Actividades extraescolares: el necesario equilibrio para enriquecer la infancia

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Actividades extraescolares: el necesario equilibrio para enriquecer la infancia

Con el inicio del curso académico, muchos padres se plantean llevar a sus hijos a actividades fuera del horario escolar pero ¿cuál es más idónea? ¿hay un límite? ¿quién las elige? El pedagogo y director del Máster Universitario en Neuroeducación de la UCAM, Francisco José Sánchez Marín, lo analiza poniendo el foco en el desarrollo infantil

¿Cuántas actividades extraescolares son las idóneas para un niño? Según el experto de la UCAM, Francisco José Sánchez, esta no sería la pregunta correcta que se deberían hacer los padres, sino si estas están desplazando otras acciones importantes. "Si para mantenerlas, el niño duerme menos de lo que necesita, apenas juega libremente, no dispone de tiempo para estar con su familia, come o hace los deberes con prisas y termina prácticamente todas las tardes ocupado, probablemente hemos superado un límite razonable. Cuanto menos edad tenga el niño, mayor debería ser el peso del juego libre y menor el de las actividades estructuradas. En Infantil sería especialmente prudente evitar programar sistemáticamente todas las tardes; en Primaria puede aumentar progresivamente la participación en actividades organizadas y, en la adolescencia, pueden adquirir una importancia considerable, especialmente cuando responden a intereses propios, pero incluso entonces debería conservarse tiempo libre. Por tanto, más que proporcionar una cifra aparentemente científica, la recomendación es observar el equilibrio global de la semana".

¿A partir de qué edad tiene sentido pedagógico apuntar a un niño a una extraescolar?

Desde una perspectiva neuroeducativa, habría que desterrar la idea de que cuanto antes acumule aprendizajes un niño, mayor será su desarrollo cerebral. No existe una edad concreta a partir de la cual un niño 'necesita' actividades extraescolares para desarrollarse mejor. Durante los primeros años, sus principales contextos de aprendizaje son el juego, el movimiento, la exploración, las relaciones con otras personas y las experiencias cotidianas. Esto no significa que un niño pequeño no pueda realizar una actividad fuera del horario escolar. Puede hacerlo, pero cuanto menor sea su edad, más debería parecerse a jugar y menos a prolongar la jornada escolar. Una actividad de psicomotricidad, natación, música o expresión artística puede resultar muy enriquecedora si respeta sus ritmos, permite explorar y tiene un componente lúdico. En el caso concreto del deporte organizado, por ejemplo, se suele situar alrededor de los seis años el momento en el que la mayoría de los niños dispone de las capacidades motoras, cognitivas y atencionales necesarias para seguir unas reglas y una instrucción algo más estructurada. Pero es una orientación evolutiva, no una frontera.

¿Cómo sabemos si una extraescolar es buena?

Una buena extraescolar debería estar adaptada a la edad, generar disfrute la mayor parte del tiempo, plantear un nivel razonable de desafío, permitir progresar sin una presión excesiva, favorecer las relaciones con otros y estar dirigida por adultos que comprendan las características evolutivas del niño. En este sentido, desconfiaría, además, de actividades que se anuncian asegurando que 'estimulan determinadas áreas cerebrales', 'multiplican la inteligencia', 'activan ambos hemisferios' o prometen ventajas cognitivas extraordinarias. Existe bastante neuromarketing dirigido a las familias que utiliza terminología cerebral para hacer parecer científica una actividad. En definitiva, desde la neuroeducación, la conclusión paradójicamente es bastante sencilla: para favorecer un desarrollo adecuado no necesitamos intentar estimular permanentemente el cerebro del niño, sino proporcionar experiencias variadas y de calidad y, al mismo tiempo, proteger algunas necesidades básicas -dormir, jugar, moverse, relacionarse, sentirse seguro y disponer de cierto control sobre su propio tiempo-. Las extraescolares deben enriquecer la infancia, no ocuparla por completo.

¿Y cuando no quiera ir más?

No hay que abandonarla inmediatamente ante el primer "no quiero ir", ni obligarle a continuar durante meses independientemente de lo que esté ocurriendo, ya que la perseverancia también se educa. Aprender algo supone atravesar momentos de esfuerzo, monotonía e incluso frustración. Por eso, un rechazo puntual no debería determinar automáticamente el abandono, pero hay que preguntar por qué quiere dejarlo: No es igual "hoy no me apetece ir" que "llevo semanas pasándolo mal", "el entrenador me grita", "me siento excluido", "me da ansiedad ir" o "esta actividad nunca me gustó y la hago porque mis padres quieren". Si no existe malestar significativo, acordar terminar un periodo corto -el mes, unas semanas o el trimestre, dependiendo de la situación- puede enseñar compromiso y responsabilidad. También tenemos que enseñar a los niños a reconsiderar decisiones y reconocer que una actividad puede no encajar con ellos.

¿Qué papel juega el tiempo libre no estructurado y el aburrimiento?

Aquí sería prudente con una idea que se repite mucho: 'los niños tienen que aburrirse porque el aburrimiento desarrolla la creatividad'. Es un buen titular, pero científicamente requiere bastantes matices. Lo que sí podemos defender es la importancia de que existan periodos no estructurados en los que el niño tenga que decidir qué hacer sin recibir continuamente instrucciones de un adulto o de una pantalla. Cuando nadie le proporciona inmediatamente una actividad, tiene que generar alternativas: jugar, dibujar, construir, leer, hablar con alguien, inventar una historia... Esa autonomía ofrece oportunidades para ejercitar planificación, toma de decisiones, iniciativa y autorregulación. El aburrimiento ocasional puede desencadenar esa búsqueda, pero el aburrimiento persistente no es deseable ni es en sí mismo una intervención para desarrollar la creatividad. Por eso preferiría hablar de 'tiempo disponible' o 'tiempo no estructurado' antes que hacer una defensa del aburrimiento.

¿Es aconsejable usar las extraescolares como refuerzo académico?

Depende de su finalidad, el apoyo académico puede ser muy eficaz cuando existe una necesidad concreta, pero hay evidencia de que programas de tutoría bien diseñados pueden mejorar el aprendizaje, especialmente cuando son estructurados, están dirigidos a dificultades específicas y proporcionan retroalimentación adecuada. Lo que no compartiría es convertir sistemáticamente todas las tardes en una segunda jornada escolar por miedo a que el niño se quede atrás. Si un alumno presenta dificultades de lectura, matemáticas o cualquier otro aprendizaje, primero habría que identificar cuál es la dificultad y qué intervención necesita. Acumular horas genéricas de academia no sustituye una intervención educativa bien dirigida.

Otra cuestión importante: la infancia no puede organizarse exclusivamente alrededor de aquello en lo que el niño tiene dificultades; las actividades en las que se siente competente, disfruta y descubre capacidades diferentes también son importantes para su motivación y su autoconcepto. Un niño que pasa muchas horas sentado en el colegio probablemente no necesita que todas sus actividades posteriores sean nuevamente sedentarias y académicas. El movimiento tiene que ocupar un lugar importante: las recomendaciones internacionales establecen para niños y adolescentes en edad escolar una media de al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada o vigorosa.

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