El incendio antes que el fuego

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El incendio antes que el fuego

Cada verano las imágenes se repiten con una dolorosa fidelidad, montañas envueltas en humo, bosques reducidos a cenizas, animales que huyen sin rumbo, familias desalojadas y centenares de profesionales jugándose la vida para contener unas llamas que parecen no tener fin. Durante unos días, los incendios ocupan titulares, abren informativos y conmueven a una sociedad que observa con impotencia como desaparece una parte irremplazable de su patrimonio natural.

Sin embargo, cuando el último foco queda extinguido y las cámaras abandonan el lugar, el silencio vuelve a adueñarse del monte. Es entonces cuando comienza la verdadera prueba, porque los grandes incendios no nacen únicamente el día en que aparece una chispa. En realidad, empiezan mucho antes, alimentados por el abandono, la acumulación de combustible vegetal y la falta de una gestión forestal constante.

Cada incendio tiene su propia historia, algunos son consecuencia de una acción intencionada, otros se producen por imprudencias o negligencias humanas y también existen causas naturales, como la caída de un rayo en plena tormenta seca. Las investigaciones son las únicas que pueden determinar el origen de cada fuego, pero con independencia de cómo comience, existe una realidad difícil de discutir, un monte cuidado ofrece más oportunidades para contener un incendio que otro olvidado durante años.

La naturaleza necesita equilibrio, pero cuando la maleza invade los caminos, las ramas secas se acumulan sin control y los cortafuegos dejan de recibir el mantenimiento necesario, el bosque se convierte en un inmenso almacén de combustible. Basta entonces una combinación de calor extremo, viento y baja humedad para que cualquier pequeño foco se transforma en una emergencia de enormes proporciones.

Por ello, resulta difícil entender que gran parte de la atención institucional se concentre únicamente en la campaña de verano. La prevención no debería ser una actividad estacional, sino un compromiso permanente. El monte no deja de existir cuando termina agosto, ni el riesgo desaparece con las primeras lluvias del otoño.

Cada vez son más los profesionales del ámbito forestal que defienden la necesidad de contar con equipos estables durante todo el año.

Cada vez son más los profesionales del ámbito forestal que defienden la necesidad de contar con equipos estables durante todo el año. Los bomberos forestales no solo apagan incendios, su experiencia también es fundamental en tareas de desbroce, mantenimiento de cortafuegos, vigilancia, planificación preventiva y colaboración en la conservación del entorno. Reforzar estas labores durante los doce meses del año permitiría reducir, al menos en parte, las condiciones que favorecen la propagación de muchos incendios cuando llega el verano.

A este desafío se suman otros factores que agravan el problema, el abandono del medio rural, la despoblación de numerosas comarcas, las olas de calor cada vez más intensas, los prolongados periodos de sequia y la expansión de viviendas en zonas forestales dibujan un escenario cada vez más complejo. Ninguna administración puede controlar el viento o las altas temperaturas, pero sí puede impulsar políticas preventivas que reduzcan la vulnerabilidad de nuestros montes.

No existe una solución milagrosa, pensar lo contrario sería engañar a la sociedad, siempre habrá incendios imposibles de evitar y siempre existirán comportamientos irresponsables que pondrán en peligro vidas y ecosistemas. Pero resignarse tampoco es una opción, cada hectárea cuidada, cada cortafuegos mantenido y cada actuación preventiva representa una oportunidad para impedir que un pequeño incendio termine convertido en una tragedia.

España cuenta con profesionales altamente cualificados, reconocidos por su capacidad y entrega. Dotarlos de estabilidad, recursos suficientes y una estrategia preventiva continuada no debe entenderse como un gasto, sino como una inversión en seguridad, en biodiversidad y en futuro.

Quizá haya llegado el momento de comprender que la mayor forma de apagar un incendio no siempre consiste en combatir las llamas cuando ya avanzan sin control. La mejor forma de proteger nuestros bosques empieza mucho antes, cuando todavía no hay humo en el horizonte y el monte espera, silencioso, que alguien lo cuide antes de que el fuego vuelva a reclamar lo que nunca debimos abandonar.

CONCHI BASILIO

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