Un mundo sin árbitros

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Un mundo sin árbitros

No estamos viviendo una etapa convulsa más. Estamos atravesando un punto de inflexión histórico en el que el orden internacional construido tras décadas de guerras, pactos y equilibrios precarios, comienza a resquebrajarse de forma alarmante. Y lo más preocupante no es solo el ruido, la tensión o las amenazas explícitas, sino la normalización del abuso como forma de gobierno y de relación entre países.

Durante años se nos dijo que el mundo avanzaba hacia una globalización basada en normas compartidas, diálogo y cooperación. Ese relato hoy hace aguas. Lo que emerge con fuerza es un modelo donde el poder económico, político y militar se utiliza sin pudor para imponer intereses particulares, muchas veces ligados al beneficio personal de quienes gobiernan y de sus círculos más cercanos.

Algunas figuras, y no hace falta dar nombres, no son una anomalía aislada, sino la expresión más visible de una corriente más amplia. Su proyecto no consiste en gobernar fortaleciendo instituciones, sino en subordinarlas. El Estado deja de ser un marco común para convertirse en una herramienta al servicio del líder y de los suyos. La ley molesta, los jueces estorban, la prensa incomoda y la diplomacia se percibe como una pérdida de tiempo.

Este fenómeno no surge de la nada, tiene raíces claras. Una de las más importantes es el declive relativo del dólar como moneda hegemónica. Cada vez más países comercian utilizando otras divisas, establecen acuerdos bilaterales fuera del sistema financiero tradicional y buscan reducir su dependencia de un modelo que durante décadas ha beneficiado de forma desproporcionada a unos pocos. Este movimiento, legitimo y soberano, es interpretado por ciertos poderes como una amenaza existencial.

La respuesta no ha sido el dialogo ni la adaptación a un mundo multipolar, sino la imposición. Aranceles punitivos, sanciones selectivas, presiones económicas y amenazas no tan veladas sustituyen a la negociación. El derecho internacional pasa a ser un obstáculo que se ignora cuando conviene. Se impone la lógica de la fuerza, quien no se somete, paga las consecuencias.

Lo verdaderamente inquietante es que este comportamiento no busca necesariamente una guerra mundial, pero tampoco la descarta. Se juega con el conflicto como herramienta política, convencidos de que siempre serán los vencedores o de que el coste recaerá en otros. Es una irresponsabilidad histórica. Las grandes catástrofes nunca empiezan de golpe, se gestan cuando se toleran abusos pequeños, luego medianos, hasta que el sistema entero colapsa.

Este modelo comparte rasgos comunes en distintos países, liderazgo personalista, desprecio por los contrapesos democráticos, utilización del nacionalismo como coartada y conversión de la política en un negocio privado. No importa tanto la ideología como el método. La lealtad al líder sustituye a la lealtad a la ley, y el conflicto permanente se convierte en forma de gobierno.

El mundo empieza a parecerse peligrosamente a un patio de recreo sin adultos. Cuando hay un abusón, el problema no es solo su conducta, sino el silencio del resto. Si nadie lo frena, el abuso se normaliza y se extiende. En política internacional ocurre exactamente lo mismo. La pasividad, el miedo o el interés inmediato acaban siendo cómplices del atropello.

No todo vale, no puede valer todo. Existen fronteras, leyes, tratados y principios que no son un capricho, sino una necesidad básica para la convivencia global. Defender un orden internacional basado en reglas no es ingenuidad, es supervivencia. Respetar la soberanía de los países no es debilidad, es civilización.

La pregunta decisiva no es hasta dónde quieren llegar quienes actúan así, porque la respuesta es clara, llegarán tan lejos como se les permita. La verdadera pregunta es qué está dispuesto a tolerar el resto del mundo. Si se acepta que el poder sustituya al derecho, el desenlace será inevitablemente destructivo.

Tal vez ha llegado el momento de que sociedades, instituciones y países dejen de mirar hacia otro lado. Porque este despropósito no afecta solo a unos pocos. Afecta al planeta entero y al futuro de las generaciones que vendrán.

Y la historia, cuando se repite, nunca lo hace como advertencia, sino como tragedia.

Pensar, reaccionar y poner límites hoy es la única forma de no lamentarlo mañana.

El silencio también es cómplice. Cuando el abuso se tolera en silencio y las reglas se quiebran para unos, el peligro deja de ser ajeno y se convierte en el destino de todos.

CONCHI BASILIO

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