"El capirote", por Manuel Olmeda

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Nuestro lenguaje es dinámico y complejo, desconozco si por fortuna o desventura. Dinámico, porque asimila cualquier voz cuyo uso sea generalizado, sin exigir pureza u origen. Complejo, porque es abundante en localismos con extensión concreta fuera de la cual son enigmáticos e incomprensibles. A la vez, hay viejas expresiones cada día más vigorosas, plásticas y comunes. Me refiero, verbigracia, a “tonto del capirote” y “sambenito”. En estos tiempos desequilibrantes, turbulentos, de peligrosa locura, podríamos utilizar su carga despectiva para señalar a individuos que se ajusten al apelativo; mientras, de forma clemente, a otros (también muy significados) intentaríamos descolgarles el “sambenito” colocado espuriamente, con mala fe. ¿Lograríamos así poner las cosas en su sitio? No, porque el “tonto de capirote” es inconsciente y el que arrastra injustamente su “sambenito” sin reprobarlo debiera ser beatificado.

Ambas expresiones tienen origen impreciso, aunque el que se cimienta en la Inquisición y la gravedad del pecado/delito/herejía, desde un punto conceptual, supone acercarse gráficamente a la realidad. Se cuenta que la Santa Inquisición, tribunal que luchaba contra las corrientes heréticas medievales, castigaba a los reos con un gorro en forma de cono invertido que llamaban capirote. Quien lo llevaba recibía la burla, no exenta de escarnio, y el remoquete de tonto (“tonto del capirote”). Si la culpa era menor, se le colocaba encima un capotillo infamante (“sambenito”) que indicaba reconciliación con el Santo Tribunal. Posteriormente, y fieles a los sentimientos que despierta el tonto de capirote, se llamó “capirote” al uniforme estudiantil con birrete incluido, cuya desaparición se realizó en mil ochocientos veintiocho. Los más ensoberbecidos con el atuendo eran los alumnos menos aventajados, los mediocres, de ahí el sobrenombre de “tontos del capirote”.

Tropo es figura retórica que consiste en sustituir una expresión por otra relacionada con la primera. Metonimia es el tropo que sustituye un signo por la cosa significada. Así, si decimos “el capirote” nos referimos a persona que consideramos escasa de luces; es decir, de mente poco despierta. Emplearíamos metonimia, por ejemplo, cuando en lugar de mencionar a Sánchez utilizáramos como sobrenombre “el capirote”. Alguien podría presuponer que mis expresiones, en este y otros artículos, suponen afrenta grave a personas determinadas. Si llamo al pan, pan y al vino, vino, nadie negará que son definiciones y nunca ausencia de consideración. Mientras no se introduzca otro quehacer distinto, el político —en su servicio diario— debe enaltecer al ciudadano con actos y formas serios, fecundos. Su repugnancia al deber atrae actitudes aguerridas, iracundas.

Desde el primer momento, Sánchez se ha ganado a pulso tan ajustado remoquete: “el capirote”. Considero imposible encontrarse con una persona tan pretenciosa, ególatra y adulterina a la vez que hueca, necia y veleta. Estos días, con ocasión de tener a su alcance figuras estelares del mundo civilizado, se le ha visto pordiosear entrevistas y fotos para ver si puede crearse una imagen ad hoc dentro y fuera de nuestras fronteras. Hemos conseguido realizar el mejor escaparate factible; en verdad, extraordinario. Madrid, la ciudad más segura del mundo durante la Cumbre, presentaba un aspecto sensacional. Como anfitriones no hemos defraudado y España, por unos instantes, ha sido el foco cultural y político del mundo entero. Otra cosa distinta es que hayamos conseguido los objetivos previstos, básicamente blindar el flanco Sur europeo y proteger Ceuta y Melilla.

El capirote, pandilla incluida, cree haber revestido —tal vez levantado— su hundimiento político por boca de unos andaluces hartos de trapicheos, antes en las Instituciones Autonómicas y ahora nacionales. Es la primera voz mayoritaria y potente, eco incluido, que manifiesta amplio rechazo a un grupo de vividores que, a poco, quedará convertido en estrépito colectivo. Sus hipotéticos éxitos personales conseguidos días atrás con más desfachatez que denuedo, son frutos de un día. Hoy, nadie se acuerda de la reunión de la OTAN en Madrid salvo individuos que tengan intereses concretos. El ciudadano de a pie vio un espectáculo inducido, virtual; sorteándosele además una contemplación efectiva, tangible. Resurge sensibilizado el país de ayer, el del IPC que aboca a la pobreza, una deuda descontrolada cuyo rostro dibuja miseria para varias generaciones y un trabajo, pese a generosa y maquillada propaganda, precario, que lleva a la exclusión social. 

Este encapirotado aprendiz de Maquiavelo ofrece —y estamos en maitines, es decir, sin haber empezado la precampaña— subvenciones para toda la población. El problema surge cuando cualquier individuo se pregunta de dónde va a salir tanto dinero. Solo hay dos respuestas: deuda pública o subida de impuestos. Al final, se perpetúa un mismo “pagano”: el propio perceptor. Esta estafa similar al tocomocho tiene como protagonista, en ambos casos, a un individuo (estándar, pero histriónico, o fulero con diferentes máscaras de ilustrado) cuya única misión es confundir y engañar. Así, los mayores fiascos se convierten en éxitos rotundos ante la complicidad ignominiosa de medios sumisos a su prestatario. Los males proceden de la guerra de Ucrania cuando deuda, déficit, paro e IPC, entre otras magnitudes económicas negativas, son muy anteriores a su inicio.

Leo las alabanzas que el equipo de Yolanda Díaz, ella misma, airean con arrogancia y boato. Sin participar del jolgorio, sino motivado por experiencia familiar, expongo el siguiente caso que deduzco serán centenares de miles en toda España. Tengo un hijo mayor de cincuenta años, diplomado en empresariales, para más señas, y con otras dos carreras posteriores, que, tras años de paro, le han dado trabajo para quince días. ¿Es para cantar y contar victoria? Respondan ustedes mismos. Este gobierno, astuto “cocinero y maquillador”, atesora total desconfianza cuando ofrece datos e informes. Cualquier autenticidad significaría yerro involuntario o confabulación. Llega ahora un esperado paripé entre los coaligados a causa del aumento OTAN en mil millones de euros. Sin embargo, no habrá ruptura porque eso supondría castigo para todos: el paro.

No crean que existe monte ayuno de orégano porque, en política, toda espesura está llena de él. Ya conocen el refrán: “en todos los sitios cuecen habas y en mi casa a calderadas”. “Capirotes” (memos, lelos, torpes, necios, y resto de retahíla) los hay en todas las siglas, si bien es verdad que varían procederes y cuotas. Anteayer, Moreno Bonilla homenajeaba a Blas Infante en su ciento treintaisiete aniversario con el ritual y boato característico. Un político previsiblemente monárquico y nacional —juicioso, revestido de solvencia intelectiva— evita actos de ensalzamiento cuyos protagonistas sean individuos republicanos y federalistas, como mínimo. Seguramente satisfizo a cuatro votantes suyos, coyunturales de izquierdas o andalucistas, pero cabría preguntarse cuántos votantes natos se cayeron del guindo. Con estrategas de tal molde y huérfanos en retórica desvergonzada, el PP se apunta a una oposición imperecedera, aun existiendo crisis insoportable.

Manuel Olmeda Carrasco

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