Los encuentros celebrados en las localidades de Arrigorriaga y Mundaka saldan los objetivos estratégicos del III Hermanamiento Oretania de Poetas de Euskadi y La Mancha, mediante el fomento del plurilingüismo, la edición de una antología oficial, la incorporación activa de las letras vascas y catalanas y la plena reincorporación artística de autores homenajeados.
La poesía y la música popular se vistieron de gala en el norte para fundir la inmensidad de la llanura manchega con la fuerza telúrica del Cantábrico a través de dos jornadas de una arrolladora intensidad artística en Arrigorriaga y Mundaka, una cita donde el III Hermanamiento Oretania brindó un emotivo homenaje a Juan Camacho en Mundaka. Este encuentro de creadores vascos, catalanes y manchegos sirvió para desterrar los linderos geográficos y consolidar un puente cultural indestructible fundado sobre el milagro bilingüe de unas lenguas que se abrazaron para combatir las injusticias del mundo actual y celebrar el regreso lírico de la vida, encontrando su faro espiritual en la figura de un Juan Camacho que, tras haber ejercido como impecable coordinador de los poetas vascos en la sesión previa de Arrigorriaga, recibió el cariño unánime de sus compañeros de letras bajo las vigas centenarias de la Ermita de Santa Katalina para festejar el milagro de su palabra regresada de las tinieblas.
Arrigorriaga
La primera estación del encuentro cultural tuvo como escenario el teatro Lonbo Aretoa de Arrigorriaga, un espacio donde Juan Camacho desplegó su generosidad habitual asumiendo la compleja tarea de coordinar y dar voz a la delegación de poetas vascos. En esta primera sesión, la figura de Juan fue ensalzada por el coordinador manchego, Luis Díaz-Cacho, como un pilar imprescindible que, junto a Asun y Florencio Moneo, se desveló por la perfecta organización del acto. Sus compañeros manchegos y vascos quisieron poner en valor su amor bidireccional por ambas tierras, sugiriendo de manera muy emotiva ante el auditorio que "después del susto que nos dio hace unos meses, la fuerza que le ha hecho superar todo lo que ha superado viene de esa fuerza de amor por Euskadi y por el amor a La Mancha". Las primeras lecturas de la tarde actuaron como un bálsamo que celebraba el fin de su silencio, dedicándole estrofas que festejaban su retorno al exclamar que "deja que tu voz regrese al mundo... la de hoy, ya pura y renovada... deletrea los nombres, amigos, con la fuerza de los mares... deja que esa voz tuya siga lloviendo".
Mundaka
El verdadero e inesperado vuelco emocional de las jornadas se reservó para la mañana siguiente bajo las vigas centenarias de la Ermita de Santa Katalina en Mundaka. La andadura de este reconocimiento colectivo se fraguó paso a paso en la más absoluta clandestinidad, urdida en los talleres del Grupo Oretania, en complicidad con el coordinador Luis Díaz-Cacho. Los poetas trabajaron de manera individual las piezas de Camacho que estallarían en aplausos sobre el estrado costero, un tributo extensivo a su inseparable compañera Asun, quien recitó poemas de Juan, definida como su soporte fundamental en una trayectoria donde "con la flaqueza de uno, la otra lo sostiene... estos reconocimientos creo que deben ser a los dos", indicó el coordinador manchego. La sorpresa se desveló ante un Juan Camacho visiblemente conmovido.
El Dios del olvido
El impacto estético de la obra de Juan Camacho alcanzó su cénit lírico en Mundaka al transformarse en un crisol políglota que demostró la universalidad de su poesía. Su desgarrador y existencialista texto "Nada es silencio en el Dios del olvido" recorrió las naves del templo marino desnudado en múltiples lenguas por sus hermanos de letras. La poeta Elisabeth Porrero rompió los linderos acústicos al declamar la pieza en un bellísimo italiano que invocaba la crudeza del nacimiento humano, rezando con vigor que "se dovesse nascere ancora... io vi giuro non nascerebbe ancora dalla bozza di Maria Madonna... nascerebbe ancora dal fecondo ovale di un mortale". Acto seguido, el autor Jesús Sánchez Rivas ensanchó el puente cultural al regalar la inédita y nostálgica versión catalana del mismo texto, susurrando que "si hagués de néixer un altre cop... us ho juro, no tornaria a néixer... sinó des d'un simple i vulgar home resignat com a hebreu". El broche de oro lingüístico a esta travesía de las lenguas lo puso el rapsoda Jon Zelaia, conmoviendo el aforo completo de la ermita al recitar el poema en un euskera ancestral bajo los orgullosos acordes de "jaio behar izango banu, biluzik... nikotinazko irriak eta sinisten ez duten jainkoaren puskak, zin dagitz, ez nintzateke berriro jaioko".
El desfile lírico continuó adentrándose paso a paso en el análisis de los poemas más célebres de Camacho, que cobraron una nueva dimensión melódica gracias al cantautor Vicente Castellanos. El músico de Infantes convirtió su actuación en Mundaka en un monográfico devoto destinado a dar vida a las creaciones de Juan, confirmando que, a excepción del himno final vasco, todas las canciones que interpretó eran en realidad los poemas de Camacho adaptados al lenguaje de la guitarra. Así, las cuerdas arroparon textos desgarradores como 'A veces duele esa palabra escrita', que cortó el aire de la ermita al retratar la literatura como un juez severo que echa en cara la ineficiencia del creador, recordando con hondo sentimiento que "a veces duele esa palabra escrita... duele cuando la palabra aún no está formada sobre un terso e inmaculado folio... y duele aún más si descubre su inocencia". La admiración se tornó en ovación absoluta cuando se ensalzó la metamorfosis teatral de estos versos, dando paso a que Juan José Guardia Polaino asumiera la lectura del epitafio vital 'De mí cuando yo muera', declamando con solemnidad que "decir que fui solo vida, esencia no perfumada... decir que fui lo que pude, nunca lo que quise hacer... de mí cuando yo muera... dejad que indaguen al sueño, que penetren la etérea sala donde habita el desconsuelo".
El clímax dramático y momento cumbre de todo el hermanamiento se alcanzó cuando el propio Juan Camacho se puso en pie para ocupar el estrado de la ermita costera. Con una fragilidad cargada de una inmensa estatura ética, Juan admitió su asombro ante el homenaje afirmando que "no esperaba yo a mi edad recibir un homenaje tan sincero... siento un alivio grande tanto en el corazón como en el alma". El poeta vasco manchego aludió a su milagroso retorno de la enfermedad, confesando con una sensibilidad que erizó la piel del público que, si bien conocía los entresijos del dolor hospitalario, esta vez traía los folios de una mística misiva recibida desde el más allá. Su lectura se convirtió en un viaje interestelar y cósmico despojado de sufrimientos físicos, suspendiendo el tiempo ante una mirada que otea planetas y cometas antes de elevar una sobrecogedora y lúdica oración existencial al Padre Nuestro. El autor clausuró la cita conmoviendo los corazones de un auditorio que abarrotaba el aforo al proclamar con misterio que "conozco lo que hay más allá de una enfermedad... pero no sé lo que hay detrás de una muerte... gracias a una carta que recibí desde el más allá... y ahora que nada me duele, nada siento, aquí no hay nada, todo es silencio, un vacío, si acaso lleno de esperanza... ¿qué será de nosotros si el alma queda enterrada con el cuerpo?".
