Thomas Hardy y su Tess

Autor:

Por María Beatriz Muñoz Ruiz

Thomas Hardy y su Tess

Lento, muy lento. Lo que en sus poemas era una hermosa bendición, en sus novelas fue una lenta, aunque dulce, tortura. Estoy hablando de Thomas Hardy y de su novela Tess d'Urberville.

Primero me enamoré de su vida y sentí curiosidad por el hombre cuyo corazón reposa con su amada Emma y su cuerpo con los grandes poetas en la Abadía de Westminster. Entonces descubrí sus perfectos, románticos y dramáticos versos; de esos que te envuelven como una cálida manta en una noche de frío, de esos que hielan tus huesos con el dolor de alguien que ha perdido al amor de su vida sabiendo que ya lo había perdido antes de que durmiera eternamente en el blanco mármol pulido.

Como un suave fuego que calienta mi cuerpo, entró en mi corazón y grabó su nombre en un tatuaje invisible y eterno. Así que decidí avanzar en nuestra relación y aventurarme con una de sus novelas porque, como ya sabéis, me atrae todo lo que la sociedad censura, aquello que se critica, porque supongo que es interesante.

La novela elegida fue Tess d'Urberville y, en su defensa, he de decir que no sé si la recomendaría o no; y digo "en su defensa" porque me ha dejado perpleja en muchos sentidos. En primer lugar, esta novela debería llevar detalladas instrucciones para aquellos valientes en los que surja la inquietud de leerla. Es una novela densa, muy densa, y os lo dice alguien que está acostumbrada a leer novela clásica inglesa. He leído a las hermanas Brontë, a Virginia Woolf, Jane Austen, George Orwell, Oscar Wilde e innumerables poetas que se han convertido en mis amigos, amantes y arquitectos de sueños con puentes que me hacen viajar a tiempos llenos de romanticismo.

Pero sí, con esta novela he estado a nada de castigarla de cara a la pared; casi seiscientas páginas en las que las descripciones son tan densas que, cuando llegas a los sucesos interesantes, apenas recuerdas en qué punto estabas. Y ahora diréis los eruditos insufribles que las novelas clásicas son así, y tenéis razón; he leído demasiado a los clásicos como para saber que lo son, pero lo que empieza como pura poesía descriptiva termina desquiciándome con cada detalle desmenuzado del paisaje. Sin embargo, creo que no ha sido eso lo que se me ha atragantado de esta novela; lo que realmente me ha desquiciado ha sido la historia en sí misma.

Entonces entendí la magia de Thomas Hardy y que no todos estamos preparados para leerlo; es como la comida mexicana: me encanta el picante, pero cuando te comes un taco mexicano real es cuando entiendes que no estás preparada para el verdadero picante, ya que su nivel de tolerancia es mucho mayor al nuestro. Vamos, un arte. Pues eso pasa con esta novela; no estaba preparada, pero me alegro de haberla leído. Thomas Hardy muestra la hipocresía de la sociedad en estado puro: el doble rasero con el que se medía a las mujeres y a los hombres, lo efímero que puede ser el amor que pasa al odio en dos segundos y la triste realidad de que, al final, todo se compra con dinero.

A Tess le arrebataron su inocencia, la amaron, la juzgaron y, tras empujarla al abismo, decidieron que ella era el error. Creo que por eso se me ha hecho demasiado larga: porque sufría con su dolor y, si hubiera podido adentrarme en esas páginas y rescatarla, lo habría hecho.

Así que, si me preguntáis si la recomendaría… os diría que solo para los que estén preparados para pausar su vida y avanzar lentamente con cada descripción hasta llegar a imaginar los campos, el olor a césped, el sol de la tarde con sus últimos rayos acariciando la piel de Tess, un amor que se cuece a fuego lento y una traición que asesina el corazón del lector.

Quizás por eso la novela clásica es tan difícil de leer en la actualidad, pero tal vez... deberíamos hacer caso y detenernos, dejar de correr en este mundo de locos y obligarnos a vivir la vida como la cadencia de los versos y las descripciones de Thomas Hardy: sin prisa

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