El ruido de los otros

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El ruido de los otros

Hay lugares donde el silencio no existe. No porque falten los sonidos, sino porque siempre hay una conversación en marcha, la de la vida ajena. En los entornos pequeños, aunque no solo en ellos, las historias viajan deprisa, cambian de forma y acaban pareciéndose poco a lo que realmente ocurrió. Basta una frase escuchada a medias, una decisión que alguien no entiende o una ausencia demasiado visible para que comience el relato.

Así nacen las versiones. No necesariamente desde la maldad, sino desde la mezcla de curiosidad, tiempo libre y esa vieja inclinación humana a mirar hacia fuera antes que hacia dentro. El problema es que las versiones, cuando se repiten, adquieren peso. Y el peso de una historia construida puede caer sobre quien nunca tuvo oportunidad de contar la suya.

Hay una comodidad extraña en observar la vida de los demás. Permite opinar sin riesgo, sentir una falsa superioridad y, sobre todo, evitar la mirada propia. Se habla de lo que hizo el vecino, de por qué se separó alguien, de quién no volvió, de lo que se sospecha, aunque no se sepa. Y mientras tanto, la vida personal queda en pausa, como si comentar sustituyera a vivir.

Quizá por eso el tiempo desocupado puede convertirse en un terreno fértil para el juicio. Cuando faltan proyectos, inquietudes o espacios donde volcar la energía, el foco se desplaza. La conversación ajena ocupa el lugar que podría ocupar la lectura, el aprendizaje, el paseo sin prisa, la creatividad, el cuidado de uno mismo o la simple curiosidad por el mundo. No es solo una cuestión moral, es también una cuestión de horizonte.

Porque cada hora dedicada a vigilar la vida de otros es una hora que no se invierte en la propia. En ese tejido de comentarios hay una dimensión especialmente dolorosa, cuando el rumor nace dentro del círculo cercano. A veces, por intereses, por conflictos no resueltos o incluso por beneficio propio, algunos familiares dejan caer frases ambiguas, insinuaciones o medias verdades que saben que otros completaran. No hace falta afirmar, basta sugerir. El resto lo hace la cadena de interpretaciones.

Cuando eso ocurre, la herida es doble. No solo pesa la historia que circula, sino el origen de esa historia. La confianza se resquebraja y la persona afectada descubre que defender la verdad resulta mucho más difícil que construir la sospecha. La bola sigue creciendo porque cada repetición añade una capa de apariencia de certeza.

Resulta llamativo que, en esa dinámica, la exigencia siempre sea extrema. Se detecta la paja en el ojo ajeno con precisión microscópica, mientras la viga propia permanece invisible por costumbre. Todos tenemos contradicciones, errores, decisiones difíciles, zonas que preferimos no explicar. Todos sin excepción, guardamos silencios.

Recordarlo debería bastar para introducir prudencia en cualquier comentario.

Sin embargo, el rumor tiene una fuerza antigua, crea pertenencia. Compartir una historia, aunque sea incompleta, genera la sensación de formar parte de algo. El precio, a veces, es la simplificación de una vida compleja en una etiqueta fácil, y las etiquetas, cuando se fijan, pueden acompañar durante años.

Frente a eso, existe una alternativa sencilla y exigente a la vez, ocuparse. No como huida, sino como elección. Buscar intereses, aprender algo nuevo, implicarse en actividades culturales, sociales o creativas, recuperar conversaciones que no giren en torno a personas ausentes. Llenar el tiempo de contenido propio reduce de manera natural la necesidad de llenar el de otros. Ocuparse es una forma de respeto, hacia uno mismo y hacia los demás.

También convendría recordar que la verdad rara vez es pública en su totalidad. Cada historia tiene capas invisibles, el miedo que no se contó, la enfermedad que no se nombró, la renuncia que nadie vio, la valentía silenciosa que no genera titulares. Opinar sin conocer esas capas no solo es injusto, es, sobre todo, incompleto.

Tal vez la madurez colectiva empiece ahí, en aceptar que no necesitamos saberlo todo ni comentarlo todo. En comprender que la discreción no es indiferencia, sino una forma de humanidad. En elegir conversaciones que construyan en lugar de desgastar.

Porque, en el fondo, todos tenemos bastante que callar, y mucho, muchísimo, que vivir. El rumor hace ruido, pero la verdad siempre tiene más resistencia que eco. Antes de repetir una historia, conviene recordar que todos somos protagonistas de alguna que preferiríamos que nadie contara.

CONCHI BASILIO

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