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Diversidad cultural occidental

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Diversidad cultural occidental

Van llegando los buenos tiempos para el Mar de Alborán y otros, junto a todo camino que lleve a buen puerto a tantas gentes procedentes de mundos dispares dispuestos a la búsqueda de un cobijo en el viejo Occidente. Mientras, las sociedades occidentales, cada vez andan más pluriculturales. Algo tendremos de bueno cuando acuden a buen recaudo. Si ello marcha como arribamos , al igual que en tiempos muy pasados, convivirán, lo quieras o no, individuos procedentes de culturas diversas e incluso opuestas. Habrá entonces problemas que resolver que hoy día siguen sin acertar, determinando si tal convivencia entre personas procedentes de distintas culturas reclaman o no la subida más aún del dragón ardiente embellecido y reputado denominado "relativismo cultural".

De cierto es que la convivencia entre culturas acarrea dos aspectos a tener en cuenta: el internacional y el interno. Cierto autor pronosticaría en su momento que los futuros conflictos no vendrían de la mano del mundo ideológico, político o económico, como hoy parece verse entre China y Estados Unidos, sino serían las culturas de los pueblos y sus religiones quienes encenderían la mecha. No sabemos si lo veremos o se cumplirá, pero sí parece que la balanza se postula a que algunas culturas, las más pujantes, deberán aprender a coexistir.

Para que ello pase, hemos oído a más de uno, que debería existir una convivencia que hiciese florecer solo a las que sepan supervivir, más aún, si todas renuncian a la pretensión de tener por encima de todo la "verdadera razón". Justo así, con el tiempo, aunque parece nos saldrá caro el asunto, cabe la posibilidad que renuncien a la pretensión de imponerse mediante la mismísima fuerza. Pensándolo mejor, hasta es posible que el relativismo moral y cultural no fuese la causa de tal episodio. Desde el balcón occidental que vislumbramos nos cuestionamos si entre nuestras gentes existe algún atisbo de que normas y principios que tenemos, representan algo de nuestra propia cultura, si el humus que pisamos bajo nuestras sandalias tiene algo que ver con nosotros, o más bien, por el contrario, es vigente para todos los que lo pisamos, procedan de donde vengan . A ciencia cierta, la cultura occidental, al menos, deberíamos darle un cierto derecho de sobrevivir junto a otras.

Se pueden cuestionar si podríamos ahorcar nuestra cultura europea a fuerza de ser buenos hospitalarios. No nos olvidemos que galopamos en el peligro de defender tal pluralismo cultural en Occidente, mientras se difunde la hegemonía cultural y el mundo esgrimidor en otras civilizaciones. Aunque también cabe tener en cuenta que, viéndola como una cierta flojera, nos venga como agua de mayo una fuerza especial. Todo es posible. De todas formas, tal relativismo, no siendo muy consistente aunque sí testarudo, no es un fundamento preciso para esta convivencia cívica, aunque se las trae. Así, llegando a este punto, es posible que el problema lo tengamos más en nuestras entrañas que en las de los otros. Los tártaros de Constantinopla no nos están esperando en pleno mediterráneo, están conviviendo entre nosotros y son uno más. Quede claro que lo que nos amenaza es la barbarie interior, el propio mundo occidental.

Todo ello nos da qué pensar si la tolerancia frenética terminaría por destruirse a sí misma. Si no existe límite en la aceptación de las pautas culturales ajenas, las nuestras, las propias, quedarán en peligro. Y los límites no proceden sólo de las leyes que nos impongan ni del respeto a los derechos humanos, "ellas pueden ser cambiadas", incluyendo hasta nuestra propia Constitución, y éstos dependen en cuanto a su contenido de la fundamentación y de las distintas concepciones que tengamos acerca de la persona. El único límite eficaz que poseemos reside en las convicciones morales. Por lo demás, no es bueno jactarse en una arrogante superioridad de nuestra propia cultura europea. Existe claridad de que somos herederos de unas realidades culturales y morales ajenas y propias. Ni el mundo cristiano, ni la filosofía griega, ni el derecho romano son creaciones europeas. Nuestra Europa es heredera de esas tradiciones ajenas que aspiran a una validez universal. Lo que existe de universal en nuestra cultura es, en su mayoría, heredado. No tenemos, por tanto, un colonialismo cultural ni hemos de poseer la arrogancia suficiente en invitar a los demás a asumir unos principios que no son particulares, más que ello, son universales. Y si en otras latitudes, tema no improbable, se llegasen a defender mejor dichos principios y valores, no tendríamos que temer. Lo peor es que puede llegar algún día que se nos olvide. Así, llegado el momento, tal barbarie sería, más que posible, un futuro irremediable.

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