La verdad incómoda sobre la herencia y las adicciones

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La herencia invisible: el legado genético que dispara las adicciones

La verdad incómoda sobre la herencia y las adicciones

¿Por qué algunas personas desarrollan adicciones con más facilidad que otras? La ciencia apunta a un factor clave: la genética. Tener antecedentes familiares puede multiplicar entre cuatro y ocho veces el riesgo de desarrollar una adicción, debido a cómo ciertos genes modulan la respuesta del cerebro al placer, la motivación y el autocontrol.

Ciertas variantes genéticas intensifican la sensación de recompensa ante sustancias como el alcohol, la nicotina o las drogas. Esto aumenta la probabilidad de repetir el consumo hasta generar dependencia, al influir en la liberación de dopamina y otros neurotransmisores vinculados al placer y el refuerzo. “La predisposición genética aumenta el riesgo, pero no determina el destino de una persona. Conocer esta información permite intervenir antes, acompañar mejor y personalizar cada proceso terapéutico”, señala Guillermo Acevedo, socio fundador y director de Esvidas.

Guillermo Acevedo, socio fundador, director y terapeuta de Esvidas

Aun así, la genética no actúa sola. La educación, las experiencias traumáticas, el consumo temprano, el estrés o los vínculos familiares moldean la vulnerabilidad individual. “La genética marca una predisposición, pero es el entorno el que escribe la mayor parte de la historia”, recuerda Acevedo. Esta combinación explica por qué personas con antecedentes familiares no siempre desarrollan adicciones, mientras que otras sin ellos sí pueden hacerlo.

La salud mental también influye. Depresión, ansiedad, TDAH o traumas no tratados aumentan el riesgo de consumo problemático, sobre todo cuando las sustancias se usan para aliviar el malestar emocional.. 

La convivencia entre adicción y trastorno psicológico, el doble diagnóstico, exige tratamientos que aborden ambas condiciones de manera simultánea. “La relación entre salud mental y adicciones es bidireccional”, explica Noelia Marchante, psicóloga de Esvidas. “No se trata solo de prevenir el consumo, sino de ofrecer un abordaje integral que trate ambas condiciones al mismo tiempo”.

Noelia de la Paz Marchante, psicóloga de Esvidas

El entorno familiar y el trauma también tienen un impacto significativo. Crecer en hogares con violencia, abandono, modelos de consumo problemático o inestabilidad emocional incrementa la vulnerabilidad. A ello se suman experiencias de abuso físico, emocional o sexual que alteran la regulación del estrés y llevan a muchas personas a buscar alivio en sustancias. Las intervenciones tempranas y la terapia familiar son esenciales para romper estos ciclos.

La adolescencia representa una etapa crítica. Consumir alcohol o drogas antes de los 15 años puede multiplicar por siete el riesgo de desarrollar una adicción en la edad adulta. El cerebro juvenil es más sensible a la recompensa, a la presión del grupo y a la búsqueda de aceptación, por lo que la educación emocional y la detección temprana resultan fundamentales.

También influyen factores silenciosos como la soledad, el aislamiento y el dolor crónico, que pueden derivar en consumos compulsivos cuando no existen recursos de apoyo adecuados.

La genética influye, pero no define. Comprender cómo interactúan los factores biológicos, emocionales y sociales permite diseñar intervenciones más precisas y humanas, capaces de reducir riesgos y abrir caminos de recuperación sólidos. 

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