Presentación del libro de Adolfo Díaz-Albo Chaparro 'Federico García Lorca y Gabriel García Maroto, una amistad entrañable'

Fuente:

Julio Criado García

Presentación del libro de Adolfo Díaz-Albo Chaparro 'Federico García Lorca y Gabriel García Maroto, una amistad entrañable'

A lo largo de mi trayectoria como cronista y editor al frente de Ediciones C&G, he asistido a innumerables actos que han intentado rescatar del polvo del olvido los nombres que forjaron nuestra identidad manchega. Sin embargo, la presentación del libro 'Federico García Lorca y Gabriel García Maroto, una amistad entrañable', del riguroso investigador Adolfo Díaz-Albo Chaparro, no fue un evento más; realmente fue un acto de estricta justicia histórica, en el que estuve acompañado, como casi siempre, por mi compañera de vida.

Nuestra presencia allí obedecía, en primera instancia, al dictado de una vieja y honda amistad con Luis Díaz Cacho Campillo y Violeta Díaz-Albo. Ver y escuchar a Luis sobre un escenario es siempre asistir a una epifanía de la palabra desnuda. Genial como siempre, con esa empatía que le caracteriza, su voz inauguró la tarde quebrando el silencio de la sala al recitar los versos de "Balada interior", aquel poema que el mismísimo Federico García Lorca dedicó al solanero Gabriel García Maroto en su "Libro de poemas" de 1921. Escuchar en la modulación de Luis aquellas estrofas inéditas rescatadas por el autor en la Fundación García Lorca —"Frío, frío como el agua del río. / Mis ojos claros, remansos de inocencia, no guardas sus miradas"— supuso un viaje directo a las entrañas de una complicidad rota por la tragedia.

Como testigo de este acto, no pude evitar conmoverme ante el calado de lo que el autor, desgranaba minuciosamente desde la mesa. Nos enseñó que, de la imprenta madrileña de Maroto, brotó el primer poemario de Lorca. Es ahí, en la letra impresa y en el sufrimiento compartido de los inicios, donde se fraguó un vínculo que se hizo más fuerte en los rascacielos de Nueva York en 1929 y los sones cubanos de Caimito del Guayabal en 1930. A través de las lecturas dramatizadas del arqueólogo Honorio Javier Álvarez García, magistralmente caracterizado como el poeta de Fuente Vaqueros, la biblioteca se inundó del espíritu de las Misiones Pedagógicas y de aquel grito sagrado de Lorca, "No solo de pan vive el hombre. Yo si tuviese hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan, pediría medio pan y un libro".

La velada devino en una necesaria catarsis colectiva cuando Adolfo Díaz-Albo Chaparro tomó la palabra para desentrañar el injusto manto de silencio que pesa sobre su paisano, nuestro paisano. El exilio en México en 1938 desdibujó la huella de Gabriel García Maroto, un creador polifacético y precursor indiscutible de la democratización del arte, cuyo compromiso con el pueblo y la libertad le costó el destierro y el olvido institucional. En el posterior coloquio, refrendado por las palabras de solaneros como el delegado Eulalio Díaz Cano, quedó flotando en el aire una verdad incómoda que comparto plenamente, los pueblos de España pierden una oportunidad de oro al no encumbrar y reconocer a sus creadores.

Tuve la convicción de que este libro no es solo un rescate bibliográfico; es un espejo indispensable en este año 2026 para entender de dónde venimos. El crimen fue en Granada, sí, y el olvido se cebó con La Solana; pero mientras existan investigadores rigurosos y poetas que, como Luis Díaz Cacho, sigan prestando su aliento a los versos proscritos, la memoria de Lorca y Maroto permanecerá tan viva y caliente como el agua de la fuente.

No me pude resistir a adquirir mi ejemplar del libro, que con fecha del 20 de octubre de 2026, el propio Adolfo Díaz-Albo plasmó de su puño y letra una dedicatoria dirigida "A Julio y María Jesús, para los que abren libros y ensanchan manchas", un hermoso guiño tipográfico y geográfico a nuestra labor de editores. Justo debajo, con su habitual sensibilidad, Luis Díaz-Cacho rubricó su afecto definiendo la obra como "un libro que reconoce a un personaje tan vinculado a la cultura y a la educación, silenciado por la dictadura". Sus firmas cruzadas en las páginas del volumen no son meros autógrafos; son un pacto de complicidad arrojado contra el olvido, el broche perfecto para una jornada donde la imprenta, la poesía y la intrahistoria manchega volvieron a abrazarse.

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