Resistencia, de Alejandra Soria: matar al padre para reconciliarse con él

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"Si la muerte es la medida, ante ella nada vale la pena. Pero si la vida lo es, la literatura adquiere carácter de obsesión y supervivencia"

Resistencia, de Alejandra Soria: matar al padre para reconciliarse con él

Resistenciaes una larga carta que Alejandra Soria escribe a dos destinatarios:a sí misma y al fantasma de su padre.En ella, la escritora nacida en Durango, México, afronta distintas muertes físicas y figuradas: las de la conciencia de su progenitor, afectado por la enfermedad; las de su propia salud y las que a lo largo de su vida le provocaron los dolores y las angustias de una mente que pareciera configurada para el sufrimiento.

Este título es el cuarto de los editados por Adel Editores, un pequeño sello con sede en Segovia que se centra, en su colección La estirpe alada, en historias que tengan como núcleo a la familia.

Precisamente por ello dan cabida a Resistencia. A lo largo de esta biografía novelada, Soria hace frente a todo este pasado en el que el conflicto más complejo fue el dematarse a sí misma, a la proyección que su padre hizo de ella, para liberarse y reconciliarse con él, para convertir el texto en una honesta carta de amor y desamor hacia una de las figuras más importantes de su vida.

Para la autora, "ha sido doloroso regresar a muchos de estos momentos" de su pasado lejano y reciente. Pero como ella misma explica, el libro, que ha sido publicado este mes de junio, "es un acto de amor hacia el padre, de dejar constancia de una relación que es más profunda que la muerte misma. Es grabar en la palabra escrita nuestra última conversación, una que contiene todas las conversaciones de nuestro pasado".

Los editores hablan de un libro con la estructura del mosaico, en el que las distintas historias del pasado de la autora se configuran como teselas del pasado y del presente que son piezas necesarias para construir el retrato honesto de su autora.

Biografía

Alejandra Soria

(Durango, México, 1983)Estudió la Licenciatura en Letras Españolas (LLE) en el Tec de Monterrey y, posteriormente, el Doctorado en Estudios Humanísticos. Se tituló con la tesis Retórica Sacra en la Nueva España, un análisis de tres sermones novohispanos sobre la vida de Santa Teresa. Fue profesora de cátedra hasta que tuvo a su hijo Octavio, entonces dejó los libros por el juego infantil. Y, así como de estudiante se volcó en la lectura y el estudio, ahora, como madre, se entregó de lleno al juego. Las actividades artísticas y sensoriales que realizaba con su hijo le permitieron volver a conectar con una creatividad que creía perdida. Este proceso lúdico le ha ayudado a enfrentar la hoja en blanco. Le gusta dedicar sus mañanas a escribir y ciertas tardes, cuando las actividades y la apretada agenda social de su hijo se lo permiten.

Primeros capítulos

Capítulo 1

Tú eres mi primera biblioteca. Te imagino sentado en el reposet de lana color vino, mi cabeza de recién nacida apoyada en tu brazo izquierdo y con un libro en la mano derecha. Me lees poesía porque dices que no sabes cantar canciones de cuna. Prefieres recitar Nanas de la cebolla. Vuela niño en la doble // luna del pecho. // Él, triste de cebolla. // Tú, satisfecho. // No te derrumbes. // No sepas lo que pasa // ni lo que ocurre. Me nutro de escasa leche materna y versos. Como testigo, una fotografía que me tomaste sentada en ese sillón reclinable, cuando casi no podía sostener la cabeza. Descansa sobre mi cuerpo un libro de Pablo Neruda. Un rayo de luz bañándome el rostro. Creo que desde ese momento mi destino quedó sellado. Viviría entre libros.

Mi mano pequeña apenas si alcanzaba la manija de la puerta de hierro forjado. La empujé con todo mi cuerpo con la ilusión de encontrar, arriba en el techo, el nido prolijo habitado por pequeños picos negros que, al abrirse, eran del color del sol. Chirriaban llamando a su madre. Tenían hambre. Siempre que regresaba a la casa corría directamente a cerciorarme de que seguían ahí. Uno, dos, tres, cuatro. Cinco. Están todas, confirmé con alegría. Al menos por ese día, le habíamos ganado al águila que merodeaba por el jardín.

El verano sembraba de sombras el césped y el camino que unía la planta principal con la biblioteca de mi padre. El patio de Poanas era pequeño, pero rebosaba de flores y árboles frutales. En cierta época del año encontraba los frutos de piel rosada descansando sobre la tierra fresca. Los tomaba con mis dos manos y mi mordida revelaba una carne blanca. Dulce. Dulcísima. Me hartaba de comerlos y dejaba sus corazones colorados regados por el jardín. Le habían traído a mi madre un esqueje del prunus persica del valle de la sierra de Durango donde nació, para que no extrañara tanto su paraíso infantil.

Ese jardín, desde mi altura, parecía una jungla, y toda jungla que se precie de serlo debía estar habitada por un Mogli. O, en su defecto, por un salvaje Pugachov, como me llamabas tú. Y no te faltaba razón. Luego de pasar lista a las pequeñas golondrinas del nido, me desnudaba para jugar en el jardín. Al tiempo que regaba las plantas, me refrescaba a mí misma. El olor de la tierra se volvía el mío. Motas de sol bailaban en mi cuerpo infantil. Me sentía abrigada por el verano y mi risa se fundía con los trinos de los pájaros. Era un baile que terminaría con la llegada del otoño. Cada año se repetía la misma escena. Abría la puerta de la cocina y descubría que el nido había sido abandonado. Nunca más las volveré a ver, pensaba. A mis compañeras de estío. La madre se las había llevado a regiones más cálidas y yo ya no tendría permiso de jugar desnuda en el jardín. Las hojas de los árboles caían como lágrimas y todo a mi alrededor se entristecía. Faltarían meses para ver renacer mi jungla encantada, y mi espíritu se resistía a dejarla ir.

Los árboles desnudos dejaban ver con mayor facilidad las dos habitaciones que se encontraban al fondo del jardín. La de la derecha era tu despacho y la de la izquierda estaba habitada por estantes de metal llenos de libros. Tus libros. El de la derecha era el espacio de la música y del bullicio de las tareas escolares. El de la izquierda, el del reposo de la palabra escrita. La inspiración. El murmullo de las hojas al pasar. Lugar de rituales sagrados que se vio transgredido en una única ocasión, algunos años antes, cuando yo era muy pequeña. Estaba aprendiendo a caminar y me ayudaba de una andadera de plástico color rosa. Con la rapidez que me conferían sus cuatro ruedas salí como un bólido de tu despacho, sin que tú te percataras. Pasito tun tun, pasito tun tun, repetía en mi cabeza cada vez que mis pies se movían hacia adelante. Tan solo salir de la habitación se me presentó mi primera encrucijada: de un lado tenía el jardín, que me llevaría a la casa y a mi madre, y del otro la biblioteca, a donde nunca había entrado. Terra incognita. Con mi andadera empujé la puerta entreabierta. Me deslicé hacia adentro. El brillo del sol reflejado en los estantes de metal me hizo cerrar los ojos.

Entonces sentí el asalto. Un aroma que con los años terminaría por asociar con tus libros. Me adentré en este laberinto de tinta, papel, cuero y metal, con la mirada puesta en los lomos de colores. Mi andadera chocó contra el filo de dos de los estantes. Caminé un poco hacia atrás y, con un poquito más de fuerza, me empujé hacia adelante. Sentí una vibración que me sacudió nuevamente hacia atrás. Me alejé un poco más y tomé impulso. Lo intenté varias veces hasta que rompí el equilibrio de los estantes.

Una avalancha de libros cayó sobre mí, sepultando, de paso, mi andadera. El ruido debió haberte sacado de tu ensimismamiento y llegaste corriendo a la pieza. Te detuviste en seco al verme. Una escuadra negra había caído en la mesita de mi andadera. La tomé entre mis manos, era brillante y no muy pesada. Como un libro de Porrúa. Gritaste mi nombre y levanté mi mirada para sonreírte. Aprovechaste esta distracción para quitármela de las manos con la urgencia con la que un bombero salta en el fuego. Sabías que la Ceská zbrojovka 82 estaba completamente cargada.

Ese fue el momento, me contarías después, en el que adquirí mi carácter pendenciero y el prestigio de ser la única niña que casi muere por una sobredosis de literatura. Y, también, a partir del cual la biblioteca permaneció bajo llave. Tierra prohibida. A ti siempre te gustó fabular realidades, por lo que jamás sabré si este suceso realmente pasó o si fue producto de tu imaginación exacerbada. Lo que importa es que este recuerdo lo he escuchado tantas veces que es parte indisoluble de mi historia.

Mis recuerdos tienen el olor de los libros leídos. Estaba sentada, junto a mi prima Carolina, en la parte trasera del carro. Me había aprendido de memoria el trayecto, como un director de teatro que sabe de corazón el guión que pone en escena. Después de la fuente de las ranas, a la que sabía que regresaríamos más tarde, al final del día, antes de nuestra visita diaria al paraíso terrenal de los helados, junto a la enorme jacaranda de las flores que me hacían resbalar, dábamos vuelta a la izquierda. En esa esquina estaba la casa cuya historia siempre nos contabas. Tienen una denuncia, Alejandra, por empobrecimiento inexplicable. Así como lo oyes.

Unas cuadras más adelante veía en la esquina el pequeño departamento de tu amigo músico, el que vivió en esa gran casa que se convirtió en sucursal de banco. Volteábamos a la derecha. Tras pasar por el estanquillo donde comprabas La Jornada y nosotras los cómics de Archie y sus amigos, llegaba el momento. No podía ser ni unas cuadras antes ni después, pues se perdería el ímpetu o no se alcanzaría a formar del todo. Volteaba a ver a mi prima y con la mirada le indicaba que era hora. Al inicio era tan solo un murmullo, un quejido apenas audible. Una primera señal lanzada a ti como advertencia. Antes de llegar a la cuadra de la escuela, el sollozo se convertía en un llanto estruendoso, a moco tendido. Tú nos veías por el retrovisor, las dos tomadas de las manos, las lágrimas bajando por nuestras mejillas, el rostro compungido, y no tenías el corazón para dejarnos en la escuela. Pasábamos de largo. Cuando veíamos que la ruta que tomabas era la del club deportivo, parábamos de llorar en seco. Nos limpiábamos la cara con las mangas de nuestras blusas, y cambiábamos el quejido por las risas.

Nunca fallaba. Preferíamos pasar los tres el día juntos que separarnos en la puerta del jardín de niños. Para llegar al club deportivo dejábamos la ciudad y atravesábamos vastas extensiones de tierra donde pastaban las vacas. Una llanura demarcada por montañas grises a lo lejos. Y estas por un cielo de un azul lapislázuli. Al divisar la primera vaca, bajabas la velocidad y con la solemnidad de un ritual sagrado comenzabas a recitar los versos lorquianos:

La vaca del viejo mundo

pasaba su triste lengua

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