ASEPROCE destaca que una estancia internacional no solo favorece la práctica del idioma, sino también la autonomía, la convivencia y la comprensión de otra cultura
Un estudiante puede entregar un texto impecable, mantener una conversación con un asistente virtual o traducir cualquier frase en segundos y, sin embargo, quedarse bloqueado cuando necesita hablar con una persona en otro idioma. La inteligencia artificial ha multiplicado las herramientas disponibles para aprender lenguas, aunque depender demasiado de ellas puede generar una percepción del dominio del idioma que no siempre se corresponde con la capacidad para desenvolverse en una situación real.
Más de dos tercios de los estudiantes de secundaria de los países de renta alta ya utilizan inteligencia artificial generativa para realizar trabajos escolares, según la UNESCO. Aplicada a los idiomas, permite corregir errores, ampliar vocabulario y practicar conversaciones. El riesgo aparece cuando el alumno recurre de forma constante a una respuesta automática y deja de desarrollar sus propios recursos para comunicarse.
Una conversación real exige responder sobre la marcha, adaptarse al interlocutor y utilizar un vocabulario que no siempre puede anticiparse. También implica reaccionar ante interrupciones, dobles sentidos, cambios de tema, gestos y referencias culturales que una aplicación puede simular, pero no reproducir en toda su complejidad.
"La diferencia entre conocer un idioma y saber utilizarlo aparece cuando la conversación se sale del guion. Comunicarse implica equivocarse, buscar otra manera de explicar una idea y seguir hablando sin recurrir inmediatamente a un traductor. Esa capacidad se desarrolla interactuando con otras personas", explica Emilio Bordona, presidente de ASEPROCE, la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero.
Durante una estancia internacional, el idioma deja de utilizarse únicamente para completar ejercicios y se convierte en una herramienta para participar en la vida cotidiana. El estudiante lo necesita para seguir una clase, convivir con una familia, relacionarse con otros jóvenes o resolver un imprevisto. Estas situaciones favorecen la autonomía, obligan a tomar decisiones y permiten comprender códigos sociales, costumbres y formas de relacionarse diferentes a las propias.
La convivencia en otro país aporta, por tanto, un aprendizaje que va más allá de la práctica lingüística. Adaptarse a un entorno nuevo y compartir el día a día con personas de otra cultura ayuda a entender no solo qué decir, sino también cómo, cuándo y en qué contexto hacerlo.
ASEPROCE defiende que la tecnología no debe excluirse del aprendizaje, sino ocupar el lugar adecuado. "La tecnología puede ayudar a preparar y reforzar el aprendizaje, pero no debería convertirse en un intermediario permanente. El objetivo no es que una aplicación sepa qué responder, sino que el estudiante sea capaz de hacerlo cuando lo necesite", concluye Bordona.
