En la Ermita de Santa Katalina de Mundaka se fusionó poesía y cultura de Euskadi y de La Mancha

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En la Ermita de Santa Katalina de Mundaka se fusionó poesía y cultura de Euskadi y de La Mancha

La emblemática Ermita de Santa Katalina de Mundaka acogió con éxito el segundo encuentro del III Hermanamiento Poético del Grupo Oretania, un evento cultural que congregó a creadores y vecinos en torno a las letras vascas y manchegas. Durante la jornada, organizada en colaboración con Musutruk Mundaka, se celebró un recital poético-musical y la actuación del cantautor manchego Vicente Castellanos, con temas tanto en euskera como en castellano, convirtiendo este histórico espacio del siglo XV en el epicentro cultural del municipio.

El poeta residente en Mundaka y coordinador del evento, Florencio Moneo, ejerció como mantenedor del acto, "—Eguerdi on, guzti-guztioi bihotz-bihotzez. Olerki irakurketa hasiko dugu. Oretaniako poetak, Oretaniako anai-arrebak, ongi etorri. Zuekin Xabo." Moneo dio la palabra a Txabo Aragües —conocido popularmente como Xabo—, uno de los rostros más activos de la asociación sociocultural y benéfica Musutruk Mundaka. Este colectivo lidera el ambicioso proyecto de rehabilitación integral de la Ermita de Santa Katalina, una iniciativa que ya ha logrado reparar el tejado del templo tras los graves daños sufridos por el impacto de un rayo, revirtiendo así años de abandono frente al mar Cantábrico.

Xabo, en su papel de anfitrión, dio la bienvenida a los poetas vascos y manchegos participantes en este recital enmarcado en el III Hermanamiento Oretania. Durante su intervención, el portavoz alternó con fluidez el euskera y el castellano, ejemplificando el espíritu de unión de un evento donde la poesía y la solidaridad se dan la mano para financiar directamente la salvaguarda del patrimonio histórico local.

Tanto él como la presidenta de la asociación, Arantza Gondra, explicaron de forma didáctica los detalles de la recuperación del templo. Hicieron hincapié en cómo el rayo destrozó la estructura y cómo el salitre marino aceleró su deterioro. Asimismo, defendieron la firme filosofía de que la ermita debe ser un espacio vivo, donde las actividades culturales actúen como el motor económico indispensable para costear las obras.

Para cerrar esta emotiva presentación, Arantza Gondra recitó, también en ambos idiomas, los históricos "Santa Katalinari buruzko bertsoak" (Versos sobre Santa Catalina). Este poema del siglo XIX, escrito por el célebre marinero y escritor local José Manuel Etxeita, describe la dura vida de los pescadores mundakarras y narra cómo el pueblo entero se unió en el pasado para levantar la ermita tras sufrir un derrumbe, sirviendo como el puente cultural perfecto para dar inicio al recital.

La música abrió los corazones de la mano del cantautor manchego Vicente Castellanos, quien, visiblemente conmovido por la luz y la solemnidad del paisaje marino, acarició su guitarra para concentrarse en la pureza del sentimiento. Castellanos interpretó una melodía introspectiva que describía el asombro del ser humano cuando el todo lo alcanza y se descubre a sí mismo a través del tiempo; un anhelo de inteligencias que blinden la razón y una aparente quietud para renacer, como el ave fénix, entre las cenizas de los recuerdos que un día nos hicieron humanos.

El recital comenzó con la intervención de Elizabeth Porrero, declamó la sobrecogedora versión en italiano un poema de Juan Camacho, perteneciente al libro "Nada es silencio en el Dios del olvido". La musicalidad de la lengua latina inundó las naves de la ermita con el desgarrador juramento de no volver a nacer de la cúpula divina de los dioses abstractos, prefiriendo la trágica belleza del hombre común y corriente. Ese simple mortal que nace de un óvulo fecundado, dispuesto a perderse en el mundo y a cruzar la frontera del mar de los cristianos para convertirse en discípulo directo del Dios del olvido.

Acto seguido, transformó la atmósfera en un remanso de ternura con su poema 'Conversaciones con una cebra', dedicado con profunda simpatía a sus compañeros de viaje manchegos, el texto describió la piel del animal como un mapa de azabache, nieve, luna y ébano, anhelando verla correr eternamente libre, a salvo de las torpes manos humanas que amenazan su magia.

El relevo en el estrado lo tomó Jesús Sánchez Rivas, regalando a Juan Camacho la traducción al catalán de ese mismo poema cósmico, "Si hagués de néixer nu". La ermita presenció cómo la musicalidad del catalán prestaba un nuevo cuerpo a los versos, repitiendo el juramento de no volver a nacer de las estancias de la Virgen María ni bajo las mentiras de los falsos dogmas. El poema prefiere hurgar desde el vientre materno en las escrituras auténticas del Mesías —aquellas que guardan el secreto de los vivos y el lugar donde habitan los muertos—, caminando sobre un mundo ateo con zapatos de charol hacia la sombra de una cruz.

Inmediatamente después, Sánchez Rivas regresó a su propia obra en castellano con el poema "Y tú", una letanía cotidiana y profundamente conmovedora dedicada a la compañera que sostiene la vida en la sombra. A través de una cadencia de acciones mínimas —el dolor del hombro por una mala postura, la ducha que despeja el cuerpo, el desayuno frugal de la madrugada, el sudor del camino o el éxito de un proyecto—, el autor erigió un monumento a la lealtad de la persona amada, concluyendo con un aliviado y sincero suspiro al recordar que, en la llovizna o en la tormenta, siempre está ella.

La intervención de Marciano Sánchez estuvo muy influida por la mística del entorno. Tras elogiar la belleza del paisaje costero, el poeta manchego agradeció la hospitalidad de Florencio Moneo y de la organización. Como muestra de admiración mutua, Sánchez eligió recitar "A veces duele esa palabra escrita", obra de Juan Camacho, afirmando con generosidad que su único lamento era no haber sido el autor de una pieza tan magnífica. Los versos describieron con gran fuerza visual la agonía del creador ante el folio en blanco, la fragilidad humana y el bloqueo de la inspiración.

A continuación, la crónica de la velada dio paso a la denuncia social con un poema de Sánchez centrado en el dolor del feminicidio. A través de una estructura polifónica, el autor entabló un estremecedor diálogo que combinó las voces de la víctima, el agresor, la amiga combativa y la madre que sufre la pérdida. El texto recorrió las distintas etapas del miedo y el control, contrastándolas con el auxilio de una mano solidaria. Este tenso desasosiego se alivió cuando el cantautor Vicente Castellanos intervino con sus acordes, aportando con su música una atmósfera de consuelo antes del cierre del bloque.

Cristina Galán abrió el siguiente turno de poetas proclamando el derecho de las creadoras a ocupar el espacio de la palabra con un mensaje de agradecimiento, "Muchas gracias, hermanos, por dejarme ser hoy una sacerdotisa y, por primera vez en mi vida, poder decir el Evangelio, nuestro evangelio".

Su intervención comenzó con un emotivo tributo a Gustavo Adolfo Bécquer a través de una pieza de Juan Camacho. Galán evocó la esencia becqueriana uniendo el tañido de las campanas lejanas al arpa abandonada en el salón, transmitiendo con sensibilidad la melancolía del romanticismo y el misterio de la muerte. Sin romper este tono solemne, la autora desgranó su propio poema, "De Profundis", inspirado en las profecías de Jeremías. Sus palabras se convirtieron en una advertencia ante un planeta al borde del abismo, donde denunció la desolación de las ciudades, los mares contaminados y la violencia humana, elevando un clamor para regresar a la inocencia de la infancia y al amor como único salvavidas frente a la destrucción.

El relevo lo tomó Bernat Vidal, quien reforzó la red de complicidades del encuentro al leer un nuevo poema de Juan Camacho. La pieza describió con lucidez la fragilidad del ser humano ante la inmensidad de la existencia y la necesidad de renacer de las cenizas de la memoria. Para cerrar su intervención, Vidal introdujo a los asistentes en la delicada estructura de su último poemario, "Cuando florece el limonero". Tras explicar la naturaleza mínima y despojada del haiku —composiciones breves de solo tres versos—, el autor desgranó el viaje estacional de su obra.

La primavera brotó en el auditorio con imágenes de rocío frente al mar, augurios de marzo y campos cubiertos de dientes de león. El estío irrumpió con el vuelo de los estorninos en Bilbao, la calidez de junio, las hogueras de San Juan y el fenómeno de las Perseidas. Pronto, el otoño se abrió paso con granados maduros, el compás de los eucaliptos y alfombras de hojas secas que anunciaban la lluvia. El ciclo se cerró con el rigor del invierno, evocado a través de tardes de lectura con una taza de té, mimosas en flor y campos de trigo reverdecidos. Una última advertencia del autor cerró el bloque, "el tiempo vuela y la vida pasa casi sin darnos cuenta".

El relevo lo tomó Carlos Toral, quien ratificó su compromiso con el encuentro afirmando: "Yo tengo un escudo más que defender, se llama Oretania". Toral comenzó homenajeando a Juan Camacho con el poema "Más allá", cuyos versos buscan un espacio donde la memoria y el olvido se reconcilian a través de la creación poética.

El autor confesó que el magnetismo del templo del siglo XV le llevó a cambiar su repertorio. Aunque iba a leer versos sobre la emigración en las periferias urbanas, la espiritualidad del espacio le impulsó a compartir una profunda reflexión titulada "El precio de tu alma puede ser el precio de la mía". Toral sentenció que toda religión es sectaria cuando la fe deja de hacer preguntas, y toda ideología es dictadura cuando la idea decide por el individuo. Su poema denunció el uso de dogmas para frenar la verdad y el pensamiento crítico, advirtiendo que el poder compra voluntades. Concluyó con la dura reflexión de que "es más difícil asumir la libertad que seguir al carcelero, y el drama humano no es que compren nuestra alma, sino que la entregamos por obediencia, miedo y silencio".

La vibración del espacio continuó con Yolanda Jiménez, quien leyó una pieza de Juan Camacho que devolvió la calma lírica a la sala. Los versos describieron al creador en el silencio de la noche, cobijado en un sueño frente a un lejano horizonte que inhabilita la palabra al despertar.

Este ambiente inspirador dio paso a la lectura de su propia obra, centrada en la espiritualidad y la liberación del amor. Con imágenes de mareas, vientos y olas, el texto fundió texturas opuestas como el adobe y la roca en una navegación sin tiempo. Los versos se transformaron entonces en un canto salvaje bajo la luna llena; un lenguaje íntimo marcado por la pasión y los instintos esenciales que culminó con la entrega absoluta al fuego del amor.

Teresa Sánchez Laguna tomó la palabra para celebrar el encuentro y rendir homenaje a Juan Camacho. Con una voz cargada de respeto, leyó el poema de Camacho "Miro alrededor y me pesa tu ausencia", dedicado a su madre María. Sus versos describieron al creador en un atardecer lluvioso, enfrentando los escalofríos de la soledad y los recuerdos del pasado, mientras evoca la figura materna para hallar respuestas ante la pérdida.

De inmediato, la autora reivindicó la ermita como el escenario idóneo para desplegar su propio texto, "Ecce Homo". Su prosa poética dibujó el amanecer en un Jerusalén trémulo bajo haces de luz que contemplan al Nazareno ultrajado. Los detalles de la columna del atrio, el mármol ensangrentado y la mirada herida sirvieron para retratar la soledad absoluta de Jesús, cuyo cuerpo padece dolor mientras la muchedumbre ruge a su alrededor. Sánchez Laguna describió cómo esos latigazos se transforman en fe, culminando con el alma durmiéndose en la sombra del Gólgota en un eterno abrazo.

El pulso dramático continuó con Juan José Guardia Polaino, quien comenzó homenajeando la obra de Juan Camacho con la lectura de "De mí cuando yo muera", una pieza que ha sido adaptada con éxito al teatro. El poema conmovió al público con su ruego explícito de honestidad tras la muerte, pidiendo que se recuerde al creador simplemente por su esencia vital. Sus versos confesaron con humildad haber sido lo que se pudo y nunca lo que se quiso, prefiriendo que la memoria indague en el sentimiento puro de un ser humano común.

Impresionado por encontrarse ante el altar de la ermita, el poeta dedicó a sus compañeros Vicente y Teresa el poema "Hay un silencio". El texto rompió la quietud del templo al denunciar la desolación de las calles y la masificación de un planeta habitado por ocho mil millones de personas. Su grito se alzó como el de un fugitivo ante una distopía donde las sociedades, heridas por las trincheras, sobreviven en un mundo marcado por el fuego, la ceniza, la cólera y la ambición humana.

Con una profunda emoción que llegó a quebrar su voz, Jon Zelaia agradeció a Juan Camacho el haberle abierto las puertas de su imaginación. En ese momento, el recital alcanzó su clímax bilingüe con la interpretación en euskera del poema existencial.

Las naves de la ermita vibraron bajo la sonoridad de los versos traducidos: "Jaio behar izango banu, biluzik", devolviendo al espacio el juramento solemne de no volver a nacer bajo los dogmas humanos. La desolación de los sentimientos flotó sobre la ría en una lengua que conectó el templo con el concepto del 'Dios del olvido': "Maria Birjinaren zirriborrotik edo sinesten dudan jainkoaren kupula jainkotiarretik berriz jaioko nizateke. Hori bai, izatekotan ere mortal baten obalo emankorretik... Ahazturaren jainkoarena eta ez zuen jainko horrena".

Santiago Liberal centró su primera intervención en el poema de Juan Camacho "Ayer soñé el lado oscuro de las cosas", el cual parte de una cita de Octavio Paz. Su lectura envolvió la ermita en una atmósfera gótica, donde la evocación de la infancia convive con la figura materna, mientras el paso del tiempo se retrata de forma sombría a través de imágenes metafóricas sobre la muerte y la pérdida del alma.

En su segundo texto, Liberal regresó a la defensa militante de la palabra. El autor recitó una pieza rítmica en la que implora dotar al ser humano de una estructura lingüística y poética perfecta que sirva como refugio creativo frente a la mudez y el aislamiento del mundo.

Eloísa Pardo Castro inició su lectura con un poema de Juan Camacho perteneciente al libro "Nada es silencio en el Dios del olvido", encabezado por una cita de la propia autora. Los versos se elevaron como un ruego del creador exiliado que añora regresar a la llanura manchega, sintiéndose ajeno entre los valles verdes y los mares del norte: "He de llevarme y no puedo un trocito de norte con bellas marismas al río seco...".

A continuación, dio paso a su propia obra, una confesión lírica marcada por la vitalidad. El texto describió la estampa de quien despierta con la energía del mar y contempla la sierra desde la ventana, retratando rituales cotidianos como ponerse un sombrero viejo para suavizar la mirada o esparcir sonrisas sobre los charcos de la calle. Hacia el cierre, los versos reflejaron el fin del día, un momento en el que el oleaje retrocede y la autora se descubre frente a los límites de la realidad.

Luis Díaz-Cacho rindió homenaje de forma conjunta a Asun y Juan Camacho, descritos como dos caminantes que llevan décadas sosteniéndose mutuamente. El poema escogido para sellar este lazo, titulado "Querida amiga", avanzó sobre los versos de Díaz-Cacho Campillo para evocar las huellas de una adolescencia compartida y los primeros recuerdos de juventud. Sus versos describieron con sensibilidad el paso del tiempo a través de la metáfora de una gaviota —símbolo de los espacios libres— que hoy se contempla cansada, invitando a caminar juntos y a recordar el deseo y el abrazo del pasado. La pieza cerró con una honda reflexión frente al mar sobre la madurez, la vida y los lazos que resisten el paso de los años.

Coincidiendo con el décimo aniversario del fallecimiento de su madre, el poeta dedicó un soneto clásico a todas las madres que conviven con el Alzheimer y la demencia. Sus versos describieron con ternura el tramo final de la existencia, ese espacio donde la razón confunde el pensamiento y los recuerdos se desvanecen hasta silenciar la palabra. La distancia entre hijo y madre se difuminó en el poema gracias a la luz de una sonrisa recuperada, invirtiendo los roles del tiempo para convertir a la madre en una "niña amada" que reclama el cuidado en su etapa definitiva.

La rapsoda Asunción Alonso (Asun) dio lectura a una imponente "Oda a Federico García Lorca". La composición describió a una luna pálida que cubre su esfera mientras la muerte desciende vestida de negro por los arrabales de un horizonte perfilado. Con un vocabulario rico, el poema denunció a la canalla jerárquica que ordenó el fusilamiento en el Averno, dejando al joven poeta y a sus versos yacentes junto a un reguero de sangre que hizo llorar a Granada desde sus adentros. Esta evocación unió la geografía andaluza con el espíritu cervantino del encuentro, consagrando el 27 de agosto en Santa Cruz de Mudela como un hito donde la luz y el misterio se hermanan para reclamar la justicia que en la tierra permanece secuestrada, mientras las estrellas contemplan una hilera de versos sanguinolentos y la luna sigue oculta tras su velo de luto.

El relevo en la lectura lo tomó Cruz Cuesta, dando voz a un poema de Juan Camacho que describía el viento sobre el asfalto gris y árboles centenarios bajo la mirada de un sol ligero de equipaje. Fue esa estampa la que propició un quiebro profundamente emotivo. La lectora, revelando su profesión de sanitaria, cambió el rumbo de su repertorio para evocar una vivencia de hace más de cuarenta años que le enseñó el triunfo de la luz sobre la sombra; La historia de un niño de diez años, llamado "Un mar de soles", que habitaba el mundo con sueños infinitos y una fecha de caducidad grabada en su destino. Conmoviendo al auditorio, narró cómo el pequeño, de mirada verde y serena, se esforzaba por recibir a su madre con una sonrisa de cera y un tierno "eres la más guapa, te quiero" para mitigar su inmensa tristeza. El templo se sumió en un silencio absoluto al rememorar la noche en que el niño se despidió dormido para siempre, dejando sus anhelos rotos acurrucados en una pequeña almohada blanca.

El oleaje de las complicidades estéticas sumó una nueva orilla cuando Inma Diéz tomó el estrado para reinterpretar el poema de Camacho, "Más allá del horizonte". Los versos resonaron bajo la bóveda medieval, escalando con fuerza formal sobre el pasado, el presente, el pecado y la labor del peregrino, buscando ese espacio superior al mismísimo universo donde la memoria y el olvido queden satisfechos solo con la arquitectura del verso. Como respuesta a esa inmensidad cósmica, la poeta trenzó su propia pieza, "Silencio siempre", una elegía en la que el mundo vaga inconsistente sobre un crudo vacío mientras las campanas tocan a muerto y en el corazón puro crece el hastío. Su texto describió a los vencejos pasando y a la desesperanza flotando en la noche como cintas de colores, mientras las olas besan una playa abandonada y un coro de rumores, mansamente acallados, se adentra despacio, mordiendo los sinsabores de un futuro incierto que se va para siempre cabalgando en las olas.

La intensidad del acto continuó con Juan Pedro Carrasco, quien dio lectura al poema de Juan Camacho titulado "Día tras día". En esta pieza, el creador describe el refugio en la intimidad de la poesía durante noches de desvelo, desnudando el temor humano a la invisibilidad y al desamparo en un mundo hostil. Tras la lectura, la organización reflexionó sobre los golpes que asesta la vida y cómo la música y la canción, como disciplinas hermanas de la poesía, actúan como un alivio indispensable.

A continuación, Carrasco compartió su propio poema titulado "Sé de esta lluvia". A través de unos versos breves y de gran fuerza evocadora, el autor abordó el paso del tiempo y el peso de la experiencia vivida: un agua que, aunque conocida, ya no es la misma; un caudal que cala las dehesas erosionando los pasos y que, en palabras del propio poeta, le ha inundado antes.

El clímax definitivo de la jornada llegó cuando el propio Juan Camacho ocupó el centro del presbiterio. Visiblemente conmovido por el cariño de sus compañeros, el poeta tomó la palabra para manifestar su agradecimiento: "No esperaba a mi edad recibir un homenaje tan sincero y querido. Siento un gran alivio tanto en el corazón como en el alma".

Frente al altar de la ermita, tras recordar su victoria personal frente a dos graves enfermedades, Camacho compartió una sincera oración titulada "Diálogo con Dios". En sus versos, confesó refugiarse en el complejo proceso de la creación literaria para defender la belleza frente al sufrimiento, concluyendo con una profunda e inquietante pregunta existencial dirigida al horizonte: qué será de nosotros si el alma queda enterrada con el cuerpo.

El encuentro en Mundaka fue clausurado formalmente por el coordinador Florencio Moneo, quien agradeció el tesón de un colectivo capaz de entrelazar sus sueños en torno a la palabra. El recital cerró con la lectura del texto "¿Quién desde la parodia invicta?", una pieza sobre los procesos de la creación y la memoria. Mientras los versos flotaban sobre la ría, el público estalló en una ovación cerrada que escenificó la unión entre el adobe manchego y la piedra vizcaína.

En sus compases definitivos, la velada se adentró en una dimensión más reflexiva y espiritual. El propio Moneo fue el encargado de recitar en castellano y euskera un emotivo poema nacido de una dolorosa vivencia cercana como es la pérdida de un bebé. El autor desnudó este sufrimiento adaptando la geografía de la herida a la acústica del templo medieval. Su lectura describió la irrupción del miedo ante la tragedia, un violento despertar a la realidad que frena las risas frente al abismo. El poema concluyó con un canto a la memoria de esa breve vida que habitó en el corazón en un instante infinito, clausurando la velada con una invitación al recogimiento absoluto del auditorio: "Calla, respira, duerme, sueña, aún no oyes nada".

El broche de oro musical regresó a manos del cantautor Vicente Castellanos, cuya intervención fue celebrada con alegría y la esperanza de futuros reencuentros. Castellanos unió el sentir y el sonido de las veredas manchegas con el horizonte marino que enmarcaba el recital. La velada concluyó con una firme proclamación de los autores, quienes defendieron con orgullo la poesía como una herramienta de libertad capaz de censurar a la propia censura. Con el público en pie, los poetas y cantautores de La Mancha y el País Vasco reivindicaron la hermandad de los pueblos, despidiéndose con la certeza de que este viaje ha dejado una huella indeleble y un lazo cultural indestructible.

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