La doctora Erika Rezola, pediatra cardióloga de Policlínica Gipuzkoa, destaca la importancia de la detección precoz y desmonta algunos mitos sobre la actividad física en niños con enfermedades cardíacas
Las cardiopatías congénitas constituyen la malformación congénita más frecuente en la infancia. Se trata de alteraciones en la estructura del corazón que se producen durante el desarrollo fetal y cuya gravedad puede variar desde pequeños defectos sin apenas repercusión clínica hasta anomalías complejas que requieren cirugía en los primeros meses de vida.
Según explica la doctora Erika Rezola, pediatra cardióloga de Policlínica Gipuzkoa, se estima que aproximadamente uno de cada cien recién nacidos presenta algún tipo de cardiopatía congénita, aunque la mayoría son casos leves. "Entre las más frecuentes se encuentran las alteraciones de los tabiques que separan las cavidades cardíacas, como las comunicaciones interauriculares o interventriculares, así como la persistencia del ductus arterioso, un conducto que debería cerrarse tras el nacimiento".
Las formas más complejas son menos habituales y afectan aproximadamente a uno de cada mil recién nacidos. Extrapolando estas cifras a Euskadi, donde nacen cada año entre 13.000 y 14.000 niños, se diagnostican en torno a 130 o 140 nuevos casos anuales.
La importancia del diagnóstico antes del nacimiento
Uno de los mayores avances de los últimos años ha sido el desarrollo de la cardiología fetal. Gracias a las técnicas de imagen actuales, muchas cardiopatías pueden detectarse ya durante el embarazo mediante estudios específicos realizados alrededor de las semanas 18 a 20 de gestación.
Para la especialista en cardiopatías congénitas, "este diagnóstico precoz supone un importante beneficio tanto para el recién nacido como para su familia. Por un lado, permite realizar un seguimiento más exhaustivo de la gestación y planificar el nacimiento en el centro hospitalario más adecuado para cada caso. Por otro, facilita que los padres puedan prepararse emocionalmente y organizar con antelación las necesidades asistenciales que el bebé pueda requerir tras el parto".
"Identificar una cardiopatía antes del nacimiento nos permite anticiparnos, coordinar los recursos necesarios y ofrecer una atención más segura desde el primer momento", explica la doctora Rezola.
Señales de alarma en los primeros años de vida
En los recién nacidos y lactantes, detectar los síntomas puede resultar especialmente complejo, ya que los niños no son capaces de expresar lo que sienten. Por ello, la Dra. Rezola recomienda prestar atención a determinados signos de alerta. Entre ellos destacan "las dificultades para alimentarse adecuadamente, el cansancio excesivo durante las tomas, la sudoración o palidez sin causa aparente, la dificultad respiratoria persistente y la falta de ganancia de peso. También pueden aparecer irritabilidad o malestar continuado".
A medida que los niños crecen, los síntomas pueden hacerse más evidentes. Un menor que no es capaz de mantener el ritmo de actividad física de otros niños de su edad, que se fatiga de forma desproporcionada durante el ejercicio o que presenta dolor torácico asociado a mareos, palpitaciones o episodios de pérdida de conocimiento debe ser valorado por un especialista.
Asimismo, los problemas de crecimiento o una evolución ponderal insuficiente pueden ser indicativos de una enfermedad cardíaca subyacente.
Romper el mito de la sobreprotección
Recibir el diagnóstico de una cardiopatía suele generar preocupación entre las familias, que en ocasiones tienden a limitar la actividad física de sus hijos por miedo a posibles complicaciones. Sin embargo, la doctora Rezola insiste en que esta visión no siempre es adecuada.
"En la mayoría de los casos, los niños con cardiopatías leves o aquellos que han sido tratados con éxito pueden y deben realizar una vida prácticamente normal", señala Rezola.
La especialista defiende la práctica de ejercicio físico adaptado a cada situación clínica y recuerda que participar en actividades deportivas, escolares y sociales resulta fundamental para el bienestar físico y emocional de estos pacientes.
Solo en aquellos casos más complejos, en los que persisten secuelas o la corrección de la cardiopatía ha sido parcial, será necesario individualizar las recomendaciones. Aun así, subraya que ningún niño debe quedar excluido de su entorno social ni ser empujado hacia el sedentarismo.
Cateterismo: menos cirugía y recuperaciones más rápidas
Los avances terapéuticos también han transformado el abordaje de muchas cardiopatías congénitas. Las técnicas percutáneas, conocidas comúnmente como cateterismo cardíaco, permiten tratar numerosas alteraciones sin necesidad de realizar una cirugía abierta.
Mediante la introducción de catéteres a través de los principales vasos sanguíneos, los especialistas pueden acceder al corazón para cerrar comunicaciones entre cavidades, corregir defectos como el ductus arterioso persistente o dilatar válvulas y vasos estrechados.
"La recuperación tras estos procedimientos suele ser muy rápida y en apenas dos o tres días muchos pacientes pueden retomar una vida normal", destaca la cardióloga pediátrica.
Además, estas técnicas reducen los riesgos asociados a la cirugía cardíaca convencional y acortan de forma significativa las estancias hospitalarias. En los casos seleccionados para este tipo de intervención, las tasas de éxito superan actualmente el 90-95%.
La cirugía cardíaca pediátrica también ha experimentado una importante evolución gracias a la mejora de las técnicas quirúrgicas, la circulación extracorpórea, los cuidados intensivos postoperatorios y el seguimiento multidisciplinar de los pacientes.
Como resultado de todos estos avances, más del 90% de los niños nacidos con una cardiopatía congénita llegan hoy a la edad adulta con una buena calidad de vida, un escenario impensable hace apenas unas décadas.
