Carta de una opositora más

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Carta de una opositora más

Cada oposición nos exige algo nuevo. Primero un B1 de inglés, después un C1. Nuevos cursos, nuevas acreditaciones, nuevas inversiones de tiempo y dinero. Años de estudio, de renuncias y de esfuerzo constante con la esperanza de que, si trabajas lo suficiente, algún día alcanzarás tu plaza.

Así comienza el camino de miles de opositores.

Durante meses organizas tu vida alrededor de un examen. Renuncias a tiempo con tu familia, a vacaciones, a descanso e incluso a tu salud. Aprendes unos criterios de evaluación, preparas cada tema al detalle y buscas hacerlo todo lo mejor posible. Sin embargo, llega un momento en el que sientes que ya no depende únicamente de ti.

El día del examen, la tensión comienza mucho antes de entrar al aula. Atascos, largas colas bajo el sol, incertidumbre, nervios y una organización que, al menos desde mi experiencia, distó mucho de la que cabría esperar en un proceso tan importante. Después llega el momento de sentarte en una silla durante cuatro horas y media para escribir sin parar. Corres contra el reloj sabiendo que cada error puede costarte muy caro. Escribes con miedo a una falta de ortografía, a olvidar una idea, a que un pequeño detalle determine el trabajo de tantos años.

Cuando termina la prueba, vuelves a casa con tus folios autocopiables. Los lees una y otra vez, intentando adivinar si has hecho un examen de sobresaliente o uno insuficiente. La realidad es que no puedes saberlo. Solo queda esperar.

Y esperas.

Durante días intentas seguir preparando la siguiente fase mientras luchas contra el agotamiento físico y mental. Intentas convencerte de que quizá tú seas una de las personas que continúe en el proceso. Porque, cuando has invertido tantos años en un sueño, la esperanza es lo último que se pierde.

Hasta que llega el día de las notas.

Actualizas una página web una y otra vez. Los minutos parecen horas. Finalmente aparece una cifra: un 4.

Solo un número.

Un número que resume años de sacrificio. Un número que decide tu futuro durante los próximos dos años. Un número que no explica qué hiciste bien, qué hiciste mal o qué deberías mejorar.

Entonces decides reclamar. No para buscar culpables. Mi sensación es que quienes forman parte de los tribunales también soportan una enorme carga de trabajo y una gran presión. En muchos casos encuentras personas agotadas, haciendo todo lo posible dentro de un sistema muy exigente. Pero sales con la misma sensación con la que entraste: sin comprender por qué todo tu esfuerzo cabe en un simple 4.

Y eso es lo que más duele.

No suspender.

Duele sentir que nadie ha podido valorar realmente los años que llevas preparándote. Duele sentir que has sido un expediente más, un número más dentro de un procedimiento inmenso. Duele perder la confianza en un sistema que debería transmitir transparencia y seguridad precisamente a quienes aspiran a educar a las futuras generaciones.

Aun así, septiembre llega.

Y vuelves al aula.

Porque hay niños que te esperan con los brazos abiertos. Porque ellos no tienen la culpa de la frustración que arrastramos muchos opositores. Porque, pese a todo, seguimos creyendo en la educación, aunque a veces cueste seguir creyendo en el camino para llegar a ella.

Ojalá algún día el proceso de oposición no solo seleccione buenos profesionales, sino que también sea capaz de cuidar a las personas que dedica años de su vida a prepararse para servir a la escuela pública.

Firmado: una opositora más. Un número más para la Administración.

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