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Ciudades más humanizadas

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Ciudades más humanizadas

Ya ha llegado la hora de cambiar el chip en transformar nuestros hogares para que sean auténticos espacios de descanso con olor a naturaleza y chirridos, silbidos o trinos procedentes de nuestras alamedas cercanas. Ante tanta mole y auténticos bunker con sabor a cemento y ladrillo rancio, parece que vivimos en contenedores dentro de una caja de zapatos y, nuestra casa, nuestros edificios, deberían ser el reto más hermoso al que se debería enfrentar la arquitectura contemporánea. Si observamos con un poco más de detenimiento, nuestras barriadas deberían oler a pan recién horneado y a libro nuevo, donde tal unidad debería conformar ciudades de altas cualidades y ahí tenemos a la mismísima Copenhague comprobando que su área metropolitana edifica, urbaniza y habita de forma sostenible, donde existe un equilibrio ambiental y social, de tal manera que no se producen impactos negativos, todo lo contrario,  generando en abundancia los positivos. Si me lo permiten, hasta las viviendas deberían ser autosuficientes y productoras de buena energía, donde los grandes edificios con mayor exposición al sol compartiesen su excedente en aquellas menos soleadas.

El mismo Londres, en pleno centro urbano, se está simplificando enormemente la cimentación ya que opinan que el levantarlos provoca menos ruido, menos camiones en la obra y mucho menos tiempo de construcción. Ya existen procedimientos técnicos para cambiar las propiedades de la madera y hacer que la vivienda reaccione a las condiciones de humedad, temperatura o exposición al sol. Dicen los expertos que la casa del 2050 será casa sin jerarquías, es decir, tendrá menos estancias pero de más tamaño. Nos situamos por tanto ante una mayor tecnologización y reducción de emisiones de gases contaminantes, ciudades y hogares inteligentes, urbanismos superpuestos, bloques verdes construidos con capas, renaturalización de los hogares, donde al final encontraremos la armonía de habitar en entornos amables.

Respecto a nuestro nuevo tipo de ciudad ha cambiado el paso por diversos países y, por lo que vemos, al igual que cambiamos el tipo de moda, de coches y de otros asuntos, siempre mejor para el bienestar de nuestra ciudadanía, el tipo de ciudad que hasta ahora hemos contemplado tiene los días contados y es que hemos de cambiar el patrón de “zonificación” y su clave está en desfragmentar la ciudad y así, recuperar el papel del urbanismo como humanismo, como un saber habitar que dirija un saber construir, elaborado con una mirada mucho más amplia que la entrega inconsciente del control de las metrópolis del futuro a la idolatría de la llamada “inteligencia urbana”.

Frente a las tendencias disgregadoras, el deseo de humanizar una ciudad está en el origen de movimientos de recuperación en espacios públicos y privados invadido por los automóviles. La primacía al ser humano y a sus capacidades relacionadas deben estar  por encima del pragmatismo funcional. Los apéndices compacidad, complejidad , conectividad y Ciudades Circulares  tienen mucho que decir ahora. Proponemos a continuación la defensa de una ciudad compacta frente a otra dispersa: la ciudad como una “máquina de encuentros”, como un gran mecanismo cultural que favorece la coincidencia de los diferentes, donde lo distinto aprende a convivir y a ser comunidad. Además de la compacidad, hemos de potenciar la complejidad, la mezcla de usos, el mestizaje ciudadano promovido. Esta característica asusta a los gestores pero facilita el encuentro de lo diverso y es el soporte fundamental de una correcta estructura de seguridad. La ciudad es tanto más segura cuanto más se vive y se comparte en ella, porque la coincidencia de personas y grupos distintos produce seguridad. Es el gran legado de las ciudades europeas, que son tan atractivas y seguras precisamente porque son densas, compactas y complejas.

Complejidad . Una ciudad es creativa si favorece el encuentro entre sus habitantes gracias a su estructura urbana y su infraestructura tecnológica. Así, la conectividad no solo debe pensarse como transporte sino también como accesibilidad a los servicios, redes energéticas o de información, a los mecanismos de retención de talento y generación de valor en el siglo presente. Todo ello implica que los problemas urbanos no se resuelven desde la especialización de quienes solo saben de tráfico, transporte, hidráulica, redes eléctricas, normativa, patrimonio, sostenibilidad, etc. La ciudad diseñada por especialistas es una ciudad fosilizada o pensada para el corto plazo, que rápidamente se quedará obsoleta. En cambio, una visión global de la ciudad como organismo vivo que se adapta en el tiempo se concibe como un lugar de mediación donde lo específico, también la herencia cultural, cualifica el espacio urbano y lo pone al servicio de la ciudadanía.

La ciudad circular la añadimos como último apéndice. Tal concepto ya lo hemos visto realizado en Francia, Helsinki y Países Bajos, donde se ha deseado tener una naturaleza próxima, que abandone la idea de territorio y la sustituya por la de paisaje integrado. Para ello, se debe renunciar a los viejos conceptos de zonificación, segregación o especialización de áreas funcionales que han conducido a la plena fragmentación del territorio urbano. Es hora de recuperar la ciudad como un todo, como un paisaje habitado, como un cuerpo en el que se vive y que interactúa con sus habitantes y donde, cada día más, lo público y lo privado deben aprender a colaborar para construir el modelo de la ciudad del futuro; la ciudad de la compacidad, complejidad, conectividad y la circular, todas “ces”, letra con la que también se escriben cultura, convivencia, conocimiento y cooperación: la ciudad de los ciudadanos.

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