Cuando la Cuaresma alcanza su sexta semana y se abre paso la Semana Santa, el corazón del cristiano parece latir de otra manera. Todo invita a detenerse, a mirar hacia dentro y, al mismo tiempo, a volver la vista hacia aquellos lugares donde la historia de la salvación dejó huellas imborrables.
Uno de esos lugares es la Basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén. Allí, donde la tradición sitúa la crucifixión, sepultura y Resurrección de Jesucristo, el emperador Constantino I el Grande mandó levantar en el siglo IV un templo que, desde entonces, no ha dejado de ser punto de encuentro para millones de peregrinos. Lo hizo impulsado por la fe de su madre, Santa Elena, que supo reconocer en aquel lugar algo más que piedra y memoria.
Sin embargo, hay elementos de este santuario que, por cotidianos, pasan desapercibidos. Uno de ellos es su puerta de acceso. Siempre abierta, siempre atravesada, casi nunca observada. Y, sin embargo, hoy vuelve a ser noticia.
1.- Una ausencia que llama la atención.
Hace apenas unas semanas, quienes llegaron hasta el Santo Sepulcro se encontraron con una escena insólita: las puertas habían “desaparecido”.
No era un gesto simbólico ni un episodio de tensión. Era algo mucho más sencillo… y, a la vez, profundamente significativo. Las históricas hojas de madera, castigadas por siglos de uso, habían sido retiradas para su restauración.
Durante un tiempo, en su lugar, los peregrinos verán paneles con imágenes de las propias puertas. Una especie de “presencia ausente” que recuerda que, incluso cuando no están, siguen formando parte del alma del lugar.
La decisión no responde a un mero capricho estético, sino a una necesidad urgente: el paso del tiempo había debilitado su estructura. Con más de 800 años de antigüedad, estas puertas presentaban signos evidentes de desgaste. Aprovechando las obras en el pavimento de la Basílica, las distintas comunidades cristianas que custodian el templo acordaron intervenir de manera conjunta, en un ejemplo más del delicado equilibrio que rige este lugar.
2.- ¿Cuál es el origen de estas puertas?
Las puertas actuales datan aproximadamente del siglo XII, en época de las Cruzadas. No son, por tanto, las originales del templo constantiniano, sino fruto de las transformaciones arquitectónicas posteriores.
A lo largo de los siglos, han sido testigos silenciosos de conquistas, incendios, restauraciones y peregrinaciones. Cada tabla y cada herraje, conserva huellas de una historia compleja en la que fe y política han caminado de la mano.
Por ellas han entrado peregrinos exhaustos, reyes, mendigos, cruzados, frailes, curiosos… generaciones enteras buscando algo que no siempre sabían explicar con palabras. Y, como todo lo que ha vivido tanto, también estas puertas han necesitado cuidados.
3.- ¿Cuándo se hizo la última restauración?
La última intervención documentada se remonta a 1810, tras un incendio que dañó gravemente la Basílica. Aquella restauración fue impulsada por la Iglesia ortodoxa griega.
Han pasado más de dos siglos desde entonces. La actual actuación constituye, por tanto, un acontecimiento histórico en sí mismo: es la primera gran restauración en más de 200 años.
4.- ¿Por qué está tapiado el portal doble?
Cuando los peregrinos llegamos a esta Basílica, nos afanamos con llegar lo antes posible al Calvario y, posteriormente, al Santo Sepulcro. Por eso muchas veces no nos fijamos en un detalle curioso: la existencia de un portal gemelo junto a la entrada principal, hoy completamente tapiado.
Su historia nos lleva al año 1187, cuando el sultán Saladino conquistó Jerusalén. Para controlar el acceso de los peregrinos cristianos, ordenó sellar varias entradas del templo y establecer un sistema de acceso restringido mediante pago.
El objetivo era doble: regular el flujo de visitantes y asegurar ingresos. Incluso las ventanas fueron cegadas, reduciendo la luz en un espacio concebido originalmente para simbolizar la victoria de la vida sobre la muerte. Era otra forma de dominio: controlar quién entra, cuándo entra… y en qué condiciones.
5.- ¿Cuánto tiempo durará la restauración?
Aunque no se ha fijado una fecha exacta de finalización, los trabajos se desarrollarán durante varios meses. Mientras tanto, las puertas han sido sustituidas por paneles provisionales con reproducciones fotográficas, una solución que busca mantener la imagen reconocible del acceso.
Más allá de los aspectos técnicos, la restauración plantea un desafío simbólico: intervenir sin borrar la huella del tiempo.
6.- Cuando rezar implicaba quedarse dentro.
Hubo un tiempo en que entrar en el Santo Sepulcro no garantizaba salir cuando uno quisiera. Las puertas se abrían una vez al día. Por la tarde. Y al cerrarse, quienes estaban dentro, debían permanecer allí hasta la mañana siguiente.
Aquella situación llevó, a comienzos del siglo XIV, a una decisión sorprendente: algunos religiosos optaron por no salir nunca. Permanecer dentro era la única manera de asegurar que la oración no cesara.
Para alimentarlos, se abrieron pequeñas trampillas en las puertas. Por ellas pasaban pan, agua… y también la certeza de que, a pesar de todo, la fe seguía viva.
Esta práctica se mantuvo hasta 1832, cuando Mehemet Ali puso fin a las restricciones, decretó la apertura diaria del templo y eliminó el impuesto de entrada.
7.- Abrir y cerrar las puertas: todo un honor.
Uno de los aspectos más singulares de la Basílica es que sus llaves no están en manos cristianas. Desde el siglo XIII, esta responsabilidad recae en dos familias musulmanas, que custodian y gestionan la apertura y cierre de la puerta.
Concretamente, los linajes Nusseibeh y Joudeh custodian y manejan las puertas desde 1246. Cada día se repite una ceremonia cargada de simbolismo: unos guardan la llave; otros ejecutan la apertura y el cierre.
Este sistema, aparentemente paradójico, responde a una lógica histórica: garantizar la neutralidad en un lugar donde conviven diversas confesiones cristianas. Y así ha sido durante siglos.
Para concluir: Restaurar para seguir abriendo.
La actual restauración no es únicamente una intervención arquitectónica. Es, en cierto modo, un acto de memoria.
Miles de peregrinos cruzan cada día este umbral sin detenerse a pensar en su historia. Sin embargo, esas puertas han sido frontera, refugio, barrera y bienvenida. Han visto pasar siglos de fe, conflictos y esperanza.
Hoy, mientras son restauradas, nos invitan a mirar más allá de la madera: hacia una historia que sigue viva.
Porque, al fin y al cabo, lo verdaderamente importante no es la puerta… sino lo que cada creyente busca al atravesarla. Quizá por eso, en estos días de Semana Santa, su ausencia temporal nos invita a contemplarla de otra manera: a comprender que no es sólo un acceso físico, sino un umbral espiritual.
Cada peregrino que la cruza no entra solo en un edificio. Entra, de algún modo, en el Misterio que allí se celebra. Y este, a pesar del paso de los siglos, permanece intacto. Porque esa puerta podrá cerrarse… pero lo que guarda dentro nunca ha dejado de estar abierto.







