Educador Ambiental
Uno de los grandes objetivos del proceso permanente de la educación ambiental es que los individuos y las comunidades, entre otras muchas herramientas, adquieran la determinación para actuar, para pasar a la acción en la resolución de los impactos ambientales que estamos infringiendo al planeta. Es el más complicado de conseguir, se lo garantizo.
Todos sabemos, cada vez más, lo que está pasando y lo que debemos hacer, pero no lo hacemos, ya sea por comodidad, pereza, pasotismo, falta de tiempo, de recursos, de habilidades o por la inercia de la manada, porque vemos que nadie lo hace, incluso aquellos que por responsabilidades legales, éticas y políticas tienen la obligación, la oportunidad y los medios para hacerlo. Siempre hay una buena excusa para escurrir el bulto, mirar para otro lado y justificar la inacción, y al final, como decían nuestros mayores, el uno por el otro, la casa sin barrer.
Este fin de semana hemos organizado en mi pueblo, El Ejido, dos actividades de voluntariado ambiental, de participación ciudadana para limpiar la naturaleza, el bien común. Lo más desagradable y que menos nos apetece de todo lo que podríamos hacer para concienciar y sensibilizar sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente. A nadie le gusta recoger la basura, la mierda (disculpen la grosería, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre) que los incívicos tiran impunemente, generando una serie incalculable de impactos ambientales, sociales, económicos y contra nuestra salud.
La primera ha sido una limpieza de ramblas; es la segunda que hacemos desde la Plataforma Ejido Sostenible. En esta ocasión, la hemos realizado con el Ayuntamiento y APROA, en representación del sector agrícola, porque la mayoría de los residuos provienen de los invernaderos; esa es la realidad, nos guste o no, por mucho que lo queramos matizar, maquillar y justificar.
Las tres patas del banco social, administraciones, empresas y sociedad civil, que saben que hay que dejarse de diferencias y trabajar conjuntamente, porque el problema de las basuras nos tiene desbordados y debemos buscar soluciones entre todos, que al fin y al cabo, sin lugar a dudas, queremos lo mismo. Pero quiero añadir un matiz que considero importante: este tipo de acciones de voluntariado ambiental nunca deben partir de las administraciones, porque es reconocer que no son capaces de hacer su trabajo. Otra cosa, y fundamental, es que colaboren, participen codo con codo, pero nunca deben liderar una convocatoria de este tipo, porque da la sensación de que lo que buscan es una bonita foto y mano de obra barata, trabajadores que no pueden o no quieren pagar.
La segunda en las playas de Guardias Viejas, organizada de manera casi improvisada, emocional y unánime por diferentes colectivos locales, que nos dimos cuenta de que, después del tren de borrascas, infinidad de pequeños plásticos, todos con el mismo origen, cubrían las dunas donde crece una gran variedad de especies que protegen nuestras playas y que, para no dañarlas, es inviable limpiar con maquinaria y hay que hacerlo a mano. Un ecosistema que, es justo decir, en otros municipios se ha hecho desaparecer en pos del turismo, pero que en el nuestro se mantiene ofreciéndonos en el verano, además de refrescar las temperaturas, un precioso manto de azucenas, juncos, taráis y perejil marítimo, entre otras muchas especies.
Dos acciones que me han dejado una sensación agridulce, de sentimientos y emociones enfrentadas. Por un lado, la satisfacción de ver que la sociedad civil, la ciudadanía, los colectivos, tienen fuerza para movilizarse y movilizar a las administraciones. Por otro, la tristeza de que seguimos siendo muy pocos, aunque la participación va en aumento, y que el problema de los residuos y las basuras nos está sobrepasando como sociedad. No es una particularidad nuestra, sino generalizada a nivel planetario, en todos los sectores, en cualquier lugar, aunque de forma local lo enfrentemos de forma más o menos efectiva.
Y si queremos abordarlo, limpiar no es la solución; las administraciones deben también tomar la determinación para pasar a la acción, para ir al origen del problema y tomar medidas valientes, inauditas hasta el momento, aunque sean poco populares, y les cuesten, además de dinero, algunos votos que no quieren perder, como poner más vigilancia, modificar los sistemas de gestión, prohibir envases de los que sabemos nadie se hará cargo, poner cuantiosas multas a los desaprensivos y mucha educación cívica para recordarles la importancia de la naturaleza, del bien común.
Me quedaré con la parte positiva: hemos pasado a la acción, juntado casi un centenar de vecinos y retirado casi cuatro toneladas de residuos, y sobre todo porque hemos demostrado que juntos somos más fuertes, nos reforzamos unos a otros y pensamos soluciones que por separado no se nos ocurrirían.
