Cada uno de nosotros, si lo piensan, poseemos una disposición básica hacia el conocimiento, cierta forma de desenvolvernos en el mundo a medida que nos llegan bengalas que vencer. Algunas personas se sienten atraídas por saber de dónde surge cierta cuestión. Les gustan los rompecabezas y disfrutan aprendiendo el porqué de tal asunto. Otras, indiferentes al aprendizaje, no ven ni entienden ventaja alguna en preguntarse cuestiones de cierta relevancia. Luego, por la razón que sea, otros han desarrollado una especial antipatía ante cualquier búsqueda de lo que merece la pena preguntarse en esta vida. También, cómo no, si nuestros poderes públicos bajan el nivel educativo, no lo duden, por pura ignorancia también podrán hacer con nosotros aquello que les venga en gana.
Buscar y poseer cierto conocimiento no solamente es una búsqueda cognitiva, no, también andamos por el mundo emocional. Buscamos y anhelamos deseos y éstos, en la medida que se vean resueltos o malogrados, los sentimientos pueden verse comprometidos.
Dada la rapidez del hoy, en breve espacio de tiempo, podemos desarrollar un amor u odio a la verdad que nos llene de un apasionado sentido del propósito. Puede acontecer un choque de emociones, en el que el deseo de defender nuestra ignorancia se alce como un poderoso adversario del deseo de escapar de ella. Nuestras mismas opiniones, donde nos creemos ser auténticos Homeros, desde una extensión de nuestro ser, aparece una especie de prótesis y, cuando se nos ataca o descarta, sentimos un balazo profundo en nuestro ego. Y cuando se demuestra que las opiniones que defendemos son erróneas, nos sentimos avergonzados o mucho más que ello, perdemos la cordura.
Si es bueno entender que, detrás de cada afirmación existe un sujeto, un afirmador, y es él, ella, no su afirmación, quien hiere nuestro enfermizo orgullo. Matemáticos, científicos y otros de la misma calaña, aquellos que debaten sobre asuntos muy lejanos de la vida cotidiana pueden ser tan dogmáticos y susceptibles como cualquier partido político.
En algún momento muchos declinamos la oportunidad de descubrir cómo es algo en realidad. Renunciamos incluso, voluntariamente, a la oportunidad de conocer la verdad sobre lo que acontece por miedo a que se pongan al descubierto verdades que nos dejarían fríos como témpanos. Preferimos la ilusión de la autosuficiencia y abrazamos nuestra ignorancia por la única razón de que es nuestra. No nos importa que por terquedad dejemos pasar una oportunidad de ser felices. Preferimos hundirnos con el barco a que borren nuestros nombres del casco.
Así que, mientras sacudimos la cabeza ante aquellos encantados por charlatanes y demagogos, no nos eximamos. Todos deseamos saber, y queremos no saber. Aceptamos la verdad y nos resistimos a ella. La mente va y viene, jugando al tenis consigo misma. Pero no parece un juego. Parece como si nuestras vidas estuvieran en juego. Y así es.
En cuanto a la virtud y la competencia para gobernar sería interesante preguntarnos ¿qué le sucede a un país, a una democracia con votantes plagados de ignorancia, de valores, con falta de saltar al ruedo para librar a su país?,¿Qué podemos esperar?
MARIANO GALIÁN TUDELA
