Odio, represion, desigualdad

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Odio, represion, desigualdad

Acabo de leer un mensaje publicado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la red social X, anunciando la retirada de la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad al prestigioso psiquiatra D. Antonio Vallejo-Nájera.

Más allá del debate histórico que pueda suscitar esa decisión, llama la atención que este tipo de anuncios aparezcan precisamente cuando la actualidad política vuelve a estar marcada por los numerosos casos de corrupción que rodean al Gobierno y a su entorno. Quizá sea una simple coincidencia. O quizá responda a esa vieja costumbre política según la cual, cuando arrecian las malas noticias, siempre conviene abrir otro debate que monopolice los titulares durante unos días. Las famosas "cortinas de humo" nunca aparecen en los manuales de estrategia política, pero muchos ciudadanos tienen la sensación de que se utilizan con una precisión casi científica.

Lo verdaderamente llamativo del mensaje presidencial fueron tres palabras: odio, represión y desigualdad.

Tres palabras rotundas. Tres palabras que cualquier demócrata rechazaría sin reservas. Sin embargo, al leerlas, muchos españoles no pudieron evitar hacerse una pregunta: ¿estaba describiendo a sus adversarios políticos... o, sin pretenderlo, estaba haciendo una involuntaria autocrítica de su propia forma de gobernar?

Porque el verdadero problema de la política no es lo que un dirigente escribe en las redes sociales. El problema es cómo perciben los ciudadanos la realidad que viven cada día.

Hablar de odio resulta sencillo cuando siempre se señala al adversario. Mucho más difícil es preguntarse si el clima de confrontación permanente que vive España no tiene también su origen en una forma de hacer política basada en dividir constantemente a la sociedad entre buenos y malos, progresistas y reaccionarios, demócratas y supuestos enemigos de la democracia. Cuando quien discrepa pasa a ser poco menos que un sospechoso habitual, el diálogo deja paso al enfrentamiento.

No deja de resultar curioso que quienes más hablan de convivencia hayan conseguido que el ambiente político sea uno de los más crispados que se recuerdan. Quizá no fuera exactamente ese el objetivo, aunque algunos recordarán aquella conocida afirmación de José Luis Rodríguez Zapatero sobre la conveniencia de mantener "tensión" en la vida política. Hay estrategias que proporcionan beneficios electorales a corto plazo, pero cuyo coste para la convivencia termina pagándolo toda la sociedad.

La palabra represión también merece una reflexión. No se trata únicamente del uso de la fuerza. Muchos ciudadanos perciben una creciente tendencia a desacreditar públicamente a quien discrepa, a etiquetar con rapidez cualquier opinión incómoda y a utilizar las instituciones como herramientas de confrontación política. En una democracia sólida, la discrepancia no debería interpretarse como una amenaza, sino como una manifestación natural del pluralismo.

Y después aparece la desigualdad.

Paradójicamente, uno de los gobiernos que más ha hecho de la igualdad su bandera es acusado por muchos ciudadanos de practicar una igualdad bastante selectiva. Hay territorios que parecen recibir una atención preferente cuando sus votos resultan imprescindibles para mantener una mayoría parlamentaria, mientras otros observan cómo sus reivindicaciones permanecen durante años esperando una respuesta.

El pacto fiscal con Cataluña, los acuerdos alcanzados con distintas fuerzas nacionalistas o el tratamiento diferenciado que perciben algunas comunidades autónomas alimentan esa sensación de que la igualdad entre españoles depende demasiado de la aritmética parlamentaria y demasiado poco de los principios constitucionales.

La igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades y la igualdad entre territorios no deberían negociarse como si fueran moneda de cambio en una investidura. Son pilares esenciales de cualquier democracia consolidada.

Quizá por eso aquellas tres palabras han provocado tanta reflexión. Porque cuando un presidente las escribe, inevitablemente muchos ciudadanos dirigen primero la mirada hacia quien gobierna.

No basta con denunciar el odio; también hay que contribuir a rebajar la tensión política.

No basta con hablar de represión; también hay que garantizar que todas las opiniones puedan expresarse sin ser inmediatamente descalificadas.

No basta con invocar la igualdad; hay que practicarla con todos los españoles, vivan donde vivan y voten a quien voten.

Las palabras tienen fuerza, pero los hechos pesan mucho más. Un mensaje en una red social apenas ocupa unos segundos; las decisiones de un Gobierno dejan huella durante años.

Y quizá la mayor ironía de todo esto sea que, al leer aquellas tres palabras, muchos ciudadanos no pensaron en la oposición. Pensaron, precisamente, en quien las había escrito.

Porque las palabras pueden convertirse en un magnífico discurso... pero, a veces, también terminan funcionando como un espejo.

En la historia de nuestra democracia nunca hemos asistido a un Gobierno, que haya ejercido tanto odio, tanta represión y tana desigualdad, contra quienes no son de su cuerda

José García Martínez

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