El fondo BeHappy Investments, que en 2025 respaldó proyectos como Nina Woof, Healthy Minds o Banbu, va a reforzar su estrategia en 2026 para seguir apoyando a proyectos con impacto social y alto potencial de crecimiento
La inversión vinculada a proyectos de alto impacto social y medioambiental sigue ganando peso en España. Según el último informe de OFISO, presentado a finales de febrero, la financiación sostenible —que engloba operaciones crediticias y emisiones de deuda orientadas a proyectos con objetivos ambientales, sociales o de gobernanza— alcanzó casi 77.000 millones de euros en 2025. La cifra es un 17% superior a la de 2024 y consolida a este segmento como uno de los pilares del ecosistema financiero de nuestro país. Y para 2026, la previsión del Observatorio Español de la Financiación Sostenible es que esa cantidad siga creciendo.
Dentro de ese universo, los instrumentos específicos de inversión de impacto, como el Fondo de Impacto Social del Gobierno, que con 400 millones apoya proyectos de inclusión o vivienda digna, y los fondos privados enfocados en impacto social han ampliado su alcance en sectores desde la agricultura sostenible, el cuidado de mascotas o la cosmética sin disruptores endocrinos hasta la inclusión laboral.
Para fondos como BeHappy Investments, que combina financiación con asesoría estratégica para emprendimientos seed y early stage con impacto social, ese crecimiento no es una tendencia pasajera, sino la confirmación de que existe una preocupación real por el destino de las inversiones. "Una inversión con propósito no es aquella que simplemente evita hacer daño, sino la que nace para generar un impacto positivo medible y estructural", señala Miguel Ángel Rodríguez Caveda, CEO de BeHappy Investments. Pero, ¿cómo distinguir una inversión de alto impacto con propósito de una concebida únicamente como vehículo para lograr un alto rendimiento económico? Para Rodríguez Caveda, estas son las siete claves las que distinguen:
1. Intencionalidad desde el origen
Escuelas de negocio como la Harvard Business School señalan que el impact investing exige que la generación de impacto positivo sea intencionada y no accidental, y que forme parte del modelo de negocio, no de una estrategia de marketing. "Antes de acometer una inversión —explica Rodríguez Caveda—, en nuestros análisis siempre nos hacemos una pregunta clave: ¿si eliminamos el impacto social o ambiental, el proyecto sigue teniendo sentido? Si la respuesta es sí, probablemente no estamos ante una inversión con propósito real".
2. Medición rigurosa del impacto
La inversión con propósito debe someterse a métricas concretas alineadas con estándares internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) impulsados por Naciones Unidas. Esos indicadores pueden ser cuantitativos (reducción de emisiones, acceso a servicios sanitarios, mejora educativa) o cualitativos (transformación comunitaria, arraigo poblacional, fortalecimiento institucional). "Si el impacto no se puede medir, no se puede gestionar, y eso diluye su propósito", sostiene el CEO de BeHappy Investments.
3. Alineación entre rentabilidad y transformación
La inversión tradicional puede generar beneficios incluso cuando su impacto social o medioambiental sea nulo. En cambio, en la inversión con propósito la rentabilidad y el impacto deben ir de la mano, "y no se conciben la una sin el otro", explica Rodríguez Caveda. Según un reciente informe del Banco Mundial, los proyectos con impacto bien estructurados no solo evitan riesgos reputacionales y regulatorios, también generan retornos sostenibles a largo plazo.
4. Acompañamiento estratégico, no solo capital
Otra diferencia esencial radica en el rol del inversor. En un modelo puramente financiero, el capital es el principal activo. En la inversión con propósito, el acompañamiento estratégico es igual de relevante. Fondos y entidades con vocación de impacto como La Caixa, a través de sus programas sociales, han demostrado que la mentoría, la gobernanza y el soporte en comunicación pueden ser determinantes para escalar proyectos con impacto. "Los fondos de alto impacto nos implicamos en la definición estratégica, en la medición del impacto y en la narrativa de las compañías en las que invertimos, porque el capital sin dirección no transforma", puntualiza Rodríguez Caveda.
5. Horizonte temporal amplio
Mientras que la gran mayoría de las inversiones tradicionales buscan retornos en ciclos cortos, la inversión con propósito asume que la transformación social y ambiental a la que aspira requiere tiempo. Un reciente informe de la Universidad de Oxford apunta que los proyectos con impacto estructural —especialmente en salud, educación o transición ecológica— necesitan horizontes de maduración más largos para consolidar resultados.
6. Contribución sistémica, no impacto aislado
La inversión con propósito no aspira a resolver problemas puntuales, sino generar cambios sistémicos: acceso a la salud, educación inclusiva, sostenibilidad medioambiental, bienestar integral… El Foro Económico Mundial ha señalado que la colaboración entre sector privado, instituciones financieras y emprendimiento tecnológico es clave para abordar los desafíos globales complejos.
El crecimiento del mercado de la inversión sostenible demuestra que el capital está redefiniendo su papel en la sociedad. No obstante, la etiqueta 'impacto' exige rigor, transparencia y coherencia. "Para nosotros, invertir es una forma de construir futuro. Si el capital no mejora la vida de las personas y el entorno en el que operan, pierde su sentido más profundo", concluye Miguel Ángel Rodríguez Caveda.
