El milagro aragonés: “El Conjuro Producciones” una generación que no pidió permiso para soñar

Autor:

Por José Luis Ortiz Güell

El milagro aragonés: “El Conjuro Producciones” una generación que no pidió permiso para soñar

Han tenido que pasar cuatro ediciones de los Premios ‘La Torre de Babel’ para que anunciasen el nombre de la productora ganadora en la categoría de empresas culturales emergentes, tres jóvenes, Diego, Claudia y David que estaban en distintas filas del salón de columnas de Caja Rural de Aragón se levantaron al mismo tiempo. Eran de El Conjuro Producciones.

Hay proyectos que nacen con estrella y otros que nacen con presupuesto. Los primeros suelen durar más. El Conjuro Producciones, la iniciativa que acaba de ser distinguida en estos galardones que reconocen el talento joven aragonés, pertenece a esa estirpe rara y emocionante de proyectos que parecen construidos con hilo de coser y voluntad de hierro.

El fallo del jurado, hecho público este viernes coincidiendo con el Día de la Radio, destaca de esta productora algo que en los tiempos del pelotazo y la inmediatez suena casi a herejía: "fuerte creatividad, capacidad real de producción, espíritu colaborativo y vocación de crecimiento dentro del ecosistema audiovisual". Tres jóvenes que hacen películas sin pedir permiso, que se ayudan entre ellos y que, contra todo pronóstico, están consiguiendo que esto funcione.

¿Por qué "El Conjuro"? Los no iniciados preguntan. Los iniciados sonríen. El conjuro es aliarse con alguien, en general mediante juramento para un fin, que en este caso es cumplir sueños comunes.

La ironía es tan gruesa que abriga: en un mundo donde la industria audiovisual española lleva décadas repitiendo fórmulas, imitando modelos y mirando de reojo lo que se hace fuera, estos muchachos han decidido tomarse la revolución en serio.

Pero no una revolución de manifiestos y pancartas. La suya es más silenciosa y más honda. Es la revolución de los que cogen una cámara y se van al monte a filmar sin esperar subvenciones. La de los que entienden que el talento joven no es una categoría de consolación, sino el único futuro posible.

La cuarta edición de los Premios ‘La Torre de Babel’, organizados por la Fundación Caja Rural de Aragón y Aragón Radio, ha recibido 58 candidaturas. Sobre el papel, es una cifra modesta si la comparamos con los macroconcursos madrileños. Pero quien conoce Aragón sabe que aquí cada proyecto es un milagro de logística y vocación. Porque esto no es Madrid. Aquí no hay grandes estudios, ni rodajes con catering, ni focos encendidos las veinticuatro horas. Aquí hay frío en invierno, distancia entre pueblos y una tozudez ancestral que los aragoneses llamamos "pundonor".

El Conjuro Producciones ha entendido algo que las grandes corporaciones llevan décadas ignorando: el talento no entiende de geografías, pero arraiga mejor en tierra fértil. Por eso su reconocimiento en estos premios no es un punto de llegada, sino de partida. Es la confirmación de que se puede hacer cine desde la periferia sin renunciar a la calidad, de que lo local puede ser universal sin traicionarse.

Mientras ellos recogían el galardón, en otras categorías se premiaba también a Guillermo Borao Navarro por su novela “Esconderé mi rostro”, una reflexión sobre la culpa y la identidad que bien podría ser el germen de uno de sus próximos cortometrajes. O a “Virginia Clara y sus ilustraciones para Oficina de objetos perdidos, ese álbum infantil que demuestra que la imaginación no entiende de edades. O a Emma Calvo Olloqui, cuyo texto No dejes pasar esta oportunidad aborda temas sociales con una puesta en escena efectista de recursos mínimos.

El ecosistema, extraño y valiente. Porque el talento joven en Aragón no es una colección de islotes, sino un archipiélago que empieza a conectarse.

El futuro no se espera, se construye.

Cuando esa noche Íñigo Rubio Muñoz recogía el premio por su cortometraje Simplemente, Ser, una historia construida a través de la voz interna de un protagonista que recorre una dolorosa trayectoria personal, probablemente no sabía que estaba sentando un precedente. Porque Simplemente, Ser y El Conjuro Producciones comparten algo más que la procedencia geográfica: comparten una manera de entender el arte como herramienta de exploración interior, como espejo donde mirarnos sin trampa ni cartón.

La productora ha anunciado que esto no es más que un acicate para seguir con este proyecto tan ilusionante, un sueño en Aragón. No podía ser de otra manera. El espíritu colaborativo que destacaba el jurado no es postureo: es supervivencia y es convicción. En tiempos de individualismo feroz, juntarse para crear es casi un acto de resistencia política.

Mientras las grandes productoras se preguntan cómo atraer al público joven, estos chicos de El Conjuro llevan años siendo ese público. Saben lo que quieren porque lo quieren ellos. Saben cómo contarlo porque lo han vivido. Y saben, sobre todo, que el futuro no se espera sentado a que llamen a la puerta.

El nombre, al final, es más certero de lo que parecía. Porque esto del cine, cuando se hace con honestidad, tiene algo de ritual. Algo de magia que no se explica, que solo se siente. El Conjuro Producciones ha aprendido a conjurar los fantasmas de la precariedad, la distancia y el desánimo. Y los ha convertido en imágenes que merece la pena ver.

El salón de columnas de Caja Rural de Aragón se vaciaba pasadas las diez de la noche. Fuera, el frío de febrero recordaba que el invierno no ha terminado. Pero dentro, tres jóvenes productores guardaban en una mochila un premio que pesa más que su tamaño. Pesan los sueños de los que vienen detrás. Pesan las horas de rodaje sin dormir. Pesa, sobre todo, la certeza de que esto apenas empieza.

Y mientras ellos cruzaban la plaza hacia el primer bar abierto para celebrarlo, uno de los miembros del jurado, ya con el abrigo puesto, resumía lo que muchos pensaban en voz baja: "He visto nacer proyectos durante treinta años. A estos, si no los matamos a burocracia, les vamos a ver en los Goya. Y no será por casualidad".

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