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La ventana de Chicho

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La ventana de Chicho

Corrían principios de 2020. A raíz de tener que pasar unas semanas en casa, convaleciente por esa terrible enfermedad, hasta la fecha desconocida, llamada COVID19, Chicho se entretenía para calmar el miedo y la incertidumbre del “¿qué me pasará?”, “¿me curaré?”, “¿me quedarán secuelas?”... Las noticias sobre la pandemia acaparaban titulares; ver televisión desestabilizaba, desconcertaba y hacía empeorar a cualquiera; los medios de comunicación alimentaban el pánico. ¡Cómo estaba cambiando el panorama mundial!; dejando atrás costumbres, ocio, socialización de un día para otro, y la forma de vida de todas las personas de la faz de la tierra, situación que aterrorizaba.

Así que Chicho decidió centrarse en ver series, películas, navegar por internet y retomar en su vieja tablet antiguos juegos Arcade, que años atrás hicieron las delicias de todos aquellos que crecieron en los años ochenta, y ahora estaban de nuevo de moda. Las veinticuatro horas del día daban para mucho, por lo que se tuvo que reinventar.

Era gran amante de los animales, sobre todo de los perros.

Una de las cosas que peor llevó de estar aislado en su habitación, fue estar separado de Timi, su querida mascota, un bulldog blanco y marrón de 5 años; el no poder acariciarlo ni echar esos buenos ratos de paseo por el jardín. Mari Ángeles, dueña de una cariñosa hembra llamada Mica y amiga de Chicho, se hizo cargo, tanto de Timi mientras duró su encierro, como de abastecerlo a él de provisiones y exquisitos guisos cada día.

Según se iba encontrando mejor, Chicho se bajaba de la cama, abría la ventana, levantaba la persiana, respiraba y, desde allí, contemplaba la hermosa vista que daba a un enorme jardín donde verdeaban las morenas, palmeras y algún que otro rosal.

Desde arriba, comenzó a percibir distintas perspectivas y puntos de vista en situaciones cotidianas, antes inimaginables para él. Como defensor a ultranza de los perros, no entendía por qué había personas a las que molestaban las mascotas o no le gustaban. De hecho, se llegó a enzarzar en más de una bronca como pronunciado animalista. Verlo desde la ventana, le hizo cambiar de opinión. No es que dejaran de gustarle las mascotas, al contrario, le encantaban, pero observar desde fuera las situaciones que se generaban, le hizo entender, y respetar, que podía haber personas a las que las mascotas no les gustaran; también que algunos dueños, colegas suyos del parque, donde tantas tertulias, chismes y cotilleos tenían lugar, se comportaban de una manera bastante incívica.

Afortunadamente no eran todos, ya que sí había dueños de mascotas con un comportamiento ejemplar.

Algunos de aquellos primeros, dejaban el césped bien abonado, olvidando recoger la caquita de su perro, o bien lo dejaban suelto mientras mantenían largas conversaciones con otros dueños, al tiempo que las inocentes mascotas marcaban terreno haciendo pis en las puertas de edificios y comercios.

Bien es cierto que había personas a las que los perros daban pánico y actuaban desproporcionadamente, fruto del miedo o las molestias, que para ellos ocasionaban. Pensaban que las mascotas incordiaban a las personas y no entendían por qué no iban atadas ni al cuidado de sus dueños y ensuciaban el jardín. ¿Sería porque se les olvidaba a sus cuidadores que tenían que estar pendientes?. Más de un susto y discusión terminó generándose por ello, escuchándose siempre la misma negación malhumorada: “Eso no es cierto”, era el discurso de los furiosos dueños, que argumentaban que sus mascotas estaban muy bien adiestradas y educadas y, si no gustaban o molestaban, era porque eran unos insensibles o quizá porque no las dejaban tranquilas. Contestaban de mala manera a quienes reprochaban las inocentes actitudes caninas, donde lo más bonito que se podía oír era: ¨Pon una mascota en tu vida y todo cambiará”, seguido de algún que otro insulto al final de la frase.

Los otros no se quedaban atrás lanzando sapos, culebras y malsana verborrea en sus réplicas.

Desde la ventana observaba las acaloradas y los tensos asaltos entre defensores y detractores de los canes. Lo cierto es que ambas partes tenían sus derechos: eran consumidores de jardín y todos pagaban sus impuestos municipales.

Chicho se llegaba a sorprender, a la vez, de que con este espectáculo hacía sus tardes más llevaderas.

Aunque no iba a ser todo negativo; hubo un hecho que le impactó tanto, que no pudo evitar grabarlo con su móvil y subirlo a redes sociales, donde por cierto tuvo miles de visitas: el comportamiento ejemplar de Susana, una vecina invidente, que tuvo con Ringo, su perro guía .

Ese día Ringo se paró en medio del jardín a hacer sus necesidades, lo que no era habitual.

Susana sacó de su bolso una bolsita para recoger lo que su perro había hecho; palpando el césped, de rodillas, tomando como medida la pata derecha trasera de su compañero, fue buscando hasta que encontró el pastel que introdujo en la bolsa, anudó y depositó en la basura. Este hecho dejó a Chicho sin palabras. ¡Qué lección de civismo!. Si para Susana fue posible hacerlo mucho más lo sería para cualquier vecino.

Chicho se dio cuenta que había que hacer algo por solucionar esta situación de controversia generada, considerando que deberían comenzar por recoger firmas por medio de un “charge . org”, que reclamara una zona habilitada, acotada, donde las mascotas pudieran ejercitarse y hacer sus necesidades, dado que el jardín era inmenso y había espacio para separarlo en zona para perros y, otra, para juegos y parque; otra medida sería crear una comisión de vigilantes que tomaran nota de quiénes incumplían las normas básicas de convivencia y dieran parte de los mismos.

Tal era el caso del “fresco de Manolín”, un apañado vecino.

Lo que causaba una sensación de impotencia tremenda era ver “al faraón”, apodo que le puso por cómo se comportaba, infringir las normas cívicas de convivencia; hacía lo que le venía en gana; siempre móvil en mano, hacía como que no se percataba de que sus tres bonitos perritos campaban a sus anchas y hacían ¨pis y pum¨ en los diferentes portales, varías veces cada día.

Casualmente, todas las entradas a las fincas estaban marcadas, menos aquella puerta por la que salían y entraban alegremente cada día.

¡Qué bien adiestrados los tenía!; ¡qué estilo en eso de hacerse el despistado cuando alguien se dirigía a él para comentarle lo que hacían sus fieles compañeros!; era un fenómeno.

Como si no fuera con él y con cara de no haber roto un plato, a paso lento, cabeza inclinada, mirada al cielo perdida ,con la oreja calentita, concentrado, se alejaba del inoportuno reproche, que le despistaba de su interesante conversación telefónica.

Con el brazo izquierdo en jarra y la cabeza inclinada, sujetaba el móvil entre oreja y hombro; la mano que le quedaba libre, metida entre su cresta iliaca derecha y el reborde del sacro, por debajo del vaquero, ya te puedes imaginar dónde; caminaba desafiante en un gesto de alarde; ahí estaba el tío.

¡Qué estampa! Cada día a las cinco de la tarde, este simpático hombrecillo entraba a la tienda de Lee, el comercio de alimentación cercano, y compraba una bolsa de pan de molde.

Alimentaba a lo que en principio eran ocho o diez palomas que acabaron siendo más de cien.

¡Qué artista él! Más de una vez le reprocharon su gesto otros vecinos, ya que dar de comer a las palomas estaba prohibido; pero no era razón por su parte para dejar de hacerlo, ni mucho menos; de hecho, hacía caso omiso y lo repetía cada día.

Cuentan algunos que hasta trescientas palomas acudían al festín, dejando el suelo del parque hecho un “collage''.

Algún que otro enganche llegó a tener, defendiendo su postura, cargado de razones con su grave voz, escupiendo palabras sin sentido y argumentando que eran unas sobras de pan que tenía, que era la primera vez que lo hacía.

Siempre se alejaba contoneando la cabeza a la grave voz de “vamos, Monkey”, el más revoltoso de sus canes.

¡Qué regalo de la naturaleza divisaba Chicho desde sus cuatro paredes! Y ¡qué entretenido estaba! El canto de los pájaros amenizaba las largas jornadas a pie de ventana, junto con el movido ambiente del parque.

Entre piezas musicales de una emisora local de música nostálgica, videollamadas y llamadas de teléfono, mas con todos los acontecimientos, el reloj iba moviendo sus manecillas, caía el sol y llegaba la noche.

Otras veces, a ratos, según la mejoría en sus sensaciones, Chicho, comenzaba a moverse, iniciando así sencillas y cortas rutinas y ejercicios de respiración, estiramiento, fortalecimiento y movilidad de sus articulaciones, que iban alargándose a medida que pasaban los días un poco más; le venía muy bien ante tal inactividad.

Él mismo se sorprendió, al no ser persona de moverse mucho, cómo terminó enganchado a las sesiones de Pilates que le pasaba su amigo Roque, pues sentía mejoría y aliviaba tensiones musculares y dolores.

Encontró por momentos en la lectura otro entretenimiento que no duró mucho, pues nunca había sido un gran lector y hasta la fecha no había conseguido hacerse con el duende de la lectura.

Hacía alguna arrancada, pero no encontraba la chispa para continuar leyendo; pero sí encontró placer en plasmar historias acompañadas de dibujos a carboncillo; una manera de expresar, contar ocurrencias y vivencias verdaderas e imaginadas, que le distraían y hacían más llevadero los días que en los que la vida se le pasó a través de su ventana.

Estas acababan, gracias a la habilidad que Chicho tenía para la papiroflexia , transformadas en barcos de papel, pajaritas o cualquier otra figura, como aviones con mensajes que lanzaba ventana abajo a sus conocidos. A las siete de la tarde se formaba gran revuelo bajo su ventana, donde todos esperaban la hora del lanzamiento oficial de las mismas.

Se peleaban por hacerse con una de las figuras, que desplegaban para para contemplar la obra de arte que había dentro. Lo importante es que cumplían su cometido, conseguían sacar emociones atrapadas en el subconsciente, que de otra manera no salían al exterior

Jero Martínez

La ventana de Chicho - 1, Foto 1
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