El otoño nos regaló ayer un día extraordinario, una jornada de cielos limpios y una calidez casi milagrosa para esta época del año, como si el propio tiempo quisiera aliarse con las letras. Bajo ese amparo luminoso, el silencio de los meses de preparación se rompió en el patio de las Bodegas A7 con un murmullo diferente. No era el trajín de la uva ni el rumor del mosto que tanta historia ha dado a esta tierra, sino el crujir limpio de las cajas de cartón al abrirse y el aroma inconfundible del papel impreso. Quienes dedicamos la vida a este bendito y a veces ingrato oficio de la edición sabemos que ver un libro expuesto en un mostrador es solo la punta de un iceberg; debajo hay madrugadas, incertidumbres, robos al descanso y, demasiadas veces, esos jarros de agua fría que llegan de donde menos se esperan. Por eso, lo vivido en Valdepeñas no es una simple feria, es un milagro coral, un hecho histórico.
Este sueño no cayó del cielo ni nació en los despachos institucionales. Nació con nombres y apellidos, en el rincón humilde y valiente de una librería de barrio. Ha sido el empeño tozudo y tierno de dos hermanos, Ismael y Mari Ferrer, al frente de Amigos de Lorca, el que ha encendido esta mecha. Ellos, lejos de buscar el refugio individual, entendieron que la cultura solo sobrevive si se comparte. Tuvieron la generosidad y la altura de miras de unir a sus compañeros de trinchera, las librerías Juan Alcaide y Casa Drojan, y a editoriales que, como el Grupo Oretania o Durii, creemos firmemente en la cultura de "kilómetro cero". Juntos llamaron a la puerta del Ayuntamiento de Valdepeñas, que afortunadamente supo escuchar y abrir los brazos a la iniciativa. Para mí, como editor, es un absoluto honor y un orgullo que el Grupo Oretania y nuestro sello hermano "Lo que te da la gana" aporten su grano de arena a esta gesta. Mi aplauso más sincero va para estos valientes guardianes del libro.
La respuesta del pueblo valdepeñero, cuya sensibilidad hacia el arte y las letras está más que demostrada, debe ser ahora el bálsamo que cure los sinsabores del camino. Sin embargo, si me permiten la licencia de quien lleva ya unas cuantas batallas editoriales a la espalda, este hermoso sueño debe aspirar a navegar aún más libre. El entorno de las Bodegas A7 es un bellísimo santuario patrimonial, pero al libro no hay que ir a buscarlo a escondidas; el libro tiene que salir al encuentro de la gente. La experiencia nos ha enseñado en Ciudad Real o en Puertollano que los experimentos de descentralización restan oxígeno a las letras. El libro es un ciudadano más y su sitio natural es la Plaza de España, el corazón palpitante por donde toda Valdepeñas pasa, pasea y se encuentra. Ojalá las próximas ediciones conquisten ese espacio común. Mientras tanto, vayan a las Bodegas A7, miren a los ojos a nuestros libreros y autores, y déjense contagiar por la magia de este sueño que ya es una bellísima realidad.
