Prosopopeya del Abuelo Acebuche

Autor:

Moisés Palmero Aranda

Prosopopeya del Abuelo Acebuche

Educador Ambiental

Esta opinión, cuento o fantasía surge del abotargamiento de mis sentidos a causa de mi proceso de adaptación al nuevo fotoperiodo del horario veraniego, los efectos de la astenia primaveral y la influencia de las musas que acaban de celebrar el Día del Teatro, las historias de Andersen con las que preparamos la exaltación del libro infantil y juvenil y el olor del incienso de la Semana Santa que me recuerda las sombras de la caverna de Platón y el universo simbólico de Cassirer.

Uso la figura retórica de la prosopopeya para contarles que el viento, suponemos que las rachas huracanadas de febrero que alcanzaron 120 km/h, derribó al centenario Abuelo Acebuche, al que hace cinco años (¡cómo pasa el tiempo!) le dimos cualidades y emociones humanas para relacionar (siempre en mayúsculas) la Paz y la Educación Ambiental.

En aquel momento recogimos sus acebuchinas para reproducirlas y regalar uno de sus hijos a cada centro educativo, para crear un simbólico bosque, el de los Iguales, que diese sombra, calor, protección y alimento y les contase de dónde venimos a todos los niños y niñas de El Ejido. Algunos crecen fuertes en los patios, otros aún sobreviven en el macetero decorado esperando su momento y otros no fueron tratados con el cariño que se merecían; una lección más de este árbol que nos muestra la sensibilidad con la que cada uno se relaciona con el medio ambiente y la historia del territorio donde vive, el que lleva 5.000 años habitado.

Sus enseñanzas enraizaron en muchos niños, pero especialmente en los del CEIP Diego Velázquez, que por amor a la naturaleza se convirtieron en sus guardianes y decidieron protegerlo y cuidarlo. Por ellos nos enteramos de que había caído, cuando fueron a poner carteles para recordarnos que debemos cuidar nuestros parques y ecosistemas. Mientras colocaban algunos entre los artos, orovales y esparragueras, decidieron dar la señal de alarma para intentar salvarlo.

Su mensaje, su grito de ayuda, lo propagamos con la celeridad que merecía y, en apenas unos minutos, las asociaciones culturales y ambientales del municipio y nuestro ayuntamiento se juntaron para recuperarlo, para darle ejemplo a esos cuidadores del Abuelo, sabiendo que ese acebuche es mucho más que un árbol, que una bonita foto de una actividad puntual; es un símbolo que no podemos dejar caer. Y menos ahora, cuando la Paz mundial se tambalea, convertida en una ilusión, una utopía; cuando el capricho de los poderosos, avariciosos e insensibles adoradores del capital atentan contra la vida, juegan a sacrificar peones para ganar la partida y erigirse, a costa de lo que sea, como los reyes del mundo, señores de la muerte, el hambre, el frío y la pobreza. De ti, de mí y del planeta.

Tengo la sensación, y así lo contaré siempre, de que el Abuelo Acebuche está gritando ¡No a la Guerra!, que ha vuelto a ofrecer sus ramitas para que las blancas palomas las lleven de un lugar a otro, sobrevolando nuestros colegios, posándose en cada uno de los hijos que plantamos, recordándonos que la Paz se siembra, pero que hay que regalarla, abonarla y mimarla entre todos para que florezca.

Al verlo tumbado, sobreviviendo con alguna raíz aún en la tierra, hemos aprendido que, por duro que sea el terreno, el de nuestro pueblo tiene una impenetrable costra caliza, y las condiciones no sean las más apropiadas, las raíces, la vida, se abren hueco poco a poco, conformando un ecosistema, un pueblo, a base de imaginación, tesón y resiliencia. Y que las viejas heridas son las que a veces te terminan salvando, como el antiguo tocón, de una rama cortada hace años, que impidió que el Abuelo cayese por completo.

Las procesiones, con la Iglesia hemos vuelto a topar, han impedido que las actuaciones sean inmediatas, pero cuando pase la Semana Santa, se llevarán a cabo. Se cavará el terreno para permitir que enraíce en profundidad, se podará para descargarlo de peso y se enderezará, acomodándolo para aguantar varios siglos más y poder ver crecer a su sombra a los niños del mañana, que un día escucharán de su maestro o de un contador de historias la leyenda de que todo un pueblo se unió para salvarlo.

Espero que ese día sea una fiesta, quizá el inicio de una tradición, y las actuaciones, en las que nos gustaría estar presentes a las asociaciones, sirvan para demostrar que su símbolo, su mensaje, es importante, para agradecerle a sus vigilantes su esfuerzo y compromiso, y para gritar que preferimos árboles, que con sus ramas nos sirvan de refugio climático y propaguen semillas de Paz por el mundo, a búnkeres que nos protejan de bombas de racimo que solo esparcen dolor, odio, muerte y destrucción.

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