Un antiguo cuento budista relata cómo dos monjes discutían sobre qué era lo que se movía: la bandera o el viento. Un tercer monje intervino serenamente y dijo: “No se mueve ni el viento ni la bandera. Lo que se mueve son nuestras mentes”. Esta sencilla historia refleja una gran verdad: no son los acontecimientos externos los que determinan nuestro sufrimiento, sino la manera en que los interpretamos. Como afirmaba Epicteto, “no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”.
Nuestros pensamientos actúan como el pincel con el que coloreamos la realidad. Pueden convertir una dificultad en una oportunidad de aprendizaje o en una tragedia insoportable. La buena noticia es que podemos aprender a gestionarlos y dejar de ser esclavos de ellos.
El psicólogo Albert Ellis, creador de la terapia racional emotiva, explicó que muchas emociones dolorosas provienen de creencias irracionales. Entre las más comunes están la necesidad de ser aprobados por todos, la autoexigencia extrema, el miedo constante a que ocurra algo terrible, la dependencia de los demás o la idea de que el pasado nos condena para siempre. Estas creencias generan ansiedad, frustración y sufrimiento innecesario.
Frente a ello, Ellis proponía cultivar pensamientos más racionales y flexibles: entender que no necesitamos la aprobación de todos para ser valiosos, aceptar que equivocarse es humano y reconocer que el pasado influye, pero no determina nuestro futuro. Estas ideas favorecen una vida más serena y equilibrada.
Todos experimentamos pensamientos negativos o exigencias poco realistas. Sin embargo, no todo lo que pensamos es verdad. Por eso es importante detenernos y preguntarnos: “¿Este pensamiento me ayuda?”, “¿Es realmente cierto?”, “¿Existe otra manera de interpretar esta situación?”. Esa pausa nos permite elegir cómo responder, en lugar de reaccionar automáticamente.
Viktor Frankl lo expresó con claridad: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad”. Ahí se encuentra nuestra capacidad de decidir cómo actuar frente a las circunstancias. No se trata de eliminar las emociones, sino de evitar que los pensamientos negativos gobiernen nuestra vida.
Cambiar la manera de pensar no ocurre de un día para otro, pero cada esfuerzo cuenta. Como recordaba Gandhi, “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado”. Aprender a observar y cuestionar nuestros pensamientos es un camino hacia una mayor libertad interior.
Quizás, la próxima vez que creamos que “el viento” o “la bandera” son la causa de nuestro malestar, recordemos al tercer monje y comprendamos que, en realidad, lo que se mueve es nuestra mente. Y que también tenemos el poder de serenarla.
Miguel Cuartero
Orientador familiar
