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Política y moralidad pública

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Política y moralidad pública

Estoy finalizando de ver una mini serie coreana situándola históricamente muchos años atrás pero con la ideología que impera hoy en nuestro Occidente y, posiblemente, casi seguro, en la actual Asia. En un momento dado el Rey abuelo le reprime a la joven princesa con el siguiente argumento: " Olvídate de conciliar tus valores morales con la actuación de cara a la sociedad. Tus valores no deben contradecir nuestras acciones hacia nuestro pueblo". En pocas palabras: " una cosa es la teoría y otra la práctica". La doble vida, la falta de personas con principios adquiridos y personas que han cuidado su conciencia se las ven y se las desean a la hora de salir a la esfera pública conforme a su forma de ver la vida y con el tiempo o… tienes los oídos finos o beberás y comerás, sin darte cuenta, aquello que has oído tantas veces y que no cuadra con tu propia conciencia.

No hace muchos días, un director de un gran periódico español, por vez primera, comentaba que vivimos en una sociedad enferma, pues las directrices de su Gabinete Presidencial giraban en torno al cambio de mentalidad, deseando convertir como fuese los diversos constructos que cada uno portaba desde su nacimiento y había adquirido a lo largo de su vida.

Desde siempre hemos visto necesario distinguir el ámbito público del privado, podría ser porque conseguir ventajas públicas en razón de conexiones privadas es bastante inmoral, como también lo ha sido del aprovecharse de un puesto público para conseguir beneficios particulares. Pero si bien tal distinción es auténtica y necesaria, la compleja maraña y enredo de lo individual y social lleva a pensar que es totalmente ajena al dinamismo de la ética y muy contraria a la realidad. No es bueno caer en confusiones entre ambos ámbitos que nos llevarían al relativismo e incluso al moralismo. Nos da que pensar que es conveniente un nivel metódico donde conviene distinguir sin separar, unir sin confundir.

Son numerosas las consecuencias que llevan la ruptura entre la moral y la ética pública. Así, la corrupción deja de ser accidental. No se trata de sugerir una especie de moralismo o reducir la política a la ética, pero sí de evitar tanto una concepción individualista de la ética como exclusivamente técnica de la política. La gran interconexión de las virtudes entre sí, hace que no se puedan establecer fronteras bien delimitadas entre dichas virtudes que se despliegan en el ámbito privado de las que parecen encontrar su ámbito propio en el dominio público. Además, no raras veces la dichosa corrupción pública, la económica, a la que reductivamente se limita la ética pública, ha surgido de la necesidad de atender a los grandes gastos que demandaban los vicios privados.

Está bien enraizada en la opinión pública toda convicción que no es nada fiable, políticamente fiable, aquellos que no son portadores de una sola vida digna y no de doble moral. Todo vicio vive en sus dos capas, privado y público, este es unitario y se desprende su fragante olor en todo tipo de habitáculos, ya sean públicos, ya sean privados. Surge de repente en cualquier lugar que se preste para obtener un beneficio. Pongamos un ejemplo "Los que cometen a escondidas cualquier delito políticamente correcto y más tarde no le importa hacer cualquier otra barrabasada". Alguien me hizo llegar otra de éstas: "El que es un dogmático , la vida nos hará ver cómo lo es en los mundos sectarios en sus actuaciones públicas".

La energía y la unidad en toda conducta ética no hacen posible diferenciar entre las virtudes que se adhieren a nosotros y nuestra actuación en la vida privada. Todo es uno. Ni idea de dónde está la frontera y menos dónde establecerla y así, claramente, consideramos aquello que el mundo de las virtudes, nuestra adhesión a la verdad desde la magia de los valores no se granjean en solitario ni se desarrollan en una rigurosa privacidad.

Nuestro comportamiento no posee lugares distintos en su actuar, no pervive en armarios compartidos. Un buen vaso de mistela, por decir, en la penumbra secreta siempre deja su rastro, y muchas veces no lo es para con el aliento. Cuando leemos a personalidades como Dante, Antonio de Nebrija o el mismísimo Calderón de la Barca, lo quieras o no, terminamos por manifestarlos en diálogos varios por temas dispares que salgan a la palestra.

Los grandes del pensamiento democrático también han establecido esa unión existente que ha pervivido entre los magnos regímenes democráticos y la calidad moral, ética, de los miembros de las colectividades que la han compuesto. También, no existe buena y respetuosa educación ni grandes propuestas con sublimes ideales, si no se dan en aquellos quienes las profesan con gran coherencia de vida.

¿Se dan cuenta Ustedes del flaco favor del rey abuelo, del que comentábamos al principio a su joven princesa? Aún hoy andamos por estos lares. Si hoy existe algo así como una ética civil, tendrá que identificarse, nos guste o no, con la moral social. No olvidemos que el Estado carece de toda competencia para decidir el bien y el mal en el sentido moral. Menos aún tendrá esa competencia en exclusiva.

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