Tan pronto lo toqué pude notar lo fría que tenía la piel. Se lo comuniqué al enfermero que lo atendía, solicitándole que lo cambiara de lugar. Estaba demasiado entretenido en observar las pantallas de un control hiperdigitalizado desde el que vigilaba diferentes variables de todos los ingresados en la Unidad, más de Centralización Intensiva que de Cuidados Intensivos.
El segundo día me di cuenta de que la mascarilla respiratoria que le habían puesto estaba demasiado apretada y le dejaba una profunda marca en la piel. En esta ocasión, la responsable era una enfermera: "Disculpe, a este paciente la mascarilla le está lastimando la cara, ¿no se la podría aflojar?". "No, ha de llevarla así para que no se le escape el oxígeno". "No me diga que con el arsenal tecnológico con el que cuentan son incapaces de evitar pérdidas de oxígeno sin necesidad de dañar a un enfermo recién operado. Cuando vuelva mañana espero que lo hayan solucionado, en caso contrario presentaré una queja ante la dirección del hospital".
Al tercer día, a Manolo, persona velluda, le había crecido la barba, la cual en la condición en que se hallaba le confería un aspecto deplorable. Aunque lo que más transmitía era dejadez por parte de sus cuidadores. "Si son tan amables, cuando tengan un rato libre, por favor, afeiten a este hombre", les requerí a los sanitarios de guardia. Yo lo animaba acariciándole la mano para transmitirle tranquilidad, al tiempo que le decía que no se preocupara, que todo iba a salir bien.
Lo que me encontré el cuarto día de visita no me sorprendió en absoluto: ¡había fallecido!
Un par de décadas más tarde, fui yo el intervenido. También en Madrid. En una clínica privada.
Durante las dos jornadas del posoperatorio que permanecí en planta, ninguna enfermera me preguntó qué tal estaba o si necesitaba algo. Pareciera que se hubieran graduado en la "République française". Entraban en la habitación, me saludaban, hacían lo que tuvieran que hacer y se iban sin mayor dilación, sin ninguna conversación ni la más mínima preocupación por mi situación corporal o anímica. En todo momento me trataron con educación y respeto; pero en Enfermería eso no es suficiente.
Sentado, reposando en el típico sillón de habitación de hospital, pedí que me pusieran las zapatillas para ir al baño, pues debido a que tenía una herida quirúrgica interna en el bajo vientre el flexionar la columna vertebral me generaba un intenso dolor. La enfermera de turno fue clara y concisa: "Yo se las acerco y usted se las pone". Acto seguido las dejó a mis pies y se marchó como quien abandona un lugar en el que no le corresponde estar.
Al alta, acudió una estudiante en prácticas para retirarme la vía venosa, a la que se supone estaban enseñando cómo ocuparse con diligencia de los pacientes: "¿De paso me podría quitar el apósito de la anestesia raquídea que tengo en la espalda", le inquirí. "Se lo voy a preguntar a la enfermera… Me ha dicho que se lo quite usted mismo cuando se duche".
El buen médico viene a ser un escritor que cura con su ciencia; pero el enfermero excelente es un poeta que además de curar con su ciencia, sana con su conciencia. Es decir; es todo lo contrario de un robot sin conciencia de sí ni de los otros, aloprogramado o autoprogramado para desarrollar de forma automática o semiautomática una serie de tareas más o menos especializadas. En los centros sanitarios, sean abiertos o cerrados, públicos o privados, el fin último de la Enfermería es prestar una atención integral a los pacientes a partir del correspondiente diagnóstico de enfermería, y la posterior elaboración de un plan de cuidados que tenga en consideración no solo su estado físico, sino también el mental, el social y hasta el espiritual.
Los filósofos nos enseñaron que sufrimos solos y morimos solos; que el sufrimiento y la muerte no se comparten. Por eso la profesión de enfermero, y la de médico, no nos exige sentir afecto ni compasión hacia nuestros pacientes, únicamente hemos de tener empatía con su situación y circunstancias; y actuar en consecuencia de acorde con la deontología propia de nuestra función como agentes de protección y restablecimiento de la salud, individual y comunitaria, para la que nos hemos formado. Nada más.
¡Ni nada menos!
