Antonio, rojo en el alma desde niño,
con el murmullo de la grada por destino,
creció entre tardes de vieja Condomina
y sueños que el escudo iluminaba.
Fiel cuando el viento soplaba en contra,
firme en las horas más calladas,
cuando el ascenso era solo un anhelo
y la derrota pesaba más que el alma.
Nunca dudó, nunca se apartó del camino,
porque hay lealtades que no entienden de categorías,
ni de marcadores, ni de temporadas grises:
son raíces profundas que no se ven, pero sostienen.
Ayer, por fin, el club miró su historia
y en ella encontró tu nombre, Antonio,
y te prendió en el pecho la insignia
que ya llevabas desde siempre por dentro.
Porque no es el metal lo que honra al hombre,
sino el hombre quien da valor al símbolo.
Y tú, murcianista eterno,
has hecho de tu fe una forma de vida.
Hoy no celebras un premio,
celebras lo que nunca cambió:
tu amor intacto por el Real Murcia,
tu forma digna de estar siempre ahí.
Y mientras haya alguien como tú en la grada,
el club jamás caminará solo. Felicidades
Jose Antonio Carbonell Buzzian
