El pueblo del siete

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El pueblo del siete

Cuenta la leyenda, que siete montañas más allá de donde el deshielo de la nieve bañaba el curso del río con cristalinas aguas, existía un pueblo de ensueño. El sol iluminaba los aterciopelados campos ,el espectáculo de luz y color era continuo. Trepaban madreselvas en primavera ,forjaban bellas esculturas que dibujaban hojas verdes. Al llegar el verano las flores daban color y el fucsia de la echinacea estampaba su manto en el horizonte.

Era un verdadero espectáculo, que guiaba el camino hacia el interior del poblado donde se encontraban las encaladas y adosadas casas blancas de sus habitantes. Le seguían de cerca, inundando con su dulce fragancia el ambiente y haciendo el respirar de los paseantes un placer paralos sentidos, las lavandas, que desprendían su aroma cuando el viento las acariciaba y cuando soplaba el levante a distancias inimaginables lo trasladaba.

Caminar entre álamos, mimosas, árboles del paraíso, gigantes laureles, eucaliptos, aromáticas y rosales que desprendían altruistamente partículas odoríferas que los receptores olfativos de los transeúntes que por allí transitaban detectaban y discriminaban para deleite de sus sentidos. Quedaban encandilados por los cantos de los pájaros, que armónicamente hacían sonar sinfonías que embrujaban. Como si de un encantamiento se tratara, convirtiendo el paseo por sus alamedas en una experiencia inolvidable para los sentidos. Así lo describían los visitantes que llegaban a ese maravilloso lugar, apenados se marchaban por el escaso tiempo que les dejaban estar.

Solo estaba permitido parar unas horas, siete era el máximo de tiempo concretamente, ni tan siquiera se podía pernoctar. De hecho no había hoteles, ni espacios disponibles para dormir ni descansar. Solo se podía seguir el sendero que contaba con diecisiete largos kilómetros de recorrido. Era la distancia de la colorida caminata desde su inicio a final, situándose enclavado el pueblo a 7,7 kilómetros del camino desde su inicio.

Sin embargo, aquel idílico y singular lugar ,para los lugareños, era muy diferente. Para ellos todo era pena y amargura a pesar de la belleza del lugar. La tristeza quedaba impregnada en sus rostros aunque la trataban de disimular con la simpatía y amabilidad que mostraban hacia cualquier visitante.

Lo que a ojos de los forasteros era una delicia, se convertía en un infierno para las personas que vivían allí. Desde que treinta y siete años atrás, el terrateniente que gobernaba , les obligara a beber una pócima envenenada reinaba la avaricia, odio y envidia. Así que todos y cada uno de sus habitantes, pagaban las consecuencias ,de los actos de tan miserable señor.

Era difícil creer que este maravilloso lugar, ocultara en sus adentros tal desagradable secreto. Andreom, así se hacía llamar, castigaba sin piedad a todos los nacidos en el lugar y los ponía a su servicio, con maltrato, humillación e interminables jornadas de trabajo de sol a sol. Nada más nacer, se ocupaba personalmente de inyectarles unas gotitas de su maléfico brebaje.

De nuevo les obligaba a beber un recordatorio de dicho conjuro a la edad de siete años, siete veces al día, del que solo él conocía la fórmula.

Con intención egoista y malvada, transformaba su voluntad y los adiestraba, dejando anulada la capacidad para que pudieran tomar cualquier decisión que no fuera la de obedecerle.

Aquellos que no sucumbían a sus instrucciones porque pócima no hacía el efecto por él deseado, los encerraba en las profundas, tenebrosas y oscuras mazmorras de unas cuevas , que solo él creía conocer.

Tristes y angustiados pasaban los días los habitantes del pueblo del Siete. Desesperados estaban todos, aunque existía una solución para poder salvarse de la maldición del extraño conjuro.

Se trataba de Mena, una sabia anciana, que conocía los secretos y beneficios de todas las plantas e hierbas del lugar.

Cuando Andreom se percató de su habilidad, la encerró en su fortaleza, donde llevaba años presa y custodiada en horribles condiciones.

Según él pensaba, ella era únicamente quien podría anular los efectos de la pócima. Por lo que al tenerla entre rejas, el tendría el problema resuelto. Pero la sabia anciana había sido precavida y se encargó de transmitir sus conocimientos a una huerfanita, que siempre la acompañaba en la recolección de hierbas .

Evam que así se llamaba, hasta la edad de 7 años recibió muchos de sus aprendizajes. Justo antes de que la anciana fuera encerrada. Se encargó de dar muy claritas las indicaciones a la niña.

Escribió todas sus anotaciones en un viejo cuaderno, que enterró junto al séptimo álamo a la entrada del pueblo a siete pasos de donde se proyectaba el primer rayo de sol del alba. Se encargó de que Evam lo recordara y tuviera presente cuál era su misión.

Llegó el día, según las indicaciones que la anciana había marcado, a la edad de tres veces siete , veintiún año contaba Evam, el mes siete a las siete de la tarde, tendría que arriesgar su vida, para acabar con el malhechor señor Andreom.

Evam se fue preparando para el día, trabajando duro a lo largo de los años y cuando llegó el momento, preparó la ansiada fórmula, esperanza de la salvación del pueblo. Ahora quedaba lo más difícil y arriesgado ,hacérsela tomar al infame y malvado señor, sin que él fuera consciente de lo que estaba haciendo y de las nefastas consecuencias que tendría para él.

Así estaba reflejabo en los escritos del viejo cuaderno de la anciana. Dada la dificultad de la situación, Evam nuestra intrépida heroína, estuvo inquieta muchos días antes, muchas noches sin dormir. ¡No era para menos!, hasta que llegó un revelador sueño que la tranquilizó.

Ahí le vino la inspiración. Preparó el conjuro, lo inyectó en las fucsias flores de echinacea y otras herbáceas aromáticas.

Las abejas revoloteaban atraídas ,extrajeron el néctar y lo convirtieron en rica miel. Evam se encargó de recolectarla y como no de hacerle llegar al avaro señor toda la cosecha de miel, a la hora y tiempo acordado.

Dada su avaricia, acaparó todos los botes, pues todo quería controlar. Era tal su aroma y buen sabor , que Andreom al probar no podía para de comer, se dio un banquete de rica miel. Fue tal el empacho, que al terminar , quedó paralizado.

Justo a los siete minutos de haberlo ingerido, hizo su efecto. De manera que el pueblo quedó libre, Evam liberó de las profundidades a los allí encerrados. Las emociones negativas que tanto dañaban a cada uno de los habitantes se transformaron en positivas.

A partir de ahí, todos vivieron en paz y armonía y brilló La Paz y el bienestar en ese maravilloso lugar. Misteriosamente la longeva anciana continuó al lado de Evam, siguió transmitiendo bondad y sabias enseñanzas a sus habitantes por mucho tiempo más.

El pueblo del siete - 1, Foto 1
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