Por José Luis Ortiz Güell.
La fe, cuando es verdadera, no hace ruido. Se filtra. Se cuela en los rincones más insospechados y anuda destinos que, a simple vista, parecería imposible entrelazar. El Papa Francisco lo sabía. Jorge Mario Bergoglio, el Papa argentino que conquistó al mundo con su humildad radical, guardó siempre un secreto vínculo con Zaragoza. No fue un lazo de gestos oficiales ni de grandes fastos vaticanos, sino un hilo invisible tejido a orillas del Ebro, al calor de una fe que no entiende de fronteras.
Muchos desconocen que Zaragoza, su Pilar y su Semana Santa fueron un refugio y una escuela para aquel jesuita que después cambiaría la historia de la Iglesia. Quien se acerque a esta ciudad con el corazón abierto, encontrará en sus piedras y en su tradición la huella de un Pastor que, incluso en la distancia, nunca dejó de rezar por ella.
Era 1971. Jorge Mario Bergoglio era un joven sacerdote argentino de 34 años, apenas unos años antes había sido ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús. Recién nombrado Maestro de Novicios de su orden en Argentina, viajó a España para completar su formación espiritual en Alcalá de Henares. Pero su inquietud por el espíritu lo llevó un poco más allá. Quería conocer un proyecto pionero: un noviciado jesuita integrado en el centro mismo de una gran ciudad, un experimento de inserción real en la vida cotidiana. Ese proyecto se encontraba en Zaragoza.
La capital aragonesa, con su mestizaje cultural y su fe popular, lo recibió en un pequeño piso del Paseo de Sagasta, número 7. Allí, en un cuarto piso, los novicios jesuitas llevaban una vida de oración y estudio, pero abiertos a la calle, a la ciudad.
Bergoglio pasó varios días en Zaragoza, conviviendo con los novicios, conociendo sus anhelos y sus fatigas. Ofreció una misa para ellos, y los pocos testigos que quedan de aquellos días recuerdan un detalle imposible de olvidar: el dulce acento argentino del joven Jorge al celebrar la eucaristía matutina. Un acento que, según recuerdan los veteranos de la Compañía, provocaba la ternura y la sonrisa cómplice de los chicos.
Pero lo más conmovedor de aquella visita, el acto que selló para siempre esta misteriosa vinculación, fue un acto callado y profundo. Bergoglio visitó y rezó ante la Virgen del Pilar.
Imaginémoslo. Un sacerdote de mirada baja, de paso seguro pero humilde, arrodillándose ante el pilar de jaspe donde la Madre de Dios se apareció al Apóstol Santiago. El eco de su oración se mezcló con el rumor de miles de velas y con el Ebro que pasa indiferente. En la historia oficial de la Iglesia quedará registrado que Francisco fue el Papa que abrió las puertas de la misericordia. Pero en la crónica íntima de Zaragoza, él fue aquel creyente sencillo que, una semana de 1971, se encomendó a la Virgen del Pilar.
Bergoglio regresó a Argentina, pero su corazón, en un rincón escondido, se quedó prendido de Zaragoza. A lo largo de su papado, esa conexión volvió a emerger con una fuerza casi sobrenatural gracias a su amistad con el padre Jesús María Alemany, un jesuita zaragozano.
Ambos se conocieron en los Ejercicios Espirituales de Alcalá de Henares y, aunque la distancia y la vida los separó, Francisco mantuvo viva la llama de la amistad como pocos. El Papa nunca olvidaba al padre Alemany. Sin embargo, la manifestación más conmovedora de este recuerdo se producía en una fecha muy señalada: el 31 de diciembre, el cumpleaños del jesuita español.
Como si tuviera un despertador en el alma, Francisco pedía a todas las delegaciones aragonesas que viajaban al Vaticano: "Díganle al padre Alemany que todos los 31 de diciembre me acuerdo de él y rezo por él".
El padre Alemany, que compartió sus recuerdos con los medios de comunicación tras la muerte del Pontífice, afirmaba conmovido: "Ya siendo Papa se acordaba cuando era mi cumpleaños, cosa que para mí es imposible que ninguno de los compañeros de entonces recuerde".
El Papa Francisco, ese Papa que evitaba los palacios y prefería las calles, nunca llegó a pisar oficialmente Zaragoza como Sumo Pontífice. La política vaticana y su frágil salud lo impidieron, pero el deseo ardía en él. En su agenda secreta, Zaragoza estaba apuntada.
La prueba de este anhelo llegó en el verano de 2024. Una delegación encabezada por el presidente de Aragón, Jorge Azcón, la alcaldesa de Zaragoza, Natalia Chueca, y el arzobispo Carlos Escribano, fue recibida en audiencia privada por el Papa Francisco en la Santa Sede. La petición era clara: conmemorar los 40 años de la visita de Juan Pablo II a la Basílica del Pilar, invitando a Francisco a repetir aquella gesta.
La respuesta del Pontífice, que trascendió a los medios, fue una bendición para la capital aragonesa: el Papa les aseguró que quería visitar España, que quería visitar Zaragoza y que tenía el viaje "pendiente". La puerta quedó abierta. Los zaragozanos, que ya veneraban su figura, intensificaron sus plegarias para que la salud del Santo Padre les permitiera abrazarle finalmente bajo el manto de la Virgen.
Pero Zaragoza no es solo el Pilar, también es la Pasión. Es la Semana Santa declarada de Interés Turístico Internacional. Y en el corazón de esa Pasión late la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista.
Esta cofradía, fundada en febrero de 1940, tiene una misión única: salir a la calle el Viernes Santo al mediodía para predicar las Siete Palabras que Jesucristo pronunció en la Cruz. No solo llevan pasos, sino que paran la procesión para proclamar el Evangelio en voz alta a todos los ciudadanos, una tradición que viene de 1940.
La vinculación de esta cofradía con el Papa Francisco trasciende lo protocolario. Para conmemorar su rica historia, los hermanos de la Cofradía publicaron un libro titulado "Ochenta y cinco veces siete". Conscientes de la sensibilidad del Pontífice por los relatos de fe popular, decidieron hacerle llegar un ejemplar.
La respuesta no se hizo esperar y desbordó todas las expectativas. El 5 de febrero de 2025, recién salido de un proceso hospitalario que había mantenido al mundo en vilo, el Papa Francisco, en un gesto de una cercanía asombrosa, dedicó unas palabras de agradecimiento a los cofrades. El texto, difundido por la propia cofradía, fue un bálsamo para la ciudad. Francisco no solo agradecía el libro, sino que bendecía la labor de predicar la Palabra en la calle.
En un mundo que a menudo reniega de los signos religiosos, el Papa reconocía en aquellos hombres y mujeres de túnicas blancas y capirote verde a los auténticos evangelizadores del asfalto.
El destino, a veces cruel con los planes humanos, quiso que la visita pendiente se transformara en el acto más conmovedor de todos. El 21 de abril de 2025, el mundo despertó con la noticia del fallecimiento del Papa Francisco a los 88 años de edad. La consternación fue global, pero en Zaragoza, el dolor tenía un acento especial. La ciudad que lo había acogido en 1971, la ciudad por la que él quiso pasar como Papa, se vestía de luto.
Y no fue un luto cualquiera.
El domingo 27 de abril de 2025, la Catedral Basílica del Pilar, el templo que Francisco visitó siendo un joven sacerdote, se quedó pequeña. Cientos de personas abarrotaron el altar mayor en una misa solemne por el eterno descanso del Pontífice. No cabía un alma. Las autoridades políticas, encabezadas por el presidente Azcón y la alcaldesa Chueca, se mezclaron entre los fieles anónimos, los cofrades de las Siete Palabras y los feligreses de a pie. Las campanas del Pilar, testigos mudos de tantas alegrías y tristezas, tocaron a muerto con un sonido grave y solemne que retumbó en cada rincón de la ciudad.
El Arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, presidió la ceremonia. Su homilía fue un compendio del legado del Papa argentino, un legado que el prelado resumió en tres palabras: alegría, misericordia y esperanza. En un instante de profunda emoción, el templo entero guardó silencio mientras se proyectaba un gran retrato del Sumo Pontífice. Ese retrato miraba a los zaragozanos, y los zaragozanos le devolvían la mirada, sabiendo que tenían ante sí a uno de los suyos.
Un hecho que puede tener la facultad de "convertir a los incrédulos"? Porque la historia del Papa Francisco y Zaragoza no es un artículo de feología abstracta, sino una crónica de humanidad palpable.
En tiempos de cinismo y vacío espiritual, el ejemplo de Bergoglio es un vendaval de autenticidad. Aquí hay un hombre, el líder de mil millones de católicos, que no se avergonzaba de recordar el cumpleaños de un amigo oscuro en Zaragoza. Aquí hay un Papa que, siendo el hombre más poderoso de la Iglesia, envía un recado humilde a un cofrade por un libro de historia. Aquí hay un Pastor que rezó en silencio ante el pilar de la Virgen mucho antes de que las cámaras lo enfocaran.
Si un incrédulo lee estas líneas, no encontrará dogmas imposibles ni verdades reveladas que no pueda tocar. Encontrará un testimonio vivo de que la coherencia es posible. Encontrará la prueba de que los vínculos espirituales trascienden el tiempo y el espacio. Encontrará el testimonio de un Papa que predicó con la vida, convirtiendo la frialdad de los protocolos en la calidez de un abrazo sincero.
El legado es claro: Zaragoza no es solo una parada en el mapa. Es un lugar donde la fe se hizo carne en el corazón de un santo moderno. Si alguna vez dudaste de que la Iglesia puede ser cercana, de que la oración tiene eco o de que un hombre puede cambiar el mundo sin odiar a nadie, solo tienes que caminar hasta el Paseo de Sagasta, escuchar el eco de la misa de Bergoglio, o arrodillarte en el Pilar. Allí sigue vivo Francisco. Allí late el corazón de un Papa que eligió Zaragoza para recordarnos que la alegría del Evangelio está al alcance del que la busca con sinceridad.
Pero no es casualidad, sino causalidad y el actual Santo Padre León XIV , superior general de las agustinnos y que quiso incluir Zaragoza en su primer viaje a España pero no le fue posible y pidió perdón por ello y un antiguo amigo del el colegiio El Salvador le hizo llgar una cinta de la Virgen. Una nueva conexión entre el Pilar y el Vaticano.
Ya entre los años 2003 y 2006, el entonces hermano Robert Prevost, superior general de los agustinos, residió en Roma junto a un joven religioso zaragozano, Pablo Tirado, hoy director del Colegio San Agustín de Zaragoza. Aquellos años de convivencia dejaron una huella imborrable. Ahora, convertido en Sumo Pontífice, León XIV realizará su primer viaje a España, y Tirado estará en el encuentro privado que el Papa mantendrá con los religiosos agustinos.
El domingo 18 de mayo de 2025, la Catedral-Basílica del Pilar se llenó de fieles para una celebración solemne. No era un día cualquiera. Era la misa de acción de gracias por el inicio del ministerio petrino del Papa León XIV. Presidida por el arzobispo de Zaragoza, monseñor Carlos Escribano, la eucaristía en el altar mayor del templo mariano por excelencia fue un acto de profunda emoción y también una declaración de principios: Zaragoza bendecía al nuevo Pastor y León XIV, aunque aún no lo sabía, empezaba a mirar hacia el Ebro.
El Pontífice ya ha dejado claro su deseo. En el vuelo que lo trajo a Madrid para esta visita, una periodista zaragozana, Victoria Cardiel, se acercó a él y, con la emoción a flor de piel, le dijo:
"Soy de Zaragoza y la Virgen del Pilar no me perdonaría no haberle traído una cinta de la Virgen".
El Papa, con las palmas de las manos juntas en gesto de disculpa, respondió:
"Lamentablemente no puedo parar en Zaragoza esta vez".
Y añadió, con la mirada cómplice de quien sabe que una promesa queda en el aire:
"Habrá otra ocasión para que visite a la Virgen del Pilar".
Desde el inicio del pontificado de León XIV, la Cofradía ha seguido con devoción sus pasos. Incluso se han hecho eco de su primera encíclica, 'Magnifica Humanitas', un texto que aborda con valentía el desafío de la Inteligencia Artificial para la persona humana. En su web oficial, incluyen referencias a sus discursos y un mensaje recurrente: "En los momentos de oscuridad, Dios no nos deja solos", una cita del propio Papa que los cofrades han hecho suya.
Zaragoza ofrece una invitación personal: "Zaragoza te espera"
Mientras la agenda papal sigue cerrada, el zaragozano Pablo Tirado se prepara para participar en el encuentro de León XIV con los religiosos agustinos en Madrid. Su deseo es sencillo, pero conmovedor. Ni siquiera pide un viaje oficial, solo diez segundos a solas con su antiguo compañero de comunidad para susurrarle al oído:
"Zaragoza tiene los brazos abiertos para recibirle".
Tirado recuerda a aquel hermano Prevost de Roma: una persona "sencilla y cercana, todo al mismo tiempo". Y sabe que ese Papa, que ahora habla al mundo desde la Silla de Pedro, es el mismo hombre que un día compartió la vida diaria en una comunidad de decenas de religiosos. Por eso confía en que, aunque la visita oficial se retrase, la Virgen del Pilar acabará atrayendo a León XIV a su templo.
La fe no entiende de plazos ni de agendas. El Pilar lleva dos mil años esperando a los peregrinos y seguirá esperando a este Papa agustino que, desde su elección, ha mostrado un deseo sincero de conocer a la patrona de la Hispanidad.
El Papa León XIV ya tiene su cinta de la Virgen, ya tiene un amigo que le espera para invitarle, y ya tiene una Cofradía que reza por él. Zaragoza se ha convertido en una asignatura pendiente llena de fe y de emoción. Por eso, aunque ahora solo sea una promesa, cada zaragozano sabe que, cuando sus pies pisen por fin el Paseo de Sagasta y se arrodillen ante el Pilar, no será solo un Papa visitando una ciudad. Será un hijo de San Agustín volviendo a su casa. Y allí estaremos esperándole, con los brazos abiertos, tal como le pidió Pablo Tirado.
