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La vieja florista

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La vieja florista

Una tarde de invierno, Un joven con buena presencia, se acercó al puesto ambulante de flores que regentaba una Señora mayor. Tras un viejo bidón de color azul, se encontraba de pie, de brazos cruzados, tiritando de frío.

Asomaba ya la noche, era tarde para que una señora de su edad continuara aun en la calle. El frío penetraba los huesos de cualquier transeúnte, cuanto más para la anciana allí tantas horas.

Esperaba vender su mercancía y así cambiar sus flores por monedas para comprar alimentos y pagar sus básicas necesidades.

Siempre que le acompañara la suerte y pudiera llegar a tiempo a alguna tienda. Pues la pobre solía ir ¨al día ¨.

Esa jornada no había sido de las mejores.

Su gesto era amable, las arrugas denotaban la dureza de las experiencias vividas. Pero sus hundidos ojos no podían ocultar la expresión de tristeza y pena.

El joven apuesto pidió que le preparara un bonito ramo con todas las flores que le quedaban.

Le sugirió que lo hiciera con esmero porque era para alguien muy especial. La florista sonrió, sus ojos se iluminaron y el verde de los mismos tomó brillo.

Rememoró sus años de juventud, le vinieron a la cabeza los años felices que estuvo felizmente acompañada por su amado marido. Los mimos que desinteresadamente este le propinaba y el amor que ambos mutuamente se profesaban.

¡Qué pena, que ya no estuviera su lado, que crueldad la del destino.

La vida es así…suspiró y dijo para sus adentros.

Pero lo tenía presente en su corazón.

Qué casualidad que el apuesto joven tuviera gran parecido con el amado de la florista.

Después del frío, tristeza y horrenda jornada de venta, qué suerte que vinieran a solucionarle el día.

Vestido con un elegante traje gris, camisa blanca y corbata naranja de seda italiana.

Un discreto pisacorbatas a juego con dos gemelos grabados. Un precioso sombrero a juego con los zapatos y una suave fragancia. No le faltaba detalle.

Pero lo mejor de todo era la delicadeza, dulzura y educación con la que se dirigió a la señora.

La habilidad de la anciana era tal que elaboró enseguida un hermoso ramo, digno de recibir por las mejores manos.

El joven alabó el exquisito gusto y exclamó con una voz penetrante, que a la anciana hizo vibrar.

Le pagó con un billete grande, insistiendo que se quedara con el cambio.

Al coger el ramo, miro fijamente a la florista y le dijo esta vez con voz susurrante pero penetrante:

"Este precioso ramo, lleva mucho cariño detrás y hoy es para tí,

Es muy tarde, Por favor vete a descansar".

La florista, emocionada, no pudo disimular que le brotaran lágrimas acompañadas de algún que otro suspiro.

No daba crédito, pensaba que era un sueño.

Vivió el mejor gesto de generosidad y amor desinteresado desde hacía mucho tiempo.

De la emoción se le erizó la piel y un cosquilleo recorrió su cuerpo, que a la vez sonrojó su tez.

El joven acostumbró a frecuentaba cada de semana el puesto.

En lugar de al caer la noche, lo hacía a primera hora del día, para que así la dulce anciana señora, pudiera tener más tiempo libre.

El joven repetía el gesto, le regalaba el ramo y además le dejaba suficiente propina como para que la florista pudiera pasar varios días sin trabajar, hasta incluso para que pudiera ahorrar algún que otro billete.

Un día la obsequió con unos cómodos y cálidos botines, alguna semana después con un bonito abrigo y así cada semana con alguna que otra sorpresa.

La florista preguntaba cada vez al joven porqué tenía esos gestos tan generosos con ella.

Él no respondía, solo sonreía.

Apretaba con firmeza las arrugadas manos de la anciana, con una cariñosa y tierna mirada, le entregaba el ramo y dejaba caer varios billetes de los grandes en el holgado bolsillo delantero del mandil de la señora.

Un día, al llevar a cabo su acción semanal, entregó una nota en la que le explicaba el motivo así como algo que le proponía.

Cuando era niño, el joven vivía con su abuela, quien enfermó y tuvo que dejar de trabajar.

El dinero faltaba en casa y para ayudar, él repartía periódicos antes de ir al colegio. Cuando salía hacía recados a los comerciantes de la zona, así como todo lo que fuera necesario.

Cada día, la entonces joven florista, regalaba una bonita flor para que el niño llevara a su enferma abuela enferma y le enviaba saludos.

El marido de la florista, estaba muy pendiente de comprar las medicinas y de otras necesidades de la abuela, pues era una antigua conocida vecina, que paradójicamente, había hecho siempre el bien por sus vecinos.

De hecho, al marido de la florista cuando era niño, hizo algún que otro remiendo en sus ropas, cosió algún que otro botón, ya que ella se había dedicado toda su vida al comercio, en una pequeña mercería, justo frente al lugar que ocupaba la anciana florista.

Cuando la abuela murió, el niño, fue dado en adopción a una buena familia que no tenía hijos.

Le dieron estudios y formación que no pudo tener antes, por lo que se sentía muy afortunado, lo que le gustó menos fue tener que abandonar su ciudad. En cuanto a amor y cariño también le dieron, pero no más del que recibía de su abuelita.

La familia vivía lejos, donde hicieron gran fortuna, pero al independizarse, el joven decidió volver a sus orígenes.

Poseía mucha riqueza heredada de su familia adoptiva y además era un afamado hombre de negocios en auge.

Propuso a la florista dejar de trabajar en la calle y que lo hiciera para él.

Le encomendó aconsejar a sus jardineros aunque realmente se trataba de una excusa.

El joven le cedía una pequeña y cálida casita con todas las comodidades.

La florista desconocía que había sido construida expresamente para ella, junto a un hermoso jardín y lujosa mansión.

¨Moraleja¨ La vida es como un Boomerang, Si haces bien, te volverá.

Jero Martínez. Maestro

La vieja florista - 1, Foto 1
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