Democracia a la carta

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Democracia a la carta

Hemos oído hablar del concepto de Democracia a derechas e izquierdas españolas , pero lo sentimos, no nos cuadran sus teorías ni con el hacer ni con el decir. Posiblemente, hace unos años en el Parlamento Nacional Andorrano parecían tenerlo mucho más claro que este país con tantos años de historia y mimada por medio mundo. Todos la entienden de distinta manera y esta es una realidad. Observamos tergiversaciones, suplantaciones y hasta malentendidos, pero de la democracia a nivel de "excelencia" y "calidad", en el sentido representativo y liberal , por más que buscamos ni las encontramos en el Desgobierno Español, ni Parlamento Catalán, ni en la Asamblea Regional de López Miras, ni en el mismísimo Feijóo. Es posible que tales malentendidos surjan de introducir en la concepción representativa y liberal principios opuestos a ella.

Si echamos una mirada encontramos clamorosos ejemplos y síntomas de tales malentendidos. Recuerden cuando el Gobierno considera que las críticas de la Iglesia Católica a su proyecto de extender la institución del matrimonio a las uniones homosexuales entraña una falta de respeto al mismo Parlamento, y por ello, a la soberanía nacional y una ilegítima intromisión en la política. Bien es verdad que tal anatema socialista sólo es exhibido cuando la Iglesia se opone a sus decisiones, no cuando las apoya. Y también es cierto que no considera intromisiones las tomas de posición de otras instituciones y grupos sociales. Así, el resultado es que la Iglesia debe callar mientras que, se ponga por caso, una Asociación de Gays del Bajo Aragón donde tiene todo el derecho del mundo a opinar. Otro ejemplo nos lo suministra el derecho que se concede a la mayoría parlamentaria en las comisiones de investigación de impedir comparecencias solicitadas por una minoría. Tema que, por cierto, no sucede en otros muchos países democráticos.

Podríamos decir que, el método político que posee cierto valor moral, pero que no nos garantiza la moralidad de sus resultados, pues ellos dependerán, del criterio y formación moral de la mayoría de los ciudadanos. Se concede, por lo demás, una valoración excesiva al consenso como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral. Si fuese dudoso en el ámbito de la política, es falso en el orden moral. Pensamos más de uno que si es dudoso en el ámbito político, debe ser falso en el orden moral. Un diálogo verdadero puede ser el auténtico camino para descubrir la verdad, pero nunca para inventarla o crearla. El acuerdo de voluntades es una excelente fórmula para determinar el contenido de las leyes, pero nunca para discernir entre el bien y el mal en sentido moral. Pensemos de cierto que la democracia es una forma de gobierno pero no un método científico ni un criterio de la moralidad. Es una condición necesaria, pero no suficiente, de la justicia, pero no tiene nada que ver con la verdad, ni en sentido filosófico, ni científico ni moral. Expresa un acto de voluntad, una forma de tomar decisiones colectivas. Pero la mayoría, por bien que lo tengan empapados muchos, no necesariamente tienen la razón. Lo que tiene es la fuerza democrática. Si se abusa de ella finaliza terminando en tiranía. Y abusa cuando reclama a la minoría no solo el cumplimiento de la ley sino también la identificación de su propia opinión mayoritaria con la justicia y la verdad.

La formación de la opinión mayoritaria requiere la existencia de determinadas condiciones sin las que la democracia no puede existir. Así, el respeto a la decisión mayoritaria debe ir unida al respeto a las minorías y a la libertad de crítica. La opinión mayoritaria no posee por sí un carácter sacrosanto sino meramente cuantitativa.

Andan por ahí algunos que se creen demócratas, más bien extraviados, a quienes les desasosiega la posibilidad de que una religión o una doctrina filosófica se atribuyan el conocimiento o la posesión de la verdad. Y los pobres piensan, podrían llegar a pensar, que tamaña pretensión destruye la democracia a manos del dogmatismo oscurantista. Que se sosieguen un poco. Ni las leyes lógicas ni las teorías científicas se oponen a la democracia. Tampoco las verdades reveladas por la religión. Donde, desde luego, no se encuentra la verdad es en las Ejecutivas de los partidos ni en las votaciones parlamentarias y, entre otras razones, porque no es su misión la de determinar lo verdadero y lo falso. Cuando Platón, Tomás de Aquino o Husserl aspiran a establecer la verdad filosófica, ni acatan ni se oponen a la democracia. Están a otro nivel. Sólo quienes desean imponer por la fuerza a la mayoría (y a la minoría) su propia opinión vulneran la democracia. Estos ejemplos de los que se habla lo hemos oído y visto desde las altas esferas del Gobierno Regional Murciano en el apadrinado que tiene en Murcia el Sr. Feijóo. Luego…no miren solamente hacia la Moncloa.

Solo faltaría que la Ilustración y la democracia consistieran en liberar al hombre de la autoridad de Dios para someterlo a la tiranía de la plebe. Los laicistas frenéticos, tanto de Ciudadanos, Socialistas, Populares y nuestros "Verdes" olvidan el fundamento religioso (cristiano) de la democracia y, despreciando lo que ignoran, socavan los fundamentos de los principios a los que se adhieren. No existe mejor fundamento de la igualdad y de la dignidad de toda persona que su condición de hijo de Dios, ni más firme base para la solidaridad y la fraternidad que la hermandad de todos nosotros como hijos del Creador. Por lo demás, obedecer a los hombres, a las mujeres, puede ser servidumbre; obedecer a Dios es libertad. Todo cristiano sabe que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Opinamos que se le debe conceder a la mayoría el derecho a gobernar, si bien no de forma absoluta e incondicionada, mas no le concedemos el derecho a legislar en el ámbito a la moral, a lo ético, propio de la conciencia y no de la opinión pública.

SECRETARÍA NACIONAL DE FORMACIÓN, ESTUDIOS Y PROGRAMAS DE "VALORES".

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