José Antonio Carbonell Buzzian
Encendí el ordenador y el programa falló antes de que atendiera al primer paciente. Llamé al técnico. Tampoco él sabía qué hacer. Ese fue mi primer día en admisión de Urgencias del 061. No hubo curso, no hubo tutoría, no hubo una sola hora de formación previa sobre el programa con el que iba a decidir, literalmente, el orden en que se atiende a alguien que puede estar muriéndose. Hubo un PDF.
No cuento esto para hablar de mí. Lo cuento porque sospecho que no soy el único, y porque el sitio desde donde se toman las decisiones que explican por qué esto ocurre así tiene nombre y dirección: Edificio Habitamia, en Espinardo, sede de la Dirección General de Recursos Humanos del Servicio Murciano de Salud. Entre esas paredes se firman las incorporaciones, las bolsas de trabajo, las coberturas de vacantes urgentes. Entre las mías, las de un celador cualquiera de un SUAP cualquiera, se gestiona lo que ellos deciden sin que nadie les haya explicado cómo funciona.
El patrón es siempre el mismo. Queda una plaza libre de un día para otro. Alguien de la bolsa recibe la llamada. Se incorpora en veinticuatro horas, a veces menos, a un puesto que combina atención al público, priorización clínica de facto y manejo de un sistema informático que no se parece a nada que haya usado antes. La formación es un documento en PDF. No hay período de adaptación, no hay compañero designado para las primeras semanas, no hay simulacro de qué hacer cuando el sistema se cae, que es exactamente lo que me pasó a mí.
Esto no es un problema exclusivo de Murcia, y ahí está lo revelador: cuando en Cantabria se implantó un nuevo programa de gestión en los SUAP sin adaptarlo al servicio, más de cien profesionales, entre ellos médicos, enfermeras y celadores, acabaron reunidos en asamblea, y el desenlace fue una convocatoria de huelga. La diferencia es que allí el conflicto salió a la luz. Aquí, de momento, se resuelve puesto por puesto, baja por baja, cada vez que alguien no aguanta la presión de sostener un servicio de urgencias sin saber manejar la herramienta con la que trabaja.
Porque las bajas están ahí, aunque no se hable de ellas como problema estructural. Un celador que entra sin formación a un SUAP no solo arriesga cometer un error administrativo. Sostiene, sin saberlo, una parte del circuito que decide cuánto tarda en ser visto un paciente. Cuando ese celador cae, ya sea por estrés, por desbordamiento o porque nadie le explicó cómo actuar cuando el sistema falla, el problema no desaparece: se traslada al siguiente que reciba la llamada de la bolsa, con el mismo PDF y la misma falta de tiempo.
No pido un trato de favor. Pido lo mínimo que cualquier puesto de responsabilidad sanitaria debería garantizar antes de poner a alguien delante de un paciente en estado de urgencia: formación específica, aunque sea breve, sobre la herramienta con la que va a trabajar, y un protocolo claro de qué hacer cuando esa herramienta, como me ocurrió a mí, simplemente no funciona.
Desde Espinardo se audita el gasto, se cubren las plazas, se cumplen los números de la bolsa. Lo que no se audita es si quien llega a cubrir esa plaza sabe, de verdad, lo que tiene entre manos. Y en un servicio de urgencias, esa diferencia no es burocrática. Es la diferencia entre un sistema que funciona y uno que se sostiene, turno a turno, sobre la improvisación de la persona que menos formación ha recibido para estar ahí.
