Me impresionó en su momento, la reflexión de Irvin D. Yalom sobre la naturaleza. En ella exploraba su concepto de responsabilidad como una preocupación existencial, una inquietud que logró vislumbrar gracias a una experiencia tan simple como reveladora. Un instante de introspección que, lejos de ser un acontecimiento extraordinario, ocurrió en un momento aparentemente cotidiano. Sin embargo, ese instante contenía una potencia transformadora que marcaría para él —y también para mí— un antes y un después. Sus palabras dejaron una huella que sigue resonando en mi pensamiento con el paso del tiempo.
Yalom compartía una vivencia en apariencia anodina, pero profundamente simbólica:
“Estaba buceando solo en las aguas cálidas, soleadas y transparentes de un lugar tropical, y experimentaba, como me suele ocurrir cuando me encuentro bajo el agua, una profunda sensación de placer y bienestar. Era como si estuviera en mi propia casa. El agua cálida me abrazaba, la belleza de los fondos coralinos se desplegaba ante mis ojos, los pececillos emitían destellos plateados y sus colores brillantes me hacían pensar que eran criaturas de otro mundo, como si tuvieran una luz propia, como si el océano entero fuera un espectáculo de luces y colores. El ángel real deslizándose entre los corales, los dedos carnosos de las anémonas acariciando el agua, todo contribuía a crear una sensación de paraíso sumergido. Mientras me deslizaba por esa realidad acuática, me sentía completamente conectado con el entorno, formando parte de algo mucho más grande y maravilloso que yo mismo. Mi mente se llenaba de una alegría profunda, y, por un momento, todo parecía perfecto.
Pero de repente, y por alguna razón que aún no logro entender por completo, algo cambió en mí. Fue un giro radical en mi forma de ver las cosas. Fue como si, de repente, me despertara de un sueño idílico y tomara conciencia de algo que nunca antes había advertido. En ese momento me di cuenta de que ninguno de los seres con los que compartía ese espacio –el ángel real, los peces, los corales– compartían mi experiencia de bienestar. Ellos no sabían lo hermosos que eran, ni los pececillos comprendían que sus destellos de colores brillantes les otorgaban una especie de magia, una belleza única. Los erizos de púas negras no eran conscientes de su forma, y los despojos en el fondo, que yo procuraba no mirar, ni siquiera sabían de su propia existencia. Todo lo que yo sentía, toda esa belleza que me envolvía, no era más que una creación de mi propia mente. Era yo quien había otorgado sentido a todo aquello. Era mi mente la que daba significado a lo que veía. En un sentido profundo y esencial, la realidad que estaba experimentando no era más que una proyección de mis pensamientos. Yo podía haber estado deslizándome por agua sucia y, si lo deseaba, habría podido encontrar belleza incluso en esa oscuridad.
En ese instante, una sensación de claridad me invadió, y comprendí que no solo estaba en un lugar físico, sino también en un espacio mental que había sido creado por mí. Tomé conciencia de mi función configuradora, de cómo mi perspectiva había dado forma a la experiencia que estaba viviendo. Era como si, de repente, hubiera levantado el telón de una realidad superficial para descubrir una verdad mucho más profunda y, al mismo tiempo, inquietante. Fue una revelación en la que la belleza, la conexión, el bienestar, todo eso que había experimentado de forma tan intensa, dependía de mí. No era la naturaleza la que se fijaba en mí, sino yo quien la percibía, la interpretaba, la hacía mía”. “Psicoterapia Existencial” p267 Ed. Herder 2020.
Ese pasaje me conmovió. No solo por su belleza descriptiva, sino por la carga existencial que encierra: la naturaleza no se fija en nosotros, no nos contempla, no nos espera. Pero nosotros sí la vemos, la interpretamos, la moldeamos desde nuestra subjetividad. La belleza no está "ahí afuera", como una cualidad intrínseca, sino que se despierta en la mirada que observa. No es el coral el que decide ser bello; es el ojo humano el que lo descubre así.
Esa revelación me llevó a una reflexión más amplia sobre la vida misma. Al igual que el buceador que crea su propio paraíso a través de su mirada, todos nosotros estamos en un proceso constante de creación y recreación del mundo. No somos meros receptores pasivos de una realidad externa; somos participantes activos, configuradores de sentido. En cada experiencia, hay un diálogo íntimo entre el entorno y nuestra conciencia.
Desde el primer instante en que salimos del vientre materno —ese lago cálido, protector, silencioso— damos un salto hacia un océano abierto, impredecible, a veces bello y otras veces hostil. La existencia se nos presenta como un mar que no nos pregunta si sabemos nadar, pero que está ahí, inmenso, invitándonos a sumergirnos. Y aunque el mundo no fue diseñado para hacernos felices, está repleto de elementos que pueden ser resignificados para enriquecer nuestra experiencia. Todo depende del modo en que los miremos.
La naturaleza no nos habla. No tiene intenciones, no nos contempla con amor ni con desprecio. No hay juicio en el viento, ni en el movimiento de las olas, ni en la forma de una montaña. Sin embargo, cuando contemplamos esos elementos, somos nosotros quienes les otorgamos valor, sentido, simbolismo. Una flor no florece para gustarnos; florece porque sí. Pero nosotros, al observarla, le otorgamos un significado: belleza, renacimiento, fragilidad. En ese gesto se revela algo fundamental: el mundo es lo que somos capaces de ver en él.
Este descubrimiento, lejos de ser desalentador, puede ser profundamente liberador. Porque si la belleza, la conexión o la paz no dependen exclusivamente del mundo exterior, sino de nuestra capacidad de interpretarlo, entonces siempre llevamos con nosotros la posibilidad de transformar nuestra experiencia. Incluso en medio del caos, del dolor o de la pérdida, existe una libertad interior para resignificar lo que vivimos. Tal como afirmaba Viktor Frankl, no podemos evitar el sufrimiento, pero sí decidir qué actitud tomamos ante él.
Hay algo profundamente humano en esta capacidad de proyectar sentido. Una playa desierta, un bosque oscuro o una noche estrellada pueden ser para algunas experiencias de soledad y desamparo, y para otros, una oportunidad de recogimiento, de encuentro consigo mismos. Nada cambia en el entorno; todo cambia en el interior. Yalom descubrió esto bajo el mar, envuelto en la aparente indiferencia de la naturaleza, y, sin embargo, desde esa indiferencia surgió una verdad radical: somos nosotros quienes damos vida al mundo cuando lo miramos con conciencia.
Este poder configurador, sin embargo, no debe ser entendido como una ilusión o una mentira piadosa. No se trata de negar la realidad o disfrazarla de lo que no es. Se trata, más bien, de reconocer que nuestra percepción tiene una dimensión creativa. Que no solo vivimos en un mundo físico, sino también en un mundo mental y simbólico, en el que nuestras emociones, valores y recuerdos colorean todo lo que tocamos.
Por eso, cuando decimos que "la naturaleza es para ti", no hablamos de una relación de propiedad o dominación. No es que el mundo nos pertenezca, sino que nos acoge en la medida en que lo hacemos parte de nuestra conciencia. El árbol que no vemos no es menos real, pero solo se vuelve significativo cuando lo miramos, cuando lo nombramos, cuando nos detenemos bajo su sombra y sentimos que, aunque no se fije en nosotros, nos regala su presencia.
Este pensamiento nos invita a vivir con una mirada más despierta, más agradecida, más comprometida con la experiencia. Cada día, cada rincón del mundo, puede ser una fuente de sentido si aprendemos a mirarlo con ojos nuevos. Incluso en medio de la rutina, hay belleza escondida, esperando ser revelada por alguien que decida ver más allá de la superficie.
La naturaleza no necesita de nosotros. No nos juzga, no nos celebra, no nos castiga. Pero ahí está, como un escenario abierto y vasto, dispuesto a ser vivido, interpretado, gozado, incluso transformado por nuestra conciencia. Esa es nuestra libertad y también nuestra responsabilidad: crear belleza donde antes solo había indiferencia, encontrar sentido donde parecía no haberlo.
Así que disfruta de la vida. No porque ella se fije en ti, sino porque tú puedes fijarte en ella. En su inmensa diversidad, en sus luces y sombras, en sus misterios y en sus certezas, está todo lo que necesitas para crecer, aprender y participar en este universo que, aunque no gira a tu alrededor, siempre está esperando ser descubierto con una mirada nueva y un corazón abierto.
Miguel Cuartero
Orientador Familiar
