El silencio que me habla

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El silencio que me habla

No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en verdadero silencio. No me refiero al silencio físico —ese que se logra apagando la tele o silenciando el móvil—, sino al silencio interior: ese espacio íntimo donde dejo de hablar, de opinar, de reaccionar… y me limito a escuchar. Escuchar al otro, sí, pero sobre todo escucharme a mí mismo. Porque he descubierto, con el tiempo y no sin resistencia, que en ese silencio es donde aparecen las verdades que el ruido cotidiano me oculta.

Hace años leí una frase atribuida a Pitágoras: “La educación del alma comienza por aprender a oír. En el silencio se descubren las verdades que el ruido nos oculta.” Al principio, me sonó poética, casi mística. Pero con los años, esa frase se volvió una especie de brújula. Pitágoras, ese filósofo que fue tanto matemático como místico, exigía a sus discípulos cinco años de silencio antes de permitirles hablar. Hoy, en pleno siglo XXI, me pregunto si no bastarían veinte minutos diarias para escapar de la vorágine de la hiperactividad moderna. No es fácil, pero sí necesario: hablar menos, escuchar más. No solo a los demás, sino al mundo interior que tantas veces ignoro por miedo o comodidad.

He tenido la inmensa suerte de aprender a escuchar. Y cuando lo he hecho de verdad —sin interrumpir, sin anticipar respuestas, sin juzgar—, las personas me han llevado a mundos que jamás imaginé. En sus palabras no solo escuché historias, sino latidos: miedos que escondían, ilusiones que las mantenían vivas, heridas que aún sangraban en silencio. Escucharlas no me hizo más sabio, pero sí más humano. Y, paradójicamente, en ese acto de acoger al otro, me encontré a mí mismo. Descubrí rincones de mi interior que me gustaban… y otros que prefería ignorar. Pero ahí estaban, esperando ser vistos, nombrados, aceptados.

Con el tiempo, entendí que hay una diferencia abismal entre oír y escuchar. Oír es pasivo: el sonido entra, el cerebro registra, y ya. Escuchar, en cambio, es un acto de presencia. Es abrirle la puerta a alguien con todo tu ser. Es decirle, sin palabras: “Estoy aquí, contigo, sin prisa, sin agenda”. En una época donde todos queremos ser escuchados, pero pocos estamos dispuestos a escuchar, este gesto se ha vuelto radical. Casi subversivo.

Lo mismo ocurre con el silencio. Hoy lo tememos. Lo llenamos con música, con podcasts, con el zumbido constante del pensamiento acelerado. ¿Por qué? Porque en el silencio aflora lo que hemos estado evitando. Nuestras contradicciones, nuestras inseguridades, los proyectos basados en teorías débiles que construimos para sentirnos seguros. Escucharnos nos obliga, muchas veces, a cambiar. Y cambiar duele. Prefiero, entonces, mantener el ruido. Pero he aprendido que el ruido solo distrae; no sana.

He empezado a practicar el silencio como quien cultiva un jardín. No espero flores al primer día. A veces solo hay maleza, confusión, ansiedad. Pero si me quedo, si respiro, si no huyo… poco a poco, aparece algo más claro. Algo más sereno. Como ese estanque del que habla mi intuición: en la superficie, hojas secas, algas, ruido. Pero si dejo que las aguas se asienten, descubro que abajo hay una transparencia que sacia el alma. No soy mis pensamientos caóticos, ni mis miedos, ni mis errores. Soy también esa calma profunda que solo se revela en el silencio.

Mi deseo no es convertirme en un ermitaño, sino en un ser más presente. Más capaz de mirar sin juzgar, de escuchar sin intervenir, de callar sin huir. Porque he notado que cuando escucho de verdad, el mundo se vuelve más íntimo, más real. Las conversaciones dejan de ser intercambios de opiniones y se transforman en encuentros. Y en esos encuentros, florece algo que ya casi no vemos: la empatía genuina, la complicidad sin palabras, la ternura sin expectativas.

Vivimos en la era de la sobre-comunicación, pero también de la profunda soledad. Tenemos más canales que nunca para hablar, pero menos espacios para ser escuchados. Por eso, he decidido hacer una apuesta personal: reservar cada día un tiempo para callar… y escuchar. A veces escucho el viento. Otras, el latido de mi propio corazón. Y en los mejores momentos, escucho esa voz suave que me recuerda quién soy cuando no trato de impresionar a nadie.

No necesitas cinco años de silencio, como los discípulos de Pitágoras. Quizás baste con esos veinte minutos. Con un café en silencio. Con caminar sin auriculares. Con cerrar los ojos y preguntarte: ¿Qué hay en mí que necesita ser oído?

Porque al final, el silencio no es ausencia. Es presencia. Y en esa presencia, descubro que no solo escucho al mundo… también me escucho a mí. Y en ese acto, me reconcilio con mi humanidad.

Miguel Cuartero

Orientador Familiar

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