O de cómo Héctor Peco llenó un museo de gente que no suele ir a museos, sentó a un guionista de televisión en un sofá de préstamo y nos convenció a todos de que el desorden es el único sitio donde se puede vivir. Todo eso en el salón de casa de "Lo que te da la gana", donde el muro de ladrillos fucsia y el sofá mostaza no eran solo decorado; eran una declaración de intenciones de la editorial. Tras la ventana del salón, una tarde de tormentas primaverales, dentro solo un centenar de amigos celebrando que así es el mundo de Héctor: un lugar donde un heavy canta por Sabina, donde los sofás te hacen sudar, pero no te quieres levantar, y donde, si le preguntas por su curso de autoestima, te responderá que ahora se gusta tanto que se da "hasta miedo".
Si el libro es una confesión a boli, su puesta de largo no podía ser otra cosa que una charla entre amigos en el salón de casa. Imagina la escena: un muro de ladrillo fucsia —el color de la resistencia— custodiando un sofá mostaza donde Héctor y Suko se sentaron a arreglar el mundo (o al menos a desordenarlo un poco más). Con Gema capitaneando desde su sillón de "pijama fresquito", el ambiente destilaba esa cercanía que solo se consigue cuando no hay protocolos, solo ganas de compartir. No fue una presentación, fue un "match" en vivo entre un centenar de personas y un autor que, por fin, encontraba su centro rodeado de los suyos. Entre risas, anécdotas y con mucho calor humano, quedó claro que el verdadero "Equilibrio" de Héctor Peco no está en las páginas, sino en esa capacidad de reunir a tanta gente bajo un ambiente fucsia para celebrar que, a pesar de todo, seguimos sintiendo.
"NO HAY HUEVOS"
La tarde en el Museo Cristina García Rodero de Puertollano no empezó con un discurso institucional, sino con una declaración de guerra a la solemnidad. Jaime Noguera, un tipo que desayuna heavy metal y cuyo hábitat natural son los escenarios con amplificadores al once, acabó subido al atril cantando por Sabina. ¿Por qué? Porque, según el propio Héctor, "no hubo huevos" a decir que no. Ese fue el tono de la jornada: romper etiquetas a puñetazos. Si un metalero puede ponerse tierno con una acústica, tú puedes emocionarte con un libro de versos, aunque pienses que la poesía es una cosa aburrida para gente con demasiado tiempo libre.
EL LIBRO
Y por poner algo de orden al desorden, hablemos de su libro, Equilibrio no es un poemario al uso; es una "autobiografía compartida" escrita para ser devorada en el tiempo que tarda el AVE entre Puertollano y Ciudad Real (unos 15 minutos, si Renfe no decide lo contrario). Una lectora —allí en el Museo o salón de casa de lo que te da la gana—, confesó que ya iba por la página 25 en pleno directo porque no podía dejar de leer.
Héctor disecciona en sus páginas el "blues de los domingos", ese sabor agridulce a paracetamol, tupper de pasta para el lunes y mensajes que se quedan en borradores porque enviarlos "podría liarla parda". En él, el autor, le escribe una carta a su "yo de 20 años" para advertirle que la vida no es un sprint, sino una carrera de obstáculos donde lo importante es seguir en pie cuando la música pare. No busques rimas perfectas ni metáforas de biblioteca; busca ese espejo donde Héctor confiesa ser un desastre propenso a la auto decepción, pero que ha decidido cogerse cariño a pesar del ruido. Es un libro de "piel y barro" que nace de las notas del iPhone a las cuatro de la mañana, esos pensamientos que uno publica en un libro para no tener que mandárselos a quien no debe.
HÉCTOR
Héctor Peco es un periodista que prefiere el boli al teclado y que siente un "pudor" casi físico al ser llamado escritor frente a los grandes nombres como Lorca o García Montero. Pero esa es, precisamente, su mayor fortaleza. Héctor escribe desde el asfalto de Puertollano, con una denominación de origen protegida que mezcla el orgullo de su tierra con la sensibilidad de quien sabe que la honestidad es el único camino.
No nos engañemos, este libro no habría nacido igual en la Castellana de Madrid o en un barrio hípster de Barcelona. Equilibrio tiene barro de Puertollano en las suelas y un orgullo minero que se filtra entre línea y línea. Esa denominación de origen es su escudo de armas; es lo que convierte su desorden en algo auténtico, con nombres, apellidos y acento propio. Al final, lo que Héctor nos dice es que, para perder el equilibrio con estilo, primero hay que saber muy bien dónde tienes puestos los pies, y los suyos están clavados en esta tierra que no se anda con chiquitas cuando se trata de sentir.
No busca el aplauso de la crítica sesuda; busca que tú subrayes una frase mientras te tomas una cerveza porque ha puesto palabras a ese nudo que tenías en la garganta desde el martes pasado. Héctor es el yerno que todas las madres quieren, pero también el tipo que admite que su propia madre es su mayor hater porque, al terminar el libro, le dijo: "Hijo, se te ha ido la cabeza".
SUKO
A su lado en el sofá, Suko —guionista de El Hormiguero y escudero oficial—. Reivindicó el síndrome del impostor como la gasolina de cualquier creativo, "el día que dejes de sentir que eres un fraude, es que has dejado de respetar lo que haces".
Si Héctor es el corazón que se desangra a boli, Suko es el desfibrilador que nos mantiene despiertos a base de carcajadas y verdades como puños. Su papel en este "Equilibrio" va mucho más allá de firmar un prólogo; es el tío que le ha dado el carné de identidad al "Sindicato de los Impostores". Verlo en el sofá mostaza, reivindicando que no saber qué cojones estás haciendo es la única forma de hacer algo que valga la pena, fue el clímax de la tarde. Suko no está ahí para dorarle la píldora a Héctor, está ahí para recordarnos que ser un "impostor" es la mayor virtud del creativo, porque te obliga a mirar el mundo con los ojos de quien todavía no ha aprendido a mentirse a sí mismo. Con su guasa de guionista y su lealtad de hermano, Suko ha conseguido que la presentación (y el libro) —y esta crónica— no huela a incienso, sino a vida, a riesgo y a esa bendita locura de quien prefiere equivocarse a su manera que acertar a la de los demás.
EQUIPO FUCSIA
Y capitaneando este comando rebelde, Gema Pérez Pinto. Sentada en su sillón "pijama fresquito de verano" que solo los que tienen el control total pueden lucir con esa clase, Gema demostró que detrás de cada autor tiene que haber una editorial con los arrestos suficientes para apostar por lo auténtico. Si Héctor es el verso suelto y Suko el desfibrilador, Gema y Cristina son el pegamento que hace que este desorden no se desmorone. Ellas son el pegamento que une los tachones de Héctor con el fucsia de la editorial, convirtiendo un manuscrito en un objeto de deseo.
No son editoras de despacho y Excel; son las que se remanga para pintar ladrillos y las que tienen el ojo clínico para ver oro donde otros solo ven tachones. Ellas son las culpables de que "Lo que te da la gana" sea más un grito de guerra que una marca comercial. Su apuesta por este Equilibrio es el recordatorio de que detrás de cada autor que se desnuda, tiene que haber alguien con la valentía de sujetarle la ropa y asegurarle que el viaje va a merecer la pena.
Y si pensabas que el famoso muro de ladrillo fucsia apareció por arte de magia, es que no conoces el secreto mejor guardado de "Lo que te da la gana". Detrás del tándem creativo de Gema y Cristina hay una unidad de élite logística llamada Julio Puente y Rosa Usero. Los padres de Cristina no solo están ahí para los aplausos; son los que se remangan, los que bajan al barro y los que convierten las locuras visuales de las chicas en realidades tangibles. Julio y Rosa son los arquitectos de ese búnker de ladrillo, los que se han dejado la espalda pintando cada recoveco para que el escenario tuviera la fuerza que el libro de Héctor exigía. Son la prueba viviente de que este proyecto es una alianza familiar inquebrantable, donde el amor por los detalles se hereda y se trabaja a base de lija, sudor y mucho cariño. Sin ellos, el Equilibrio fucsia sería solo una idea en el aire; gracias a ellos, es un muro sólido contra el que se estrella el aburrimiento.
Una pequeña parte de ese 'Equipo fucsia' son María Jesús y Julio, por eso que el logo de Oretania también sea fucsia no es una coincidencia, es una premonición; es la señal para apadrinar la locura de Gema y Cristina. Y la prueba definitiva de que lo de Héctor y su Equilibrio no es un fuego de artificio, sino una hoguera bien alimentada. María Jesús y Julio son esos aliados estratégicos que entienden que el futuro de los libros pasa por mancharse las manos —de fucsia—, por la cercanía y por el orgullo de lo local. Una alianza eléctrica que demuestra que, cuando el talento joven, que no tiene miedo a arriesgar, se junta con la experiencia, el resultado es un proyectil que no hay quien lo pare.
Y otra parte de este gran equipo, son los amigos. En una presentación de un gran sello editorial, los muebles vienen de un catálogo frío y aséptico; en la de Lo que te da la gana, vienen de la furgoneta de esos amigos, la familia de Famaliving y Deyco (Manoli, José, José Junior y Lucía), que fueron quienes prestaron cada pieza del decorado para que el museo se sintiera como un hogar. Ese sofá mostaza que tanto dio que hablar no salió de un almacén, sino de la generosidad de gente que es familia elegida. Es el reflejo perfecto del libro: una red de seguridad tejida por personas reales que están ahí para que, cuando el autor se siente a soltarse las entrañas, al menos lo haga en un sitio con alma.
EL CIERRE
Cuando la tarde se puso seria y alguien del público intentó que Héctor confesara si ese Equilibrio tiene nombre, apellidos y dirección postal, el autor tiró de manual de supervivencia: el humor. Ante la pregunta de cómo le iba la vida, Héctor soltó la perla de la jornada:
— "¿Qué tal te va el curso de autoestima, Héctor?"
— "Pues fatal, tío... ¡Ahora me gusto tanto que me doy hasta miedo!"
Fue el punto final perfecto. Una carcajada colectiva que sirvió para recordarnos que, aunque el libro hable de miedos, de mensajes no enviados y de domingos tristes, al final del día lo que nos salva es saber reírnos de nuestra propia sombra. Héctor no solo nos regaló un libro, nos regaló la prueba de que se puede ser un "impostor" encantador y, a la vez, el tipo que mejor se lo pasa en su propio desorden.
Equilibrio es ese libro que no sabías que necesitabas hasta que una de sus frases te hace un placaje en mitad de un martes cualquiera. Héctor Peco no ha escrito un manual de instrucciones para ser feliz, ha escrito un recordatorio de que estar "un poco roto" es, probablemente, la única forma de que nos entre algo de luz.
Una recomendación: Cierra la revista, apaga la pantalla y sal a buscar tu propio sofá mostaza. Porque, como dice el autor entre sus páginas fucsias, la vida es ese desorden maravilloso donde lo único importante es no dejar de sentir. Y si te caes, que sea con estilo, a boli y —por favor— que sea a tu puto rollo.
Ahh, se me olvidaba, si todavía te estás guardando esos 20 euros en el bolsillo pensando que son para un libro más, es que no has entendido de qué va la vaina. No estás comprando papel con relatos y rimas; estás pagando la entrada a un refugio fucsia donde, por fin, alguien te dice que está bien ser un desastre, que los domingos duelen y que el equilibrio es una mentira que nos venden los que no se atreven a sentir. Por el precio de un par de cubatas en cualquier garito, Héctor Peco te regala un espejo donde mirarte sin filtros y la certeza de que tus tachones son, en realidad, lo más bonito que tienes. Hazte un favor, suelta el billete y llévate a casa este caos con sentido; porque cuando cierres la última página, te darás cuenta de que esos 20 pavos son la mejor inversión que has hecho nunca en tu propia salud mental y emocional.
Julio Criado García
