Ni Dios sabe donde están

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Ni Dios sabe donde están

El siempre agudo escritor y periodista Alfonso Ussía contaba una historia tan brillante como reveladora que le ocurrió a su abuelo, el genial dramaturgo Pedro Muñoz Seca.

Relataba que, cuando este se instaló en Madrid, en el edificio donde vivía había un matrimonio de porteros que llevaba más de cincuenta años juntos. Primero falleció ella y, poco después, él, como si la vida ya no tuviera sentido el uno sin el otro. El hijo, heredero de la portería, le pidió a don Pedro que escribiera una quintilla para grabarla en la lápida de sus padres.

Y el maestro, como era de esperar, escribió:

"Fue tan grande su bondady tan grande su laboriosidady la virtud de los dos,que están con seguridadlos dos en el cielo junto a Dios."

Pero claro, apareció el obispado, siempre atento a los detalles celestiales, para advertir que don Pedro no estaba en disposición de certificar quién entra o no en el cielo. Así que hubo que escribir una segunda quintilla:

"Fueron muy juntos los dos,el uno del otro en pos,donde va siempre el que muere,pero no están junto a Diosporque el obispo no quiere."

Tampoco gustó. Y finalmente, resignado, remató con una tercera:

"Sus almas flotando vanpor el éter débilmente,sin saber lo que harán,porque desgraciadamenteni Dios sabe dónde están."

La intención era sencilla: reflejar el amor profundo de dos personas que no supieron vivir separadas. Pero la ironía terminó superando a la propia historia.

Y es que, salvando las distancias —aunque no tantas—, algo parecido parece haber ocurrido con nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Corría abril de 2024 cuando, a raíz de la imputación de su esposa por el juez Peinado, nos sorprendió con una carta y cinco días de "reflexión". Cinco días que mantuvieron en vilo a todo un país para, finalmente, comunicarnos que seguía. Y que lo hacía, eso sí, como "un hombre profundamente enamorado de su mujer". España entera respiró aliviada… o eso debimos hacer.

Desde entonces, el gusto por la epístola le ha venido creciendo hasta niveles casi bíblicos. Va camino de superar a San Pablo en producción literaria. La última carta, sin ir más lejos, nos informa de lo orgulloso que se siente de ser español… justo antes de aprobar un decreto para regularizar a todo el mundo. Porque, claro, "To er mundo e gueno".

Desde aquel día hasta hoy, lo que hemos vivido ha sido una sucesión de explicaciones, rectificaciones y relatos que, con el debido respeto, parecen más pensados para tapar problemas que para resolverlos. Todo ello acompañado de una preocupante sensación de deriva institucional, donde lo importante no es tanto el país como la permanencia en el poder.

Mientras tanto, la realidad sigue su curso: familias que no llegan a fin de mes, listas de espera interminables en la sanidad pública, salarios que no compiten ni de lejos con los de nuestros vecinos europeos, jóvenes sin acceso a vivienda y un sistema educativo que cae en los rankings como quien se deja caer por una pendiente sin frenos.

Pero, al parecer, nada de eso altera la hoja de ruta. Desde el Palacio se sigue actuando como si España fuera el centro del tablero internacional, aunque cada vez cueste más encontrar quién quiera sentarse a jugar en él.

Las relaciones exteriores tampoco ayudan. Tensiones con aliados tradicionales como Estados Unidos o Israel, mientras se mira con simpatía hacia otros modelos políticos bastante menos exigentes en materia de libertades. Un equilibrio, cuanto menos, curioso.

Y por si faltaba algo, llega el viaje a China. Un viaje oportuno, justo cuando el auto del juez estaba a punto de caer. Fin de semana completo en territorio asiático, con escasas explicaciones y mucha opacidad. Resultado: una sensación bastante extendida entre los ciudadanos de que, durante esos días, literalmente… "ni Dios sabe dónde están".

Eso sí, el movimiento no ha sido estéril. Ha servido para abrir otra brecha con nuestros socios occidentales al alinearse con postulados como la anexión de Taiwán defendida por Xi Jinping. Y, de paso, reforzar vínculos con el llamado Grupo de Puebla, en un encuentro próximo a celebrar en España, que parece marcar nuevas afinidades.

En fin, que, entre cartas, viajes, decisiones estratégicas y realidades paralelas, uno empieza a pensar que la famosa quintilla de Muñoz Seca no era solo literatura, sino una metáfora adelantada a su tiempo.

Porque viendo el rumbo, la sensación es clara: seguimos avanzando… pero nadie tiene muy claro hacia dónde. Y lo más inquietante de todo es que, como en aquella lápida imaginaria, cada vez son más los que empiezan a sospechar que, en este país, ni Dios sabe dónde estamos.

Y para rematar, como decía Enrique Bunbury en una de sus canciones:

"No conozco a nadie que mienta como tú,con tanta disciplina, precisión y sinceridad…"

A estas alturas, casi suena menos a canción… y más a crónica.

José García Martínez

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