España no enfrenta hoy una amenaza militar directa de Israel. No hay indicios creíbles de que Tel Aviv esté planeando un ataque contra territorio español, ni de que disponga de una estrategia para proyectar su fuerza en el Mediterráneo occidental. Lo que sí existe es una crisis diplomática en pleno desarrollo, con costes reales en la política exterior, la seguridad, la industria de defensa y la gobernabilidad interna. Y en ese vacío, hay actores que pueden salir beneficiados; uno de ellos, con claridad, es Marruecos.
De la condena a la ruptura
La tensión se ha acelerado desde que España intensificó su crítica a la ofensiva israelí en Gaza y adoptó medidas concretas: retirada de la embajadora, endurecimiento de la postura en la Unión Europea, vetos a ciertos mecanismos de cooperación y, sobre todo, el embargo de armas a Israel. Ese embargo no es solo un símbolo: corta oleadas de contratos, paraliza proyectos y obliga a replantear la cadena de suministros de defensa.
Israel, por su parte, ha respondido con vetos diplomáticos, expulsión de representantes españoles de mecanismos de supervisión en Gaza y comunicados en los que se acusa a España de “librar una guerra diplomática” contra el Estado judío. El lenguaje es duro, pero el efecto se expresa en menos canales de diálogo, menos presencia en foros clave y menos margen de maniobra para Madrid.
¿Esto beneficia a Marruecos?
En este contexto, Marruecos gana en varios frentes. Primero, porque se refuerza su posición como interlocutor clave en el Mediterráneo y el norte de África. Mientras España se enfrasca en una crisis con Israel, Rabat se mueve como actor estable, alineado con la diplomacia norteamericana y con varios países europeos, y capaz de mantener una cooperación discreta con Israel en temas de seguridad, inteligencia y contrarrestar redes terroristas .
Segundo, Marruecos se beneficia por la distracción de España. Con el foco centrado en Oriente Medio y en la relación con Tel Aviv, el Gobierno español puede reducir la atención y la presión sobre la agenda marroquí: cuestiones migratorias, acuerdos pesqueros, cooperación en el Sahara Occidental o la gestión de la frontera del Estrecho. Eso da a Marruecos margen para imponer su propia agenda, negociar desde una posición más cómoda y reforzar su influencia en el sur del Mediterráneo.
Tercero, la crisis con Israel puede afectar al balance geopolítico regional. Israel, buscando compensar sus pérdidas con Madrid, tiende a reforzar vínculos con otros socios árabes y africanos, incluido Marruecos. Acuerdos de defensa, intercambio de inteligencia y cooperación en seguridad fronteriza pueden cristalizar más fácilmente entre Rabat y Tel Aviv, mientras España se aleja de ese eje.
En resumen, aunque Marruecos no es el protagonista visible de la disputa España–Israel, sí puede ser uno de los principales beneficiarios indirectos. España se enfrasca en una crisis costosa y lejana, y Marruecos consolida su posición como actor estable, estratégicamente ubicado y con múltiples interlocutores.
La pregunta que queda
El verdadero debate que el lector debe plantearse no es solo si Israel representa una amenaza para España, sino si la política exterior española está gestionando adecuadamente el equilibrio entre Gaza, Israel, Estados Unidos y sus vecinos inmediatos. Y ahí, una pregunta central es: ¿quién sale reforzado en el Mediterráneo mientras España se enreda en esta disputa?
La respuesta, en gran medida, parece situar a Marruecos en una posición más ventajosa.
Jose Antonio Carbonell Buzzian
