Cuidar no debería empobrecer

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Cuidar no debería empobrecer

Hay trabajos que no figuran en ninguna nómina, pero sostienen el mundo. No tienen horario, ni vacaciones, ni reconocimiento público. Se hacen en silencio, en la cocina de madrugada, en la sala de espera de un hospital, en la habitación donde alguien llama por tu nombre porque ya no recuerda nada más. Cuidar a quien nos cuidó es uno de ellos.

Durante años, a veces décadas, miles de personas reorganizan su vida para atender a un padre que enferma, a una madre dependiente, a un familiar que pierde autonomía. No lo llaman sacrificio, lo llaman amor. Pero el amor, cuando se prolonga en el tiempo, tiene un coste que rara vez se menciona, tiempo propio que desaparece, oportunidades laborales que se pierden, cansancio acumulado que no encuentra relevo.

El cuidado es un trabajo invisible, se aprende sobre la marcha, sin manual ni reconocimiento. Se gestiona la medicación, las citas médicas, la higiene, la alimentación, los miedos del otro y los propios. Se sostiene la casa, el empleo, cuando es posible, y una vida que empieza a girar en torno a la fragilidad. Muchas personas reducen jornada, renuncian a ascensos o aceptan condiciones peores para poder llegar a todo. No porque quieran, sino porque alguien tiene que hacerlo.

Y casi siempre, ese alguien es una sola persona.

Ahí aparece la soledad del cuidador. La que no se ve en las fotografías familiares ni en los discursos públicos. Promesas de ayuda que se diluyen, hermanos que viven al margen, instituciones que llegan tarde, trámites que agotan. El cuidado continuado desgasta el cuerpo y la mente, pero también estrecha el mundo. Se vive pendiente del siguiente imprevisto, de la siguiente caída, de la siguiente noche sin dormir.

El problema no es cuidar, el problema es hacerlo sin red. Porque el tiempo dedicado al cuidado tiene consecuencias que se arrastran hasta la jubilación. Reducir jornada implica cotizar menos. Cotizar menos significa, años después, una pensión más baja. Así, quien sostuvo la vida de otros descubre que su propia seguridad se ha debilitado. No por falta de esfuerzo, sino precisamente por exceso de entrega.

Es una paradoja difícil de aceptar, una sociedad que beneficia al cuidado familiar, que evita costes sanitarios, residenciales y sociales, termina penalizando a quien lo proporciona. Como si el amor fuera una elección privada sin impacto colectivo. Como si esas horas no hubieran evitado colapsos, sufrimiento y gasto público.

La jubilación, que debería ser descanso, se convierte entonces en espejo. Aparecen las cifras y con ellas la sensación de una doble factura, la del desgaste vivido y la del reconocimiento insuficiente. Después de más de cuarenta años trabajando, dentro y fuera de casa, muchas personas comprueban que dar más no siempre significó recibir lo justo.

No se trata de colores políticos ni de reproches fáciles. Se trata de una pregunta ética que atraviesa a cualquier sociedad que envejece, ¿puede el cuidado convertirse en un factor de desigualdad? ¿Es razonable que quien sostuvo a los demás llegue a su vejez con menos protección?

Cuidar no es un asunto privado, es un pilar social. Sin cuidadores, los sistemas no funcionan, sin personas que acompañen, el modelo se rompe.

Reconocerlo no es un gesto simbólico, implica políticas , cotizaciones protegidas, apoyos reales, relevo. Implica entender que el tiempo dedicado a sostener vidas también construye país.

En España, donde la dependencia crecerá en los próximos años, mucho más, esta conversación ya no puede posponerse. No por quienes cuidan hoy, sino por quienes lo harán mañana. Porque todos, tarde o temprano, ocuparemos alguno de los dos lados del cuidado.

Dar la vida por otros no debería empobrecer la propia. El cuidado nace del amor, sí, pero la justicia no puede depender solo de la generosidad individual. Una sociedad se mide también por cómo protege a quienes sostienen a los más vulnerables.

Si la labor de una ama de casa merece una ayuda económica, ¿por qué cuidar y trabajar a la vez termina restando derechos en lugar de sumarlos?

No se entiende que el cuidado se aplauda en los discursos y se penalice en la pensión. Quien levantó su jornada en la empresa y su jornada en casa no debería llegar a la jubilación con menos, sino con el reconocimiento que se ganó dos veces.

Porque el cuidado no puede ser, nunca, la razón por la que una vida de trabajo doble valga menos, cuando le llega la hora de jubilarse, restándole dinero en la etapa cuando más lo va a necesitar. No es lógico, como tantas otras cosas.

CONCHI BASILIO

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