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Edu el Cocinero, por Jero Martínez

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Edu el Cocinero, por Jero Martínez
Eduardo era un niño de diez años, noble, bondadoso, sensible, cariñoso y servicial, que vivía en un conocido barrio del centro de la ciudad de Murcia.

De cara redondita, pelo castaño y peinado con raya al lado; ojos entre verde y marrón, color miel; nariz chata, labios rosados y de piel morena, con un peculiar lunar en la mejilla; su expresión siempre era risueña; algo rellenito, le sobraban unos kilos; muy dicharachero, de palabra fácil y sin ningún complejo.

Le encantaba comer, le daba lo mismo dulce que salado, picante, agridulce, todo para él era un placer; disfrutaba viendo comida, ¨se le salían los ojos de la órbita¨.

¡Qué expresión de felicidad irradiaba su rostro probando sabores, experimentando sensaciones! Tenía muy desarrollado paladar; era capaz de distinguir a ojos cerrados casi cualquier alimento, preparación, aroma culinario, mezcla de ingredientes; también era capaz de averiguar el punto de sal a través de su olfato.

Para él era como un acertijo, un juego que se tomaba muy en serio con el que se divertía y disfrutaba muchísimo.

Tenía un cuaderno que guardaba como “oro en paño¨, donde anotaba recetas tradicionales, familiares, y otras que buscaba indagando por libros de cocina, programas de televisión, YouTube e internet. Intervenía activamente en foros de cocina; tomaba nota de recetas, fórmulas y proporciones como si de un ¨alquimista¨ se tratara.

Cuando iba de viaje o a restaurantes le encantaba preguntar recetas y trucos a los cocineros, que sonsacaba gracias a su desparpajo y habilidad al adivinar los ingredientes. Tenía un encanto especial. También inventaba recetas cuidando hasta el mínimo detalle; unas las materializaba y otras no. Les ponía nombres muy originales.

Sus padres le dejaban experimentar en la cocina y se sorprendían de las exquisiteces que elaboraba. Pronto se dieron cuenta de los maravillosos dotes que Edu tenía, así como de su habilidad con el manejo de cuchillo
y demás herramientas de cocina.

Una de sus pasiones, además de hacer karate y jugar con sus amigos, era ir ¨al Mercado de Verónicas¨, uno de los mercados tradicionales de la ciudad, donde los productos eran excelentes.

Allí solía acompañar a sus abuelos los fines de semana. Le encantaba parar en las fruterías, hablar con los tenderos, preguntarle por verduras y productos que desconocía. Hacía lo mismo en pescaderías, carnicerías, puestos de encurtidos y salazones, en los despachos de pan y repostería.
Le chiflaba estar informado con todo lo que tuviera que ver con la gastronomía. Fueron
pasando los años, terminó el colegio y empezó el instituto.
Con esta nueva etapa se acabaron los años de felicidad de Edu. Comenzó lo que fue un calvario que duró dos
largos años.
La primera de sus malas noticias fue que, en su nueva clase, no coincidió con ninguno de sus compañeros del
colegio. Ahí empezó a ir la cosa regular. Ni Edu ni sus antiguos compañeros entendían por qué les habían
separado. Aunque las habilidades sociales de Edu siempre habían sido buenas empezó a sentirse retraído,
triste y raro. No es que anteriormente hubiera sido un estudiante brillante, pero lo llevaba todo muy bien,
además era muy creativo.
Todo empezó a cambiar; ya no era ¨el Edu de siempre¨.
Se miraba al espejo y se veía muy mal, gordo, no es que lo estuviera demasiado, aunque le sobraban unos
kilitos. Entró en una espiral que le perjudicó enormemente.
Empezó a no quererse, una de las peores cosas que le puede suceder a una persona.
Su autoestima quedó por los suelos.
Perdió interés por lo que más le gustaba; el placer por comer, investigar, cocinar, ir a comprar... Dejó de
acompañar a sus abuelos al mercado. Ya no hablaba con sus amigos. Se encerraba en su cuarto donde pasaba
todo el tiempo.
Su rostro dejó de irradiar alegría; el carácter le cambió.
Dejó de alimentarse; no saboreaba ni disfrutaba con la comida como antes; se cerró en banda. La anorexia se
apoderó de Edu.
Fue su peor enemigo.
Largos meses de tratamientos, pruebas médicas, varios ingresos hospitalarios y Edu iba a peor, hundido en
un pozo de aguas muy turbias.
Vivía obsesionado en contar calorías. Tenía estudiado al milímetro qué alimentos ¨según su criterio ¨, podía
comer y cuáles tenía prohibidos; qué podía mezclar y qué no.
De hecho, cuando salía a comer fuera con sus padres, tomaba una ensalada a la que añadía unas gotas de
aceite, y tiraba de los socorridos mejillones al vapor, dada la baja carga calórica que aportaban.
Se alimentaba de verse cada vez más delgado, disfrutaba cuando se miraba al espejo y se le marcaban los
¨huesos¨.
Un auténtico infierno para él y para su familia, que con tristeza y resignación veían cada día cómo
empeoraba su salud, vitalidad y buen carácter y se revertían justo a lo contrario.
Era muy duro verlo ingresado en el hospital, aislado y sin poderlo visitar apenas.
Pero sus padres lo preferían, porque estaban más tranquilos sabiendo que estaba controlado y se alimentaba
adecuadamente.
Después de dos largos años de pesadilla llegó el ansiado cambio, al visitar a una nueva doctora
especializada en la materia.
Se trataba de la doctora García, una psiquiatra experimentada, que supo dar el enfoque que Edu necesitaba.
Consiguió conectar con él y después de largos meses de terapia y tratamiento, afortunadamente todo comenzó
a normalizarse.
Fue difícil, pero el cambio se hizo posible con las herramientas adecuadas y mucho esfuerzo.
No fue sencillo, pero de todas las experiencias, por negativas y duras que sean, se aprende. Edu
dio un cambio espectacular y aprendió una lección que trataba de aplicar a diario, como que:
Es necesario acudir en búsqueda de ayuda cuando se necesita . No
por el hecho de ir a terapia estás “trastornado” ni estás loco.
Tenemos mucho que ganar, solucionando el problema y poniendo toda nuestra intención en el cambio.
Nadie está libre, le puede suceder a cualquiera, porque por fuertes que creamos que somos todos somos
vulnerables.
El sufrimiento no es solo para nosotros, sino para las personas que nos quieren.
Es importante conocer nuestras debilidades, aprender de ellas, fortalecernos y compensarlas.
Volvamos con Edu.
Pasada esta larga y mala experiencia todo fue cambiando y Edu terminó el instituto siendo el mismo de
siempre: amable, sensible, bondadoso y querido por sus compañeros y amigos.
Se trasladó al país Vasco donde comenzó a estudiar cocina en el Basque Culinary Center donde se formó
como cocinero.
Los profesores quedaron encandilados con lo brillante que era Edu, trabajó mucho y terminó sus estudios
siendo uno de los mejores de la promoción.
Ganó numerosos premios, trabajó en los lugares más selectos, le llegó la fama . Hizo programas de televisión
relacionados con cocina saludable y escribía libros que firmaba en sus promociones donde había largas colas
de fans expectantes.
Pero si la cocina era su forma de vida y le encantaba, había algo con lo que verdaderamente se sentía feliz:
ayudar a niños y adolescentes que atravesaban por una situación similar a la que él vivió.
Jero Martínez
Edu el Cocinero, por Jero Martínez - 1, Foto 1
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