Sade y sus 120 días de Sodoma

Autor:

Por María Beatriz Muñoz Ruiz

Sade y sus 120 días de Sodoma

¿Sabéis eso que se dice de que siempre atraen los rebeldes? Pues igual me pasa con la literatura: es leer algo sobre la biografía de un autor adelantado a su tiempo o repudiado por la sociedad debido a sus obras, y es como si me pusieran a James Dean con una cazadora de cuero negra encima de una Harley-Davidson.

Eso fue lo que me pasó con el Marqués de Sade. No recuerdo dónde comencé a leer sobre él, pero fue descubrir que sus libros se prohibieron y que él mismo pasó 30 años encerrado en prisión, y ahí que me lancé a investigar más sobre su vida.

En 1801, Napoleón Bonaparte ordenó el arresto de Sade tras la publicación anónima de Justine, calificándola de "obra depravada". Durante más de un siglo, sus libros circularon solo en ediciones piratas, escondidas en la sección prohibida de las bibliotecas. Al llegar a este punto, el Marqués ya tenía toda mi atención. Cuando leí que el editor Jean-Jacques Pauvert decidió sacarlo de las sombras y publicar sus obras completas de forma legal en Francia, pensé que, si un editor se arriesgaba a hacer eso, sería porque sus obras eran buenas y no tenían nada de depravadas. Como buen ser humano, conforme iba leyendo iba juzgando en mi cabeza a los "antiguos y prehistóricos" ancianos que lo habían censurado por nada. Por supuesto, nunca juzgué a Napoleón, sino a la Iglesia que lo había influenciado para tomar esa decisión.

El caso es que el Estado francés llevó a Pauvert a juicio por "ultraje a la moral pública". Y, aunque intelectuales como Jean-Paul Sartre o Georges Bataille defendieron el valor literario de Sade, el tribunal ordenó la destrucción de los libros y prohibió su venta. No fue hasta finales de los años 60 cuando la censura empezó a ceder gracias a la presión de los movimientos de libertad de expresión.

Llegados a este punto, ya me tenía totalmente conquistada. Ahora tocaba decidir cuál de sus novelas iba a leer y, ante cualquier duda existencial, en vez de consultarlo con la almohada, lo consulto con la IA. Le pregunté por qué novela me recomendaría empezar. La IA me sugirió varias que, según ella, eran "más ligeritas", pero a mí nunca me ha gustado gatear; soy impaciente por naturaleza. Así que, en vez de gatear, decidí correr directamente y leer Los 120 días de Sodoma.

Mi elección no solo se debió al título provocador, sino al dato que leí sobre la obra: es un rollo de papel de 12 metros de largo que Sade escondió en su celda de la Bastilla. Se perdió durante la Revolución Francesa y no fue recuperado hasta mucho tiempo después. Hoy es considerado Tesoro Nacional de Francia. Cosa que no entiendo, pero bueno, no voy a adelantarme.

Sade argumentaba que la naturaleza es cruel y que el ser humano tiene derecho a seguir sus instintos más violentos. Atacaba directamente a la religión, la familia y la estructura del Estado, lo cual era visto como una invitación a la anarquía total. La obra es un diario detallado de cuatro nobles libertinos que se encierran en un castillo aislado para ejecutar 600 perversiones. Lo que comienza como una aventura sexual termina convirtiéndose en un horror absoluto, supuestamente para demostrar hasta dónde podría llegar el ser humano si se le despoja de toda moral. Son cuatro hombres encerrados que representan a una sociedad podrida: el Duque de Blangis para la Nobleza, el Obispo para la Iglesia, el Presidente de Curval para la Justicia y el Banquero Durcet para el Capital.

Los 120 días de Sodoma es una crítica a la sociedad de poder, a esos a los que les sobra el dinero y pueden comprar y destrozar vidas humanas a su placer. Y después de decir que el Marqués de Sade no creo que tuviera que imaginar demasiado para conocer la crueldad humana, y que estoy de acuerdo en que su obra muestra lo peor del ser humano, he de confesar —creo que con orgullo— que no fui capaz de terminar la novela; me quedé a la mitad.

Al principio no podía creer la crueldad de los protagonistas y su perversión sin culpa, pero me dije: "Es solo una novela, es ficción, dale otra oportunidad". Así que seguí leyendo, indignándome y asqueándome con cada frase. Estuve sin leer dos días; nada más pensar en retomar la lectura me hacía sentir mal. Deseaba terminar aquel libro cuanto antes y aún no sé por qué le di tantas oportunidades. Pero un día llegué al límite. Lo que Sade describe no es placer; son escenas de tortura, degradación y una falta absoluta de humanidad. La lectura se vuelve un sinfín de horrores que te revuelven el estómago.

Es posible reconocer que Sade fue un filósofo importante que intentó describir los límites del deseo y el poder, pero eso no hace que su lectura sea menos asquerosa. He pasado de la curiosidad biográfica a la náusea literaria. La censura de su época, quizás, no solo temía a sus ideas políticas, sino que reaccionaba al mismo horror visceral que yo he sentido al cerrar sus páginas.

Esto es como cuando ves un cuadro abstracto que no tiene forma alguna y, por mucho que te digan que es una gran obra de arte, tú sigues viendo un montón de pintura tirada en el lienzo. Con esto quiero decir que, igual es una gran obra literaria y yo no la entiendo, pero creo que los libros van dirigidos a los lectores y, sintiéndolo mucho, he de decir que se trata de la peor novela que he leído en mi vida: la más asquerosa, degradante, depravada e inmunda.

Muchos pensaréis que estoy exagerando, pero cuando llegaron a la escena del vómito de una boca a otra, ya no pude más. Mi estómago se revolvió y decidí que todo tenía un límite. Es de esos libros que prefieres ni comentar, de esos que deseas olvidar y no entiendes cómo pueden estar a la venta.

Entonces me asalta una duda: ¿Qué ocurriría si ese libro cae en manos de gente joven? Intentamos censurar las redes sociales —cosa con la que estoy de acuerdo— e intentamos censurar lo bélico o protegerlos de cualquier peligro que pueda dañarlos, pero… ¿toda la literatura es buena? Quizás lo pensamos porque, si no leemos, no sabemos lo que leen nuestros hijos.

Dad una vuelta a eso; quizás deberíais revisar las lecturas de vuestros hijos. Ah, no, olvidad lo que os he dicho: ahora se lee poco.

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