Subida del SMI tensiona a pymes y emprendedores: clave adaptarse sin perder viabilidad

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Subida del SMI tensiona a pymes y emprendedores: clave adaptarse sin perder viabilidad

El incremento del salario mínimo a 1.221 euros en 14 pagas mejora la renta de millones de trabajadores, pero obliga a pequeños negocios, autónomos y empresas contratistas a revisar costes, productividad y márgenes.

La subida del SMI reabre un debate de fondo en España: cómo mejorar los salarios sin castigar a quienes crean empleo. Jorge Jaime Royo, CEO de JyRIngenieros, reclama dejar de enfrentar a trabajadores y empleadores y apostar por incentivos reales, menos trabas y más viabilidad para pymes y autónomos.

En febrero de 2026, el Gobierno formalizó la subida del Salario Mínimo Interprofesional hasta los 1.221 euros brutos mensuales en 14 pagas, es decir, 17.094 euros anuales, con efectos desde el 1 de enero. El Ejecutivo sitúa el alcance de la medida en unos 2,5 millones de trabajadores, especialmente mujeres y jóvenes, y la firma del acuerdo se produjo con los sindicatos y sin la patronal.

La lógica social de la medida es evidente: mejorar rentas, contener la precariedad y elevar el suelo salarial. El problema empieza cuando esa decisión macroeconómica aterriza en la contabilidad diaria de un autónomo o de una pyme. Distintos análisis del ámbito empresarial estiman que un trabajador en SMI puede situar su coste total en torno a 23.700 euros al año, y que la última subida añade alrededor de 700 euros anuales por empleado para muchos pequeños negocios. Para una gran compañía puede ser una tensión asumible; para una empresa de dos, cinco o diez trabajadores puede marcar la diferencia entre contratar, congelar o renunciar a crecer.

El eslabón que sostiene el empleo, pero trabaja con menos margen

Conviene recordar una obviedad que a menudo se pierde en el debate político: las pymes no son una nota al pie de la economía española. Según los datos difundidos por ManpowerGroup a partir del INE, representan el 99,8% del tejido empresarial y generan aproximadamente dos de cada tres empleos del país. Y, sin embargo, son también las que más dificultades tienen para cubrir vacantes: el 80% de las empresas medianas y el 79% de las pequeñas afirman tener problemas para encontrar el talento que necesitan.

A esa dificultad se suma una presión creciente sobre los costes. CEPYME advierte de que, en las micro y pequeñas empresas, el SMI ya equivale a más del 70% del salario medio ordinario, y que el esfuerzo adicional asociado a este salario mínimo roza el 30% en las compañías de menor tamaño. La misma organización cifra en un 25,1% el aumento acumulado de los costes laborales de las empresas más pequeñas desde 2021 y señala que, desde 2019, han desaparecido 11.300 microempresas.

No se trata de discutir si un trabajador merece cobrar mejor. Claro que lo merece. La cuestión es otra: por qué en España se sigue legislando y debatiendo como si la empresa pequeña tuviera la misma capacidad de absorción que una gran corporación. No la tiene. Y, sin embargo, soporta buena parte del coste social, laboral y administrativo del sistema.

Ni demonizar al empresario ni idealizar al trabajador

Ese es, probablemente, uno de los errores más persistentes del debate español. Convertir la discusión laboral en una batalla moral simplificada: de un lado, el empresario como figura sospechosa; del otro, el trabajador como parte siempre inocente del conflicto. La realidad es mucho más compleja. Hay empresarios buenos y malos. Y también hay trabajadores excelentes y trabajadores que se aprovechan de un sistema lento, rígido o sobrerregulado.

Legislar desde caricaturas no mejora el mercado laboral. Lo empeora. Porque cuando se convierte al pequeño empleador en el enemigo simbólico, lo que se daña no es una abstracción ideológica, sino a miles de despachos, comercios, talleres, constructoras, empresas familiares y firmas técnicas que viven con márgenes muy estrechos y una enorme exposición al error.

Jorge, lo resume desde una experiencia que no nace de ningún privilegio heredado, sino de dos décadas de trabajo por cuenta ajena y por cuenta propia, 100 h semanales de trabajo durante 20 años. Ingeniero industrial y especialista en el ámbito de obra, servicios y licitaciones, conoce tanto la realidad del asalariado como la del empresario que tiene que firmar nóminas, presupuestos y contratos.

Su mensaje es directo: nadie le ha regalado nada, no viene de una familia de patrimonio empresarial y ha levantado su proyecto con años de esfuerzo continuado, jornadas interminables y una exigencia personal que muchos no ven. "Solo pido que me dejen trabajar, que no pongan zancadillas y que ayuden a la contratación mediante incentivos fiscales o de otro tipo", sostiene.

La frase no es menor. Resume el cansancio de miles de autónomos y pequeños empresarios que sienten que el sistema les exige cada vez más, pero les reconoce cada vez menos. Que se les pide contratar, invertir, arriesgar y sostener empleo, pero se les mira con sospecha en lugar de con respeto.

La realidad técnica: sin productividad y sin márgenes, el empleo sufre

La AIReF ha introducido un matiz esencial en este debate. Su análisis sobre el impacto del SMI concluye que las subidas de 2019 y 2023 redujeron la creación de empleo en un rango de 40.000 a 65.000 afiliados y de 55.000 a 85.000 afiliados, respectivamente. Además, advierte de que el SMI ha ido ganando peso dentro de la estructura salarial: el porcentaje de personas que cobran el mínimo pasó del 3,5% en 2018 al 7,4% en 2023, hasta acercarlo al salario más frecuente de la economía.

Esto no invalida el objetivo de mejorar salarios. Pero sí obliga a asumir una verdad incómoda: si el incremento de costes no va acompañado de productividad, margen y capacidad real de repercusión en precios, el ajuste termina cayendo sobre la contratación, la inversión o la supervivencia del negocio. Y ahí, de nuevo, la pyme parte con mucha menos ventaja que la gran empresa.

Autónomos societarios: otra señal de alarma

A la presión salarial se ha sumado este año otra polémica especialmente sensible: la subida de la base mínima de cotización para autónomos societarios y familiares colaboradores. En abril, distintas informaciones situaron esa base en 1.424,40 euros mensuales, frente a los 1.000 euros anteriores, lo que ha reactivado el malestar del colectivo por el aumento de cuotas y por el agravio comparativo respecto al resto de autónomos. La orden de cotización de 2026 recoge esa nueva base mínima y asociaciones como ATA han denunciado el impacto específico sobre societarios y colaboradores.

Para muchos pequeños empresarios, el problema no es una medida aislada, sino la suma de todas. Salarios, cotizaciones, costes energéticos, financiación, rigidez regulatoria, dificultad para encontrar perfiles cualificados y una competencia cada vez más agresiva. Todo al mismo tiempo. Todo sobre estructuras pequeñas.

Hay que adaptar procesos para no perder viabilidad

Esta nueva realidad salarial obliga a revisar mucho más que una nómina. Obliga a rehacer presupuestos, recalcular costes de personal, revisar implantaciones de obra, ajustar planificaciones y afinar la viabilidad de cada oferta pública o privada.

Porque una subida del SMI no es solo una decisión laboral; también es una variable que afecta a precios, contratos, planificación, márgenes, certificaciones y riesgo de ejecución. Y en sectores como construcción y servicios, presupuestar mal puede significar trabajar sin beneficio o incluso en pérdidas.

Para ello hace falta criterio técnico, análisis económico y estrategia. Hace falta profesionalizar procesos y no dejar que la empresa compita a ciegas. Y, sobre todo, hace falta un marco institucional que no castigue a quien quiere seguir contratando.

El pacto que sigue pendiente

España necesita salarios dignos. Pero también necesita empresas viables. Necesita trabajadores protegidos, sí, pero también autónomos y pymes con margen para contratar, crecer y sostener actividad. No hay prosperidad sólida si se enfrenta de manera permanente a quien trabaja con quien arriesga para dar trabajo.

El pequeño empresario no es el enemigo. Muy a menudo es el que más horas acumula, el que menos red de seguridad tiene y el que sigue tirando del barco incluso cuando siente que desde fuera solo recibe más carga, más exigencias y menos reconocimiento.

Ese debería ser el verdadero debate de país: no si subir salarios o no, sino cómo hacerlo sin romper el eslabón que más empleo crea. Y la respuesta pasa por menos eslóganes y más soluciones: incentivos a la contratación, menos burocracia, seguridad jurídica, revisión realista de contratos públicos y una política económica que deje de mirar a pymes y autónomos como un problema y empiece a tratarlos como lo que son: parte esencial de la solución.

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