El desperdicio alimentario: un reto que ya no admite excusas

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Por Daniel Lois, director de Responsabilidad Social Corporativa y Sostenibilidad de Sodexo Iberia

El desperdicio alimentario: un reto que ya no admite excusas

Cada año, millones de toneladas de alimentos terminan en la basura mientras una parte importante de la población mundial sigue teniendo dificultades para acceder a una alimentación adecuada. Esta es la realidad que afrontamos en pleno año 2026. La paradoja no es nueva, pero sí lo es la urgencia con la que debemos afrontarla. El desperdicio alimentario ha dejado de ser únicamente una cuestión ética o medioambiental: es también un desafío económico, social y cultural que interpela directamente a empresas, administraciones y ciudadanos.

Durante mucho tiempo, el desperdicio se ha entendido como una consecuencia inevitable de la actividad alimentaria, una cadena larga y compleja, desde la producción primaria hasta llegar al consumidor final . Cocinas colectivas, hospitales, colegios, restaurantes o comedores corporativos han convivido con márgenes de pérdida asumidos casi como parte natural del sistema. Sin embargo, hoy sabemos que una gran parte de esos residuos puede evitarse mediante organización, medición, tecnología y, sobre todo, voluntad.

Hemos vivido una época de falsa abundancia, donde no existía conciencia del desperdicio ni del coste de los recursos, ya fuesen alimentarios, hídricos o de cualquier otra índole, porque no se medía, no se ponía números y no se cuantificaba el daño generado.

La clave está precisamente ahí: en medir. Porque aquello que no se cuantifica difícilmente puede reducirse. Aquello que no se mide, no se mejora. En la gestión alimentaria, conocer en qué fase se produce el desperdicio —en la planificación, en la producción o en el consumo— permite identificar patrones y actuar con precisión. Hablar de sostenibilidad ya no puede limitarse a declaraciones de intenciones; requiere datos, trazabilidad y capacidad de transformación operativa.

En Europa, y también en España, se está avanzando hacia marcos regulatorios más exigentes. La Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario que entró en vigor en nuestro país en 2025 y cuyas principales obligaciones comenzaron a aplicar el pasado 3 de abril, obliga a las empresas del sector alimentario a adoptar planes específicos de prevención y gestión del desperdicio. Pero más allá de la obligación normativa, existe una responsabilidad compartida que debe formar parte de la cultura empresarial. Porque desperdiciar alimentos implica también desperdiciar agua, energía, recursos naturales y trabajo humano.

Además, el impacto medioambiental es enorme. Según datos de organismos internacionales como la FAO, el desperdicio alimentario representa una parte significativa de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Reducirlo no resolverá por sí solo la crisis climática, pero sí constituye una de las acciones más inmediatas y efectivas que podemos poner en marcha desde el ámbito de la alimentación y los servicios.

En este contexto, las empresas tenemos la obligación de revisar nuestros modelos y acelerar la implantación de herramientas que permitan avanzar hacia sistemas más eficientes. También es importante que estos avances puedan evaluarse y verificarse de manera independiente, porque solo así es posible garantizar que las buenas prácticas se aplican de forma real y continuada. En los últimos años hemos visto cómo empiezan a consolidarse estándares y certificaciones que ayudan a profesionalizar esta gestión y a situar el desperdicio alimentario en el centro de la estrategia operativa de muchas organizaciones.

Desde Sodexo, hemos podido comprobar que cuando existen sistemas de medición, metodologías homogéneas y equipos formados específicamente en esta materia, los resultados son tangibles. Recientemente, la compañía ha ampliado en España la certificación multisite de Bureau Veritas en gestión del desperdicio alimentario a 173 centros, un reconocimiento que refleja no solo la importancia de establecer procesos verificables, sino también la necesidad de integrar esta cuestión en el funcionamiento diario de las organizaciones.

Pero el cambio real solo será posible si se produce también una transformación cultural. Necesitamos consumidores más conscientes, organizaciones más comprometidas y profesionales preparados para afrontar este desafío desde una perspectiva transversal.

No existen trucos ni fórmulas mágicas para luchar contra el desperdicio alimentario. No hay una solución única, sino una transformación que requiere un trabajo constante en todos los eslabones de la cadena alimentaria, apoyado en la tecnología, la medición y la implicación de las personas. Un compromiso que debe involucrar tanto a los profesionales del sector como a los consumidores y usuarios.

La buena noticia es que el cambio ya está en marcha. Cada vez más centros educativos, hospitales y empresas incorporan sistemas de control y reducción del desperdicio alimentario. También crece la colaboración entre compañías, certificadoras, instituciones y equipos de restauración para compartir metodologías y establecer estándares verificables. La sostenibilidad empieza a medirse no solo por las intenciones, sino por los resultados.

El reto ahora es escalar estas prácticas y convertirlas en norma, no en excepción. Porque gestionar mejor los alimentos no consiste únicamente en reducir costes o mejorar indicadores ambientales. Significa entender que cada alimento desperdiciado representa una oportunidad perdida para construir un modelo más responsable y equilibrado.

La lucha contra el desperdicio alimentario no debería depender de modas ni de campañas puntuales. Debería formar parte de una nueva manera de entender la alimentación, el consumo y la responsabilidad empresarial. Y cuanto antes asumamos que este reto nos involucra a todos, antes podremos empezar a generar un impacto real.

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