Existe una ilusión que corrompe la política desde sus cimientos: creer que liderar es una plataforma para proyectar nuestra visión personal, nuestras ambiciones, nuestra necesidad de reconocimiento. Cuando un político proclama "mi plan", "mi visión", "mis logros", está revelando una concepción del poder como propiedad personal, como patrimonio del ego. Esta apropiación transforma lo que debería ser un ejercicio temporal de representación en una identidad permanente donde el político es protagonista y los ciudadanos meros espectadores.
La trampa es sutil. Para llegar al poder, uno debe creer en sus capacidades, soportar críticas, cultivar cierta coraza psicológica. El problema surge cuando esa coraza necesaria para ascender se convierte en una prisión una vez en el poder. El político queda atrapado en su propia narrativa heroica, incapaz de distinguir entre el rol que temporalmente ocupa y su identidad personal.
Consideremos la diferencia fundamental: algunos líderes llegan al poder preguntándose "¿qué puedo hacer yo?", otros "¿qué necesita hacerse?". La primera pregunta centra la ecuación en el individuo, en su legado, en cómo será recordado. La segunda descentra al yo, lo convierte en instrumento antes que en fin. No es que el líder genuino carezca de ego, es que ha aprendido a subordinarlo a algo más grande que sí mismo.
Esta subordinación no es falsa humildad. Es el reconocimiento profundo de que el poder político es siempre prestado, delegado, condicional. El político no posee el cargo, lo habita temporalmente como administrador. Esta comprensión transforma radicalmente cómo se toman decisiones. El líder genuino no pregunta "¿cómo me afectará esto?", sino "¿qué sirve mejor al propósito para el cual me han confiado este poder?".
El líder centrado en sí mismo vive ansioso por su imagen. Cada crítica se siente como ataque personal porque no distingue entre su persona y su función. No puede admitir errores porque eso implicaría reconocer una falla en su identidad. No puede delegar porque necesita el crédito. No puede retirarse porque ha fusionado su sentido de propósito con la ocupación del cargo. No puede tomar decisiones impopulares pero necesarias si dañan su imagen, ni apoyar ideas ajenas mejores que las suyas si eso implica ceder protagonismo.
La paradoja del liderazgo egoísta es que, precisamente por estar obsesionado con su propia grandeza, el líder se vuelve pequeño. Su horizonte se estrecha al perímetro de su propia carrera. Pierde la capacidad de ver el panorama completo porque está demasiado ocupado estudiando su propio reflejo. En contraste, el líder que ha trascendido su ego se expande. Puede abarcar perspectivas múltiples porque no necesita que todas validen su visión. Puede cambiar de opinión cuando la evidencia lo demanda porque su identidad no depende de tener siempre la razón. Puede formar equipos de personas más capaces porque su seguridad no proviene de ser el más inteligente en la sala.
Hay momentos reveladores donde esta distinción se hace cristalina. Cuando un proyecto fracasa, el líder egoísta busca a quién culpar; el genuino asume responsabilidad y extrae lecciones. Cuando surge una crisis que requiere sacrificios, el egoísta calcula su costo político; el genuino pregunta qué es lo correcto. Cuando aparece un sucesor con potencial, el egoísta lo neutraliza; el genuino lo mentoriza, entendiendo que su verdadero legado no es cuánto tiempo permanece en el poder, sino la fortaleza de lo que deja detrás.
Esta diferencia no es innata. Los líderes pueden aprender a trascender su ego, pero requiere un trabajo interior que pocas veces se discute. Requiere desarrollar "conciencia de rol": la capacidad de observarse desempeñando una función sin confundirse con ella. Requiere humildad intelectual para decir "no sé" o "me equivoqué". Requiere construir una identidad que no dependa de ocupar cargos de poder. Requiere, fundamentalmente, resolver quién eres cuando no estás en el cargo.
Los sistemas políticos deberían promover este liderazgo, pero hacen lo contrario. Los incentivos premian la autopromoción y la construcción de cultos a la personalidad. Los medios personalizan todo como drama entre individuos. La cultura política glorifica a los "líderes fuertes" que nunca admiten dudas, confundiendo rigidez con fortaleza.
Cambiar esto requiere reimaginar qué significa el liderazgo exitoso. No es quien acumula más poder o permanece más tiempo. El líder genuino es quien fortalece instituciones más allá de su presencia, quien cultiva liderazgo en otros, quien toma decisiones pensando en horizontes que exceden su propia vida política, quien puede retirarse sabiendo que dejó algo más fuerte de lo que encontró.
Esta visión no es idealismo ingenuo, es profundamente pragmática. Los líderes que trascienden su ego toman mejores decisiones porque procesan información sin los filtros de la vanidad. Construyen equipos más fuertes porque no necesitan aduladores. Generan más confianza porque su coherencia no depende de calcular constantemente cómo los perciben. Dejan legados duraderos porque no están construidos sobre su personalidad sino sobre instituciones y valores que los sobreviven.
El verdadero poder no está en cuánto puedes acumular para ti, sino en cuánto puedes movilizar en otros. La grandeza de un líder se mide no por el tamaño de su ego sino por la magnitud del propósito al que sirve. Al final, cuando el cargo se ha ido y los reflectores se han apagado, lo único que permanece es si utilizaste ese momento temporal de poder para servir o para servirte.
El liderazgo genuino comienza precisamente donde termina la obsesión con uno mismo. Comienza cuando el político deja de preguntarse "¿cómo me veo?" y empieza a preguntarse "¿a quién sirvo?". Solo entonces, paradójicamente, alcanza la estatura que tanto ansiaba cuando estaba centrado en sí mismo. Pero para ese momento, ya no le importa.
Jose Antonio Carbonell Buzzian
