Hay personas que ya no recuerdan la última vez que se levantaron sin miedo. No miedo a una catástrofe concreta, sino ese otro, más sordo y persistente, que se instala en el pecho cuando la nómina no alcanza, cuando el alquiler sube, cuando la luz vuelve a encenderse, cuando la enfermedad aparece y el margen económico es inexistente.
Vivimos en estado de vigilia permanente. Como si la vida se hubiera convertido en una sucesión de sobresaltos, crisis económicas encadenadas, guerras lejanas que encarecen lo cotidiano, mercados inestables, discursos crispados, noticias que anuncian colapsos y futuros inciertos. Todo ello desciende, gota a gota, hasta los pisos modestos, las cocinas pequeñas, los desayunos apresurados antes de ir a trabajar.
Quienes dependen de un sueldo fijo, y más aún quienes lo ven peligrar, conocen bien esa presión invisible. No se trata solo de llegar a fin de mes, es la imposibilidad de planificar, de proyectar una vida con serenidad. Comprar una casa, tener hijos, ayudar a los padres mayores, permitirse enfermar sin que el miedo económico se cuele en la habitación del hospital. El futuro se ha vuelto corto, casi doméstico, sobrevivir al mes siguiente ya es una victoria.
La fatiga emocional no aparece de golpe, se filtra en la piel, en los hombros encogidos en el transporte público, en las conversaciones que giran siempre alrededor del dinero, en la irritabilidad que estalla por nimiedades, en el cansancio que no se cura durmiendo. Es un agotamiento moral, la sensación de estar siempre defendiendo algo que se tambalea.
A esta presión material se suma un clima social saturado de alarma. Las redes sociales multiplican la percepción de amenaza, los informativos compiten por el titular más inquietante, los debates públicos se convierten en trincheras. La ansiedad colectiva encuentra altavoz y termina colonizando la intimidad. Hay hogares donde se cena con el televisor encendido como si fuera una sirena de fondo, recordando constantemente que el mundo es frágil y que conviene no relajarse demasiado.
Pero el ser humano no está hecho para vivir permanentemente en guardia. La biología del miedo, útil para huir del peligro inmediato, se vuelve corrosiva cuando se cronifica. La alerta continua erosiona la paciencia, debilita la empatía, vuelve ásperas las relaciones. Se discute más en casa, se escucha menos al compañero de trabajo, se pierde la capacidad de celebrar lo pequeño porque todo parece provisional.
Especialmente cruel resulta este estado para quienes no tienen colchón económico. El trabajador que revisa la cuenta bancaria cada noche, la madre sola que calcula mentalmente la compra antes de llegar al supermercado, el autónomo que vive pendiente de un ingreso que no llega, el jubilado que ayuda a hijos y nietos con una pensión ajustada. No son cifras en un informe, son biografías que se reescriben cada mes con lápiz y goma.
Y, sin embargo, rara vez se habla de esta fatiga como problema político o social. Se trata como una debilidad individual, "hay que ser resiliente", "adaptarse", "no dramatizar". Como si la resistencia emocional fuera un recurso infinito, como si la angustia pudiera disciplinarse a base de frases motivadoras.
Tal vez haya llegado el momento de reconocer que una sociedad agotada es una sociedad peligrosa para sí misma. Cuando el cansancio se vuelve norma, el enfado se convierte en lenguaje común y la esperanza en un lujo. De ese caldo surgen los extremismos, la desconfianza mutua, la tentación de buscar culpables rápidos a problemas complejos.
No se trata de negar la realidad ni de pintar futuros ingenuos. Se trata de algo más elemental, recuperar el derecho a no vivir permanentemente asustados. A pensar en el mañana sin que la primera emoción sea el cálculo. A que trabajar vuelva a ser sinónimo de estabilidad y no de carrera de obstáculos.
Quizá el termómetro más fiable de una época no sea el crecimiento económico ni los índices bursátiles, sino la tranquilidad con la que una familia se sienta a la mesa sin repasar mentalmente facturas, hipotecas y fechas límite. Cuando ese gesto cotidiano se vuelve excepcional, algo profundo se ha roto.
Mientras tanto, millones de personas siguen despertando cada día con la sensación de que el suelo es menos firme que ayer. Y aun así salen, trabajan, cuidan, resisten. No por heroísmo, sino porque no queda otra. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una vida vivida en alerta sin que termine pasando factura colectiva.
