"Hagas lo que hagas, hazlo bien" Denis Valerga: La arquitectura de una vida

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Por Teresa Mascarenhas

La historia de Denis Valerga no comienza en un estudio de grabación, sino en la fragilidad de una maleta vacía y la determinación de un joven de dieciséis años que, en los años setenta, se lanzó a la conquista de Londres con poco más que veintiocho libras en el bolsillo para su billete de avión, y la voz de su madre grabada a fuego: "Hagas lo que hagas, hazlo bien". Ese mandato se convirtió en la arquitectura de su vida.

Denis aprendió el oficio en la trinchera; cuando abrió su primer estudio en un barrio de Londres, su clientela eran artistas jamaicanos. Se convirtió en un experto en reggae por necesidad y vocación, trabajando con figuras como Dennis Brown, Sugar Minott o Leroy Smart. Fue una etapa dura, marcada por la tensión racial, pero ahí aprendió lo que era la verdadera industria, esa experiencia catapultó su carrera cuando Island Records se interesó por su trabajo llevándole de tocar en la calle a un estudio de lujo con la mejor tecnología.

Su trayectoria se entrelaza con nombres que definen la música de las últimas décadas: desde la esencia folclórica de Manzanita y la inconfundible Ana Belén, hasta su rol crucial como ingeniero, programador y arreglista en el ambicioso proyecto Legend de Albert Hammond, donde trabajó con figuras de la talla de Julio Iglesias, Cliff Richard y Al Stewart.

Sin embargo, Denis nunca se sintió cómodo bajo el peso del estrellato. Hoy, instalado en una serenidad que recuerda a los gatos, sus eternos compañeros, este productor que ha vívido en todas partes entiende que sus raíces las lleva dentro; que el código de Gibraltar, el salitre de su infancia y la honestidad de su estudio frente al mar, son su patria.

Denis nos abre hoy las puertas de su momento más íntimo, un nuevo proyecto donde el silencio y la libertad son sus fieles instrumentos. Donde cada canción nos habla de sus experiencias y nos trae un trocito de su historia.

— Denis, ¿qué significa para ti la música: un compromiso con el mundo o un espacio íntimo de libertad?

La música sigue siendo mi gran pasión después de tantos años; no hay día que no pase sin vivir o trabajar con ella. Es mi refugio como debe ser en todo lo creativo, y me da una inmensa alegría; cada canción escrita es como renacer de nuevo como artista.

Soy una persona reservada, sin ansias de fama, ni poder. Respeto a la gente por su religión, cultura, preferencias sexuales…, siempre he tenido un gran respeto hacia todo ello.

— ¿Qué es lo más exigente de trabajar como productor independiente hoy en día?

Para mí el reto es el aprendizaje constante que exige la tecnología. Todo empezó a cambiar en los años 80, cuando llegaron los primeros ordenadores. Recuerdo estar en Denmark Street, en Londres en el 87, y ver a un chaval con una de esas pantallitas antiguas. Me acerqué a escuchar lo que estaba haciendo y me quedé de piedra; aquello sonaba a gloria. Me dije: "Esto es el futuro".

Desde entonces me he mantenido al día. Es como un carpintero: si tiene una herramienta nueva que le facilita el trabajo, la aprovecha. Con la música es igual. Me emociona descubrir lo que puedo hacer, me excita probar cosas nuevas. Por eso no he dejado de estudiar; como mínimo, un par de horas a la semana me pongo a fondo con los avances del Logic, que es lo que uso para crear. Siempre hay algo nuevo que aprender, incluso con la inteligencia artificial, que es el siguiente paso en esta evolución.

Denis, produces desde la intuición: ¿qué peso tiene el instinto frente a la técnica en esta era digital?

Es un matrimonio entre ambas. La técnica y la tecnología van de la mano, pero la intuición es otra historia. Si eres músico de la vieja escuela, entiendes el proceso de crear como lo hacíamos en los 70; los jóvenes de hoy tienen otro camino. No es que lo hagan mal, los estilos han cambiado y ahí está su talento, pero a veces parece que se pierde esa conciencia al componer.

Si no conoces el momento instintivo — esa inspiración pura de sentarte con una guitarra o un piano, sin ninguna máquina de por medio—, te estás perdiendo el alma del proceso. Para mí esa es la parte más importante, donde reside el verdadero placer: es algo que respiras, sientes, y eso no tiene precio.

La técnica y la intuición son dos mundos que solo brillan cuando se casan.

— ¿Prefieres la imperfección orgánica de un instrumento en vivo o la precisión milimétrica de lo digital?

Hay espacio para ambos. A veces me equivoco al tocar y sale una nota rara que termina siendo el alma de la canción; por eso siempre digo que hay que experimentar y no tener miedo al error.

En el estudio moderno tienes una red de seguridad: te equivocas, borras y lo haces de nuevo. Pero yo vengo de un mundo donde la música se grababa en directo, con todos los músicos en la misma sala. Eso tiene una magia distinta, la de captar una ejecución humana real. Recuerdo mi primera grabación profesional con 20 años: un hombre nos escuchó en un pub y decidió pagarnos el estudio. Contratamos una orquesta de cuerda y allí estaba yo, un chaval sudando, con la guitarra de mi abuelo, rodeado de veteranos que me miraban esperando. Grabamos la canción de una sola vez, sin derecho a error. Fue como si me empujaran de una montaña y tuviera que aprender a volar. Lo técnico es importante, pero lo intuitivo, te mantiene vivo. Si tienes ambos, estás bendecido.

— ¿Cómo ha cambiado el "reloj" la forma en que entiendes la música y la libertad creativa?

La estructura lo es todo; es lo que hace que una canción sea eterna, o que el oyente desconecte a los veinte segundos. Aprendí esto escuchando a los Beatles desde muy joven:

tradicionalmente, tenías que atrapar al público en el primer minuto. Hoy, con la tecnología y la falta de atención, esa presión es mayor.

Pero lo más importante es cómo creas. Durante gran parte de mi vida, grabé mirando el reloj,

sufriendo porque cada minuto costaba un dinero que no tenía; esa presión no es natural, es un tormento. Siempre pienso en Mozart o Beethoven, bajo el yugo de la miseria y la urgencia, obligados a producir para pagar la renta. Esa presión te obliga a moverte, pero, otras muchas, destruye.

Gracias a Dios, hoy tengo mi propio estudio y mi propio tiempo. La verdadera libertad creativa está en poder trabajar sin que el tiempo sea tu enemigo.

— ¿Cuál ha sido el reto técnico más complejo que te ha tocado resolver en tu carrera?

El trabajo más exigente fueron, sin duda, los cinco años que pasé junto a Albert Hammond produciendo sus álbumes Legend I y Legend II. Fue un reto colosal. Imagina recibir una llamada de Albert, una leyenda viva, pidiéndome trabajar juntos. Yo lo admiraba profundamente; era como si a un fan de los Beatles lo llamara Paul McCartney.

El desafío no era sólo técnico, sino emocional. Albert quería volver a grabar todo su catálogo, incluyendo canciones como "One moment in time". Puso una montaña frente a mí. Tenía una expectativas altísimas, y mi responsabilidad era estar a la altura de su prestigio. Aprendí a trabajar con las voces "peladas", sin efectos, de grandes artistas como Al Stewart, Julio Iglesias o Cliff Richard.

Ese proceso me cambió. Al principio era un productor que programaba solo en mi estudio, pero al terminar esos cinco años, me di cuenta que había saltado a otro nivel.

Desarrollé una autoexigencia implacable: aprendí que un trabajo nunca está terminado hasta que suena como tiene que sonar.

De esta etapa guardo momentos increíbles, como cuando Cliff Richard escuchó el track de "The Air That I Breathe" y se enamoró de él.

Llegamos al número 3 en las listas de Inglaterra en Navidad. Fue una lección de vida: cuando pones todo tu corazón en alguien a quien admiras, el trabajo deja de ser técnico para convertirse en tu propia historia.

—Estás en pleno proceso de creación de tu próximo trabajo. Háblanos de él.

Durante años, mi trabajo ha sido poner mi energía en los proyectos de otros, y me olvidaba de mi mismo, condenando mis ideas a la oscuridad. Decidí que era hora de cambiar. Como siempre digo, en inglés hay una diferencia fundamental entre loneliness — esa soledad triste de quien se siente abandonado— y solitude, que es la soledad del artista, ese espacio sagrado que necesitas para crear. Lo mío es solitude pura, y me encanta.

Así que me encerré en mi estudio frente al mar con mis ideas. Fue un proceso liberador. Recuerdo un día, mientras escribía, uno de mis gatos se puso a ronronear encima de mí, y esa paz me trajo inspiración. Me senté al piano y en poco tiempo compuse seis canciones. Son temas profundamente personales; cuando te das el permiso de estar a solas, lo que llevas dentro termina manifestándose con una fuerza arrolladora. Estoy atravesando una experiencia creativa completamente nueva, y la verdad, me gusta lo que estoy encontrando.

— El acto de seguir produciendo música nueva y experimentar en el estudio ¿Qué significado íntimo tiene para ti en este momento de tu vida?

Es mi propósito de vida. Si me quitan la música, me quitan la vida. Cada mañana me levanto con una idea rondando en mi subconsciente, una semilla que germina al amanecer, cuando la mente está clara y sin distracciones.

En este momento, mis canciones son como hijos; están hechas con mimo y amor para ofrecer algo positivo a un mundo que a veces parece desastroso. Estoy en un proceso profundamente personal. Por ejemplo, trabajo en la canción I Never Knew Your Name, que nace de un recuerdo de mi juventud en Londres: la historia de una mujer que me acogió cuando no tenía nada y cuyo nombre nunca supe. También exploro la soledad, el consuelo que ofrece el silencio al creador y el miedo a la vulnerabilidad cuando envejeces.

Esa es mi rutina ahora: el silencio, mi piano, y la observación. Cuando algo me pone la piel de gallina, sé que es real. Mientras mi cabeza me responda, seguiré escribiendo, porque no hay nada más motivador que despertarse cada día con la intención de crear algo bello.

— Tu labor musical ha financiado causas nobles como el apoyo a los animales. ¿Sientes que el arte tiene el deber moral de transformar la realidad?

Si has sido bendecido con el talento para crear — ya sea música, pintura o poesía—, creo firmemente que tienes el deber moral de utilizar ese regalo para ayudar a quienes más lo necesitan. La música tiene una capacidad única y casi mágica: es intangible e invisible, pero tiene la fuerza física de conmover y mover conciencias.

En mi caso, mi labor ha estado ligado a causas en las que creo, especialmente los animales, para mí son sagrados. Pero ayudar no siempre requiere dinero; también es un deber moral compartir la sabiduría que uno ha acumulado. Siento que mi experiencia es una mina de información que, si me la llevo a la tumba, no sirve de nada. Por eso quiero transmitir lo que he aprendido y ayudar a otros músicos a avanzar. Al final, si tienes el privilegio de crear, tu responsabilidad es usar ese don para hacer un mundo un poco más humano, tanto para las personas como para los animales que lo comparten con nosotros.

— ¿Qué huella te gustaría dejar en quienes descubran tu música a través de este nuevo trabajo?

No busco un mensaje único; el mensaje es lo que cada uno encuentre al escuchar. Este nuevo álbum es un proyecto profundamente personal, y creo que esa es precisamente su fuerza: al ser tan honesto sobre mi soledad, sobre el ronroneo de un gato que te salva de la melancolía o sobre el vértigo de mirar al techo en mitad de la noche, termino conectando con quién también vive su propia historia.

Mis letras son transparentes; no trato de esconder nada detrás de metáforas complejas, aunque siempre invito a leer entre líneas. Me gustaría que en estas canciones encontrasen un refugio. Si mi música logra despertar un gramo de esperanza o hace que alguien se sienta acompañado para mí es suficiente. Con eso me doy por bien servido.

— Una vez que cierres este capítulo y esta producción esté terminada, ¿hacia dónde intuyes que caminará tu creatividad?

De momento no miro más allá. Tengo un catálogo inmenso, años de historia con mi hermano Henry y grabaciones en Madrid con figuras como Manolo de la Calva, —del Dúo Dinámico—, que marcaron mi aprendizaje en los setenta. Pero por hoy, lo que realmente me motiva es este presente.

Tengo una mina de ideas tan activa que, a veces ni me dejan dormir. Lo que más me fascina de esta etapa es la libertad absoluta: no dependo de nadie, no tengo que coordinar agendas. Si una idea fluye, la atrapo; si un día no sale, respeto el silencio y espero el siguiente.

Hace mucho tiempo que no me permitía trabajar solo, con este nivel de honestidad y control y estoy disfrutando cada minuto. Por ahora, mi creatividad no necesita caminar hacia otro sitio, está exactamente donde quiero que esté: al cien por cien en este proyecto.

Muchas gracias por tu tiempo Denis, y por concederme esta entrevista.

Al final Denis nos deja una verdad clara: en un mundo de ruido, la mayor rebeldía creativa es la transparencia. Su nuevo proyecto es el reflejo de esa honestidad, una invitación a escuchar la música de quien ha aprendido ante todo, lo importante de hacer las cosas bien.

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